Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 22. Los verdaderos aromas
17%

Capítulo 22. Los verdaderos aromas

Después de terminar sus vacaciones en La Quintana, Martina y su esposo se dispusieron a regresar a Mallorca.

Mientras don Sebastián se despedía de Paula, volvió a pensar en Armando.

El muchacho le había causado una mala impresión; le parecía inestable y albergaba dudas sobre sus intenciones. Por ello advirtió a su cuñada:

—Mantente alejada de Armando. Ese chico no me da buena espina.

Paula le prometió que seguiría su consejo y, después, ambos se encaminaron hacia el carruaje. El cochero ya estaba preparado para llevar al matrimonio mallorquín a la estación de ferrocarril de Córdoba.

Antes de partir, Paula abrazó a su hermana y le preguntó:

—¿Cuándo volveremos a vernos?

—Pronto —contestó Martina con una sonrisa serena.

La mañana era clara y fresca. Lola y Paula permanecieron en la entrada, observando cómo el carruaje se alejaba hasta fundirse con el horizonte. En el cortijo, las faenas diarias comenzaban en los establos y los campos. Lola volvió la mirada hacia su hija menor y le preguntó:

—¿Qué te pasa?

—Nada importante —respondió la niña con un suspiro—. No quiero pensar en el colegio.

—Cuando te des cuenta, ya estarás de vuelta. Ya lo verás, hija —la animó Lola.

Paula no respondió.

El 10 de septiembre, poco antes de regresar a la casa de don Ramón Merino para continuar con sus estudios, Paula comprendía que el futuro que su madre había trazado para ella era prometedor, aunque exigía renuncias que la apartarían de La Quintana y de Mateo.

Con ese pensamiento en mente, pidió permiso para pasar un rato con su amigo y despedirse de él.

—¿Dónde estaréis? —preguntó Lola.

—En el banco de piedra —respondió Paula.

—Está bien, ve. Pero no más de quince minutos. Partiremos hacia Córdoba en cuanto el carruaje esté listo.

Paula encontró a Mateo cerca de los corrales y ambos se dirigieron a su lugar de encuentro favorito.

—No tenemos mucho tiempo. Debo marcharme a Córdoba.

—Lo sé —respondió él, sin ocultar su tristeza.

Durante unos instantes guardaron silencio. Entonces Paula recordó del médico que había conocido semanas atrás y preguntó de improviso:

—¿Conoces al médico del pueblo?

—Claro. Don Fernando Alhama. ¿Por qué?

—Por nada. Sólo preguntaba. Creo que algún día me casaré con él.

Mateo la miró con incredulidad.

—¡Qué disparate! Es demasiado viejo para ti. Cásate conmigo.

Paula soltó una carcajada:

—Contigo no. Me casaré con él.

—Pues yo soy más joven, más guapo y mucho más divertido.

—¿Ah, sí? ¿Y qué harás para divertirte cuando yo no esté?

—Buscar nidos de pájaros, supongo.

—¿Y eso te parece divertido? —preguntó Paula.

Él no respondió y, al instante, ambos rompieron a reír.

Desde lejos vieron acercarse a Lola. Cuando llegó junto a ellos, anunció:

—El carruaje estará preparado en diez minutos. No hagamos esperar al cochero.

—Voy enseguida, mamá —respondió Paula.

Cuando Lola se hubo alejado unos pasos, Mateo confesó:

—No sé si podré acostumbrarme a no verte. Intentaré no pensar demasiado en ello. ¿Me escribirás?

—Claro que sí, tonto. Siempre contesto a tus cartas —respondió ella. Y, antes de que él pudiera añadir nada, le dio un rápido beso en la mejilla y echó a correr hacia la casa.

—¿Volverás pronto? —gritó Mateo.

La niña se detuvo, se volvió y respondió:

—¡Regresaré! ¡Tú, espérame!

Paula aún no había abandonado La Quintana y, sin embargo, Mateo ya sentía el vacío de su partida.

Se quedó unos minutos en el banco de piedra, contemplando las dehesas bañadas por la luz de la mañana y las sombras que la vegetación proyectaba sobre la tierra reseca tras el largo verano.

El aire cálido transportaba los aromas de la campiña cordobesa.

Respiró profundamente y dejó que su mirada se perdiera en el horizonte. Sin embargo, ni la quietud del paisaje ni la suavidad del aire lograban mitigar la tristeza que le oprimía el pecho. Permaneció allí un rato más, tratando de acostumbrarse a una ausencia que ya empezaba a dolerle.