Capítulo 23. Breve despedida
El doctor Alhama se cruzó por casualidad con Lola en una calle del centro del pueblo y le preguntó si tenía tiempo para dar un paseo. Ella aceptó y ambos tomaron la ancha senda que conducía al cementerio.
Los últimos días del verano los acompañaban. En el aire flotaba el aroma dulce de la fruta madura que llegaba desde los campos cercanos. Don Fernando caminaba en silencio, con la vista fija al frente, como si estuviera absorto en sus pensamientos.
Lola lo observó de reojo. Al advertir su expresión preocupada, inició la conversación:
—Ya sé que se traslada a la capital, doctor. Todo el pueblo lo comenta.
Don Fernando tardó unos instantes en responder.
—Necesito estar cerca de mi madre y de mi hermana. Desde la muerte de mi padre, apenas cuentan con ayuda. Intentaré establecerme en la capital y ejercer allí.
—Estoy segura de que le irá bien. Es usted un buen médico.
—Gracias. Por favor, no me trates de usted. Hemos trabajado juntos —respondió él, con un matiz de nostalgia.
Lola sonrió levemente y asintió.
Caminaron unos pasos más antes de que ella cambiara de asunto.
—Mi hija Paula, que ya tiene doce años, asegura que algún día se casará contigo. ¿Qué te parece?
El doctor soltó una carcajada franca, aunque enseguida consideró oportuno aclararlo:
—No sé por qué Paula te dijo eso. Te aseguro que no mantengo ninguna relación con ella. Jamás induciría a una niña a creer en semejante cosa.
—Lo sé, doctor. Mi hija tiene mucha imaginación. No conviene tomar al pie de la letra todo lo que dice —respondió Lola con una sonrisa que apenas disimulaba su plena confianza en la niña. La conocía bien y valoraba cada uno de sus actos y palabras.
Al llegar a la entrada del cementerio, ambos dieron media vuelta y regresaron al pueblo.
En la plaza principal, junto a la glorieta donde la orquesta municipal solía tocar en días festivos, se despidieron con cortesía, deseándose lo mejor, sin imaginar que pasarían años antes de volver a encontrarse.
Tres días después, el 15 de septiembre, un carruaje de alquiler llevaba a don Fernando rumbo a Córdoba. Antes de llegar a su residencia, decidió detenerse en el Hospital Provincial para ofrecer sus servicios.
El traqueteo del carruaje marcaba el ritmo de sus pensamientos.
Mientras recorría las calles de la ciudad, observaba con nostalgia los edificios y las plazas que quedaban atrás.
A pesar del dolor por la muerte de su padre, experimentaba una serenidad hasta entonces desconocida, una quietud que le resultaba sorprendentemente reconfortante.
Pensaba en el hospital al que se dirigía y en la posibilidad de encontrar allí una plaza adecuada para él.
En algún momento ensayó la explicación que daría si le preguntaban por qué había abandonado su anterior destino, aunque la respuesta era tan sencilla como que deseaba estar cerca de su madre y de su hermana.
El sonido de los cascos de los caballos cesó cuando el carruaje se detuvo frente al edificio del hospital. Descendió, cruzó el vestíbulo y explicó a la enfermera de recepción el motivo de su visita. Apenas habían transcurrido unos minutos cuando oyó una voz conocida a su espalda.
—¡Fernando Alhama! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Un año?
—Buenos días, Heliodoro. Once meses para ser exactos —respondió, estrechando la mano de su antiguo compañero.
—Te perdí la pista. Me dijeron que te habías marchado a ejercer a un pueblo del sur.
—Así fue.
—¿Y qué te trae de vuelta a la capital, querido colega?
—Busco trabajo.
Ambos habían estudiado medicina juntos y se conocían desde los años de facultad.
—Nunca imaginé que acabaríamos trabajando en el mismo hospital —dijo el doctor Heliodoro Ramos, complacido por el reencuentro.
—Primero tendré que conseguir el puesto. ¿Con quién debo hablar?
Heliodoro sonrió.
—Conmigo. Justamente ahora soy el responsable de personal. Ven, acompáñame a mi despacho.
El doctor Ramos lo condujo hasta su despacho. Una vez dentro, cerró la puerta, le indicó que tomara asiento y se situó tras el escritorio.
—Fernando, te conozco desde el primer curso en la universidad. Tenemos una plaza vacante en medicina general. Si te interesa, el puesto es tuyo.
—No esperaba que fuera tan sencillo. Muchas gracias.
—No tienes que agradecérmelo. Necesitamos médicos competentes y decididos para afrontar los retos de la medicina —añadió con voz grave, imitando la voz de un profesor. Luego, relajando el gesto, dejó escapar una breve carcajada—. ¿Te acuerdas? ¿Cómo se llamaba aquel profesor?
—Gutiérrez —respondió Fernando con una leve sonrisa nostálgica.
—En fin... Parece que has llegado en el momento oportuno —comentó Heliodoro.
—Espero no haberte puesto en un compromiso —dijo Fernando, aunque aliviado, como si se quitara un gran peso de encima.
—En absoluto. Estamos escasos de personal. Por cierto, ¿por qué dejaste el consultorio del pueblo?
—Mi padre falleció hace poco y debo volver con mi familia. No quiero que mi hermana cargue sola con el cuidado de mi madre.
—Lamento tu pérdida. Recibe mi más sincero pésame. ¿Cómo se encuentran ellas?
—Muy afectadas. El duelo aún es reciente.
—Lo comprendo —respondió el doctor Ramos—. No quiero meterte prisa, pero ¿cuándo podrías incorporarte?
—Necesitaría un par de días para organizarme.
—Perfecto. Avísame cuando estés en disposición de incorporarte al trabajo.
Se despidieron en la entrada principal del hospital con un abrazo sincero, reflejo de la antigua camaradería que aún los unía.