Capítulo 20. Inutilidad e impotencia
Al finalizar su jornada como médico, don Fernando Alhama se detuvo en la oficina de correos para recoger la carta semanal de su hermana Manuela.
Entre líneas dedujo que la salud de su padre había empeorado.
Decidió pedir unos días de descanso para visitar a su familia, reprochándose haber dejado sola a Manuela con la responsabilidad de atender a sus ancianos padres.
Dos días después, don Fernando llegó a su casa en la ciudad de Córdoba. Al subir las escaleras hacia la primera planta, percibió el olor familiar del hogar y de la comida casera. En cuanto abrió la puerta con su llave, su hermana salió a recibirlo, mostrando evidente alivio.
—Hola, Manuela. ¿Qué tal todo? —saludó, dejando su maletín sobre el mueble del vestíbulo.
Ella le dio un abrazo de bienvenida y susurró:
—¡Gracias a Dios que has llegado! El doctor acaba de irse; me ha dicho que a nuestro padre no le queda mucho. Por favor, ve a verlo; estaba despierto hace un momento.
Don Fernando asintió, cruzó el salón detrás de su hermana y, antes de entrar en el dormitorio de don Eusebio, ella le hizo un gesto para que pasara.
Entonces él pudo percibir en el rostro de Manuela la huella del cansancio acumulado durante los últimos seis meses al cuidado de sus padres y, sin embargo, ella transmitía serenidad incluso en el agotamiento.
Nunca se quejaba ni pedía ayuda; era una mujer fuerte, discreta y amable. Con voz suave, dijo:
—Ya no le queda mucho. Entra y despídete de él.
Fernando se reprochó no haber aceptado una plaza en el Hospital Provincial de Córdoba cuando tuvo la oportunidad. Había pensado únicamente en sí mismo al decidir continuar ejerciendo su profesión en un pequeño y tranquilo pueblo.
Al entrar en la habitación, encontró a su padre recostado en la cama y con los ojos abiertos. A pesar de su experiencia con pacientes en las etapas finales de la vida, se sintió tan conmovido que le costó preguntarle si reconocía su voz. Don Eusebio asintió con los ojos cerrados.
Esa misma tarde exhaló su último suspiro.
Después del entierro de su padre, decidió dar un cambio importante en su vida y regresar a la capital para ayudar a su hermana a cuidar de su madre, al mismo tiempo que aspiraba a mejorar, en lo posible, su porvenir en la carrera de medicina.