Capítulo 18. ¡Oye, primo!
Armando, el sobrino de Amelia y Gerardo, a sus doce años ya mostraba suficiente insolencia para desafiar a su madre, Carmeli, quien le sugería pasar unos días en el cortijo La Quintana.
—No quiero ir porque me aburriré allí —dijo él con aire obstinado.
Conociendo la testarudez de su hijo, ella le respondió con firmeza:
—No te aburrirás y deberías estar contento de poder pasar unos días con tu primo Mateo.
—¡Bah! Mateo no me interesa. ¡No lo soporto! —exclamó Armando, frunciendo el ceño.
—Entonces deberías agradecer el privilegio de conocer La Quintana. Tu tía Amelia ha conseguido el permiso de la dueña. Compórtate y no hagas que te regañen —advirtió la madre.
—Todos mis amigos están en la capital —replicó Armando.
—No puedes quedarte en casa; corres el riesgo de contagiarte de la hepatitis que padece tu padre —dijo ella con seriedad.
—Yo nunca me enfermo —replicó el niño con aire de suficiencia—. Ni siquiera cojo un resfriado.
—Irás a La Quintana y te esforzarás por llevarte bien con Mateo —sentenció Carmeli.
—¡Odio a Mateo! —murmuró Armando con desprecio y apretó los labios, frustrado.
Ella no le dio mayor importancia y cerró el tema con una orden:
—Vamos a preparar tu maleta. Partiremos mañana temprano.
El resentimiento de Armando hacia Mateo crecía día a día. Desde pequeños habían competido en todo, y él siempre se sentía en desventaja por ser dos años menor que él. Para compensar esa inferioridad, se prometió que llegaría a ser guardia civil como su padre, pero con un rango superior.
Al día siguiente, Carmeli y Armando llegaron a La Quintana a la hora acordada.
Mateo y Amelia los esperaban. Ella percibió la tristeza en el rostro de su hermana; le indicaba que su cuñado estaba más enfermo de lo que decía en su carta. Su sobrino, en cambio, reflejaba en su rostro cierta indiferencia y apatía. Parecía preferir estar en cualquier otro lugar.
Amelia y Carmeli sabían que sus hijos nunca se habían llevado bien, ni siquiera por cortesía. La tensión se hizo evidente en cuanto Armando descendió del carruaje; en lugar de saludar a Mateo, le dio un codazo y, con desdén, dijo:
—¡Oye, primo! Te advierto que no dormiré contigo en ese camastro sucio y piojoso en el que duermes.
—No tenemos piojos. Además, sólo hay una cama para los dos. Así que o duermes conmigo o en el suelo, querido primo —respondió Mateo con ironía.
Armando apretó los dientes y cerró los puños. Contuvo su ira, buscando una manera de desquitarse.
Durante los primeros días en La Quintana, Armando hizo un esfuerzo por adaptarse a la vida rural, lejos de sus padres y sus amigos.
Gracias a la confianza que le otorgaba su tía Amelia, exploraba los rincones del cortijo, aunque evitaba la laguna y las cuadras.
Sentía un miedo inexplicable hacia los caballos y el agua de la laguna.
El primer día que se acercó a la orilla, acompañado de Paula y Mateo, un sudor frío le recorrió el cuerpo, como si algo extraño en el agua lo hiciera retroceder y no supo por qué.
Se quedó a unos metros, observando cómo Paula y Mateo se descalzaban y entraban en el agua hasta las rodillas. Cuando su primo lo invitó a unirse, respondió con arrogancia:
—¡Bah! No tengo ganas de bañarme en esta laguna asquerosa.
Aquella misma noche, mientras intentaba conciliar el sueño junto a su primo, Armando reflexionó sobre la extraña sensación de peligro que había experimentado en la laguna.
Se prometió a sí mismo que la superaría y se atrevería a nadar allí, como lo hacían Mateo y Paula, la “niña rica”, como él la llamaba por ser hija de la dueña de La Quintana, quien siempre los acompañaba en sus paseos y excursiones.