Capítulo 24. El barco de vapor “Mallorca”
CARTA DE PAULA
Hola, Mateo:
¿Recuerdas que te hablé del vapor “Mallorca”? Me acabo de enterar de que ha naufragado por culpa de la falta de balizas. Hace seis días encalló cerca de Santa Eulalia, en Ibiza. Menos mal que no hubo víctimas mortales.
Por cierto, ¿sabes qué son las balizas?
Adiós.
«¿Eso es todo?», pensó Mateo. La carta le dejó un sabor agridulce.
Quería ver a Paula y no sabía cuándo podría hacerlo. Por un instante se le pasó por la cabeza viajar hasta la dirección que figuraba en el sobre, y de paso decirle que conocía el significado de las balizas. Pero enseguida comprendió que no tenía ni los medios ni el tiempo para viajar hasta Córdoba.
Desde que conoció a Paula y, pese a mantener el contacto, la distancia entre ellos había ido creciendo, como si ambos avanzaran ya por caminos distintos.
Ella asistía a un buen colegio en la capital, mientras él apenas conseguía asistir a las clases con regularidad.
En el cortijo faltaban trabajadores y la lluvia a menudo le impedía acudir a la escuela.
Sólo podía estudiar por las noches, y muchas veces el cansancio le vencía antes de pasar siquiera unas páginas.
Después de terminar las tareas en el establo, Mateo volvió a casa y guardó la carta de Paula en el cajón de su mesita de noche, junto con las demás.
Luego fue a ayudar a su madre a poner la mesa.
Amelia, fatigada pero de buen ánimo, retiraba la comida del fuego.
El sol de finales de enero iluminaba la olla con la sopa de ajo que colocó en el centro de la mesa justo cuando Gerardo entraba por la puerta.
Mientras servía los platos, Mateo dijo:
—El año que viene quiero ir a un colegio de la capital y recibir una buena educación.
Sus palabras se estrellaron contra la indiferencia de sus padres. Amelia continuó sirviendo la comida sin pronunciar palabra, y Gerardo, absorto en sus pensamientos y sin levantar la vista de la sopa, tampoco respondió y hundió la cuchara en el plato que su mujer acababa de colocar frente a él.
Mateo se cruzó de brazos, esperando alguna reacción, pero al comprobar que ambos permanecían indiferentes y que la sopa se enfriaba, comenzó a comer. Tras unos instantes, Gerardo dijo:
—Le escribiremos a tu tía Carmeli para ver si puede alojarte en su casa.
—Quiero ser abogado —insistió Mateo con entusiasmo.
—No te hagas ilusiones. Ya lo veremos —dijo el padre.
—La tía Carmeli tiene habitaciones de sobra —comentó el muchacho.
—Lo sé. Pero primero habrá que consultarlo. Y no se hable más de este asunto —sentenció Gerardo, dando por concluida la conversación.
Mateo apretó los labios, pero no respondió. Si su tía Carmeli lo acogía, tendría que adaptarse a una nueva vida y convivir con su primo Armando, evitando cualquier conflicto.
Terminó de comer en silencio. Hasta entonces, había creído que La Quintana era el lugar ideal para vivir, pero poco a poco comenzaba a cambiar de parecer: ya no era un niño.