Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 21. Algo oscuro y siniestro
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Capítulo 21. Algo oscuro y siniestro

A media tarde, Lola se encontraba en la orilla de la laguna, disfrutando de una tranquila merienda junto a sus hijas y su yerno. Minutos después, Amelia llegó acompañada de su hijo Mateo y su sobrino Armando.

Don Sebastián invitó a los niños a dar un paseo en barca. Todos se sorprendieron cuando Armando aceptó, pues, a pesar de que Mateo se lo había ofrecido en varias ocasiones, él siempre había mostrado reticencia y no ocultaba su miedo a sumergirse en el agua.

Consciente de que estaba viviendo sus últimas horas en La Quintana, Armando decidió superar su temor y, con una sensación de triunfo casi idealizada, subió a bordo.

Pero pronto una ligera impresión de vértigo lo invadió al alejarse de la orilla y contemplar los rostros tranquilos y complacidos de Paula y Mateo.

La voz de la razón resonó en su mente: «Ellos no tienen miedo porque saben nadar, pero tú no».

Afortunadamente, ese temor duró apenas unos instantes. Don Sebastián manejaba la barca con destreza, y el simple hecho de estar sentado a su lado le proporcionaba una seguridad reconfortante.

Armando observaba distraídamente el vuelo de las aves sobre la laguna cuando don Sebastián detuvo la barca en mitad de las aguas. El muchacho se inclinó para contemplar su reflejo, pero sólo distinguió una mancha difusa que se deshacía entre las ondulaciones de la superficie.

No comprendía por qué aquel antiguo temor, que creía vencido, había regresado de pronto. Era una sensación vaga e inquietante, como si la laguna quisiera ocultarle algún oscuro secreto en sus profundidades.

Al cabo de unos minutos, don Sebastián puso rumbo a la orilla.

Mientras avanzaban, Armando tuvo la impresión de que el agua se agitaba de un modo extraño, como si bajo aquella aparente calma latiera una silenciosa advertencia.

No recuperó del todo la tranquilidad hasta que sus pies volvieron a asentarse sobre tierra firme.

Tan absorto estaba en sus pensamientos que no oyó a Lola cuando le dijo:

—Armando, me alegro de que hayas vencido tu miedo a la laguna.

El muchacho guardó silencio unos instantes, como si dudara.

Al advertir que su sobrino no respondía, Amelia insistió:

—Has conseguido superarlo justo cuando te marchas. Mañana vendrán tus padres a buscarte. Ve preparándote para despedirte. ¿Me estás escuchando?

—Sí —respondió Armando, sin apartar la vista de Lola.

Ella sintió una leve turbación al encontrarse con aquellos ojos. Desvió la mirada de inmediato y fingió atender a otra cosa. Cuando volvió a buscarlo con la mirada, Armando ya no la observaba. Sin embargo, una extraña opresión le atenazó el pecho, como si una sombra invisible acabara de rozarla.

Al día siguiente, tras terminar su estancia en La Quintana, Armando aguardaba la llegada de su madre, sentado en el banco de piedra adosado a la fachada principal.

Desde allí podía contemplar los establos y, a lo lejos, a Facundo cabalgando un pura sangre pardo.

Había vencido su temor a navegar por la laguna, pero aún no se sentía seguro junto a los caballos.

Reflexionaba sobre ello cuando Paula se acercó y se sentó a su lado:

—¿Qué haces aquí solo? —preguntó por cortesía.

—Espero a mi madre. Me voy a casa.

—¿Volverás el verano que viene?

—No. No me he sentido a gusto con vosotros. Todo el tiempo he tenido la impresión de que tú y Mateo os creéis superiores a mí.

—Eso no es verdad. ¿Seguro que no volverás?

—Quién sabe… —dijo Armando, con una media sonrisa de desafío—. Tal vez regrese para complicarte la vida, o tal vez te deje tranquila, niña rica. Ya lo decidiré.

Paula no se ofendió. Ignoró la amenaza y respondió con calma:

—No soy rica.

—El cortijo La Quintana será tuyo algún día —replicó él—. Entonces sí que lo serás.

Paula no quiso prolongar la discusión y, con amabilidad, añadió:

—Te deseo buen viaje.

—Gracias —respondió Armando, con un gesto que mezclaba desdén y gentileza forzada.

Ella se levantó y se dirigió a la casa, dejándolo solo con sus pequeñas maquinaciones.

Durante aquel mes y medio que estuvo en La Quintana, Armando había mostrado una actitud desafiante hacia Paula y Mateo. A sus doce años, trataba de imponerse, empleando la astucia y la maquinación para imponer su voluntad sobre los demás y salirse con la suya.