Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 19. Los baúles de doña Bárbara
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Capítulo 19. Los baúles de doña Bárbara

Paula se dirigió a las cocheras a pedirle a Fabricio un destornillador para abrir los baúles de doña Bárbara. Mientras tanto, Lola, Martina y Amelia se encaminaron hacia la habitación donde se guardaban.

Al entrar, percibieron de inmediato el aire estancado de la habitación cerrada desde hacía tiempo.

Pero tan pronto como Amelia abrió la ventana, la frescura de la mañana llenó el espacio, y la luz natural iluminó los pesados baúles, apilados contra la pared junto a otros muebles y objetos olvidados.

Martina retiró la sábana que cubría un viejo aparador para colocar encima los objetos al sacarlos de sus embalajes. En ese momento, Paula llegó con el destornillador y se lo entregó a Amelia, quien se dispuso a desatornillar la tapa del primero de los seis baúles.

Lola observó la expresión de gran expectación de Paula mientras Amelia levantaba la tapa. Las cuatro comenzaron a sacar los objetos con cuidado, la mayoría estaban envueltos en viejos periódicos.

Lola se refirió a uno de los juegos de platos:

—Esta vajilla está completa y es de estilo renacentista; era la favorita de doña Bárbara.

Tras decir esto pensó que, por justicia, doña Carmen debería estar viva y disfrutar de estas valiosas pertenencias.

Martina examinó una de las piezas y opinó:

—Es preciosa. Se ve que es de buena calidad.

Al descubrir dos robustos candelabros de plata en el fondo del baúl, Paula los señaló con asombro y exclamó sin atreverse a tocarlos:

—¡Mirad esto!

Las tres se acercaron a examinarlos.

—Estos candelabros fueron un regalo de don Álvaro a doña Bárbara en su primer aniversario de bodas. Deberíamos colocarlos en un lugar destacado del salón —comentó Lola.

Martina y Amelia cogieron uno cada una y lo situaron con cuidado sobre el aparador mientras Lola se preguntaba qué querría doña Bárbara que hicieran con sus pertenencias. Al final, pensó que, conociéndola, habría estado contenta de que se les diera uso y se disfrutara de ellas.

Amelia se dispuso a abrir el segundo baúl.

La luz del sol iluminó el rostro sonriente de Paula al sacar un reloj de pared. Lo mostró con teatralidad antes de colocarlo sobre un viejo sillón de terciopelo.

Al abrir el tercer baúl, que contenía una espléndida lámpara de araña de cristal, nuevas exclamaciones llenaron la habitación.

Cuando los seis baúles estuvieron vacíos, la habitación estaba llena de objetos valiosos, dispuestos de manera desordenada.

Lola recordó que, treinta años atrás, doña Bárbara le había ofrecido esas piezas; incluso le sugirió que, si no las quería, podía venderlas por una buena cantidad de dinero.

Comprendió que ya eran suyas y decidió que, por haber pertenecido a doña Bárbara, formarían parte de su vida diaria y ocuparían un lugar destacado en La Quintana.

Entonces propuso:

—Podemos colocar la lámpara de araña en el salón. Los candelabros quedarán perfectos sobre la mesa del comedor.

—Mamá, ¿y el reloj? —preguntó Paula.

—Lo colgaremos en la sala —respondió.

—Puedo encargarme de lavar la vajilla y colocarla en la vitrina que tenemos —sugirió Amelia.

—Es una buena idea. Poco a poco encontraremos un lugar para cada objeto —dijo Lola, convencida de que si doña Bárbara estuviera presente, se alegraría de ver que, todos aquellos objetos que habían permanecido guardados durante años, volvían a utilizarse en la vida cotidiana de La Quintana