Capítulo 17. Numerosas razones
El paisaje rural de las dehesas, bañadas por el sol veraniego, era como un lienzo en tonos ocres. A lo lejos, uno de los caballos de La Quintana galopaba por los prados mientras Facundo lo preparaba para las competiciones del hipódromo.
Desde su habitación, Paula observaba fascinada la velocidad que alcanzaba el animal; parecía desafiar al viento.
Entonces, vio acercarse un carruaje conducido por Fabricio.
En él viajaban su hermana Martina y Sebastián, que habían llegado desde Mallorca para pasar unas largas vacaciones en La Quintana.
Con el corazón latiéndole con fuerza, Paula corrió a avisar a su madre de la llegada de Martina. Ambas se dirigieron a la entrada principal de la casa, donde vieron a Sebastián ayudar a Martina a descender del carruaje. Se acercaron al matrimonio y se intercambiaron palabras cálidas y abrazos.
—¡Qué alegría que estéis aquí! Ya hemos preparado vuestra habitación. ¿Queréis que os ayudemos con el equipaje? —dijo Lola, radiante.
—Sí, muchas gracias —respondió Martina, sonriendo.
Aunque la recién llegada no notó cambios significativos en la apariencia de su madre, enseguida percibió las transformaciones en Paula.
Su figura se había estilizado, y su cabello, antes recogido, caía ahora en suaves ondas sobre los hombros.
La belleza natural de su hermana, tan característica de las mujeres andaluzas, parecía haberse intensificado.
En apenas seis meses sin verla, aquella niña ingenua había dado un paso hacia la madurez.
Paula pareció adivinar lo que pensaba y, moviendo la cabeza con una sonrisa coqueta, señaló su cabello:
—¿Te gusta? Mamá me lo cortó hace dos semanas.
—Te queda muy bien. Estás preciosa.
Mientras Fabricio descargaba las maletas del carruaje, Lola se volvió hacia su hija mayor:
—¿Qué te parece la casa?
Martina se detuvo un instante, admirando la fachada, y exclamó:
—¡Es impresionante! No me la imaginaba así.
—Estoy pensando en plantar rosales en los parterres y geranios en los maceteros —comentó Lola y, con un deje de nostalgia, añadió—: cuando doña Bárbara vivía aquí, disfrutaba de cuidar la hermosa rosaleda.
Paula, que no sentía especial interés por las flores, se apartó unos pasos para contemplar al caballo que aún galopaba por el prado.
Nada la atraía tanto como observar a Facundo montando uno de aquellos ejemplares destinados a las carreras.
La elegancia de su cuello largo, la fuerza de su cuerpo y la esbeltez de sus patas le hacían pensar que aquel caballo tenía el porte de un campeón.
Sebastián se acercó y le preguntó:
—¿Te gustan los caballos? ¿Sabes montar?
—Me fascinan, pero todavía no sé cabalgar. Mi madre vendió el caballo con el que practicaba —dijo Paula, con un gesto de decepción—. ¿Y a ti también te gustan?
—Sólo me interesan como medio de transporte.
—Ah… —murmuró Paula, encogiéndose de hombros y dejando escapar una pequeña sonrisa.
—Además de los caballos, ¿qué entretenimientos hay en La Quintana? —preguntó Sebastián.
—Mamá ha comprado una barca para la laguna. Podemos cruzar hasta la otra orilla.
—¡Una barca! Eso suena bien. Entonces daremos un paseo —dijo él, con un guiño que delataba su entusiasmo.
—¿Sabes manejarla? —inquirió Paula.
—Sí, por supuesto —respondió, pensando en lo agradable que sería deslizarse por el agua en aquella mañana despejada.
Los cuatro entraron en la casa, y desde la cocina llegó el aroma de un guiso casero que la sirvienta estaba preparando.
—El almuerzo estará listo en media hora —comentó Lola.
—Entonces tenemos tiempo para vaciar las maletas y cambiarnos de ropa —dijo Martina.
—Claro, venid conmigo. Os enseñaré la casa y vuestra habitación —anunció Lola.
La pareja la siguió, prestando atención y admirando en silencio cuanto veían a su alrededor.
Poco después, durante el almuerzo, Martina compartió con su familia una idea que llevaba meses madurando:
—He pensado en escribir a papá a Marsella para preguntarle si le gustaría conocer a Sebastián. ¿Qué opináis?
Habían transcurrido más de diez años desde que Pascual las abandonó.
Al principio, Lola sintió dolor y rabia contenida, pero con el tiempo aquellos sentimientos se fueron apagando.
Ya no le interesaba lo que hiciera con su vida; sólo le preocupaba que irrumpiera en la vida su hija mayor y le hiciera sufrir o la decepcionara. Por ello respondió con franqueza:
—Por mí, puede quedarse en Francia para siempre. No lo necesitamos.
—Estoy de acuerdo con mamá. Haz lo que consideres mejor, pero yo no pienso comunicarme con él —dijo Paula con firmeza.
Lola seguía viendo a Pascual como el hombre egoísta que siempre había sido.
En cambio, Martina conservaba la esperanza de que algún día su padre regresara a Palma.
Quizás él fuera el único vínculo con lo que le quedaría de familia en la isla, ya que era evidente que ni su madre ni su hermana pensaban volver.
Por eso deseaba retomar el contacto con él y presentarle a Sebastián.
Martina se giró hacia su esposo y lo miró a los ojos buscando su aprobación. Él le sonrió y la respaldó:
—Sea cual sea tu decisión, te apoyaré.
—Gracias, querido.
Lola decidió no oponerse rotundamente a la idea de Martina de escribirle a Pascual, pero siempre había sido muy clara en su postura, sobre todo después de haber criado sola a sus hijas con la única ayuda de doña Bárbara. Guardó silencio, sin añadir nada.
Sebastián cambió de tema y le preguntó a Paula:
—¿Cómo te va en el colegio?
—Bien —respondió ella con cierta apatía, sin ganas de hablar del tema.
Sebastián se levantó para cambiar el disco del gramófono. Al pasar por detrás de su cuñada, le preguntó con tono de broma:
—¿Ya tienes novio?
—¡Qué va! Soy muy joven para eso —respondió Paula entre risas, mientras el recuerdo de Mateo asomaba a su mente.
La música llenó la habitación de una atmósfera cálida y acogedora. Martina preguntó:
—¿Llegaron bien los baúles de doña Bárbara?
—Creo que sí, pero no los he abierto —respondió Lola.
—¿No tienes curiosidad por ver qué contienen? —insistió Martina.
—Ya sé lo que hay: utensilios y objetos de decoración —contestó Lola con naturalidad.
—Me gustaría verlos —comentó Martina.
—A mí también —añadió Paula, con interés.
—Entonces, en algún momento tendremos que abrirlos, pero no será hoy. Esta tarde quiero salir a pasear. Hace un día espléndido —dijo Lola con decisión.
El almuerzo transcurrió en una calma apacible, mientras el recuerdo cálido de doña Bárbara permanecía entre ellos.
Tras la siesta, Lola, sus hijas y su yerno se dirigieron a la laguna. Pasearon por los senderos, rodeados de vegetación, bajo la luz suave que se filtraba entre las ramas. Disfrutaron del ambiente sereno del lugar, preludio de unas vacaciones veraniegas llenas de tranquilidad.
Después de seis meses separada de sus hijas, Lola se sintió dichosa de estar de nuevo con ellas.
No necesitaba hablar; le bastaba con caminar a su lado y escuchar sus voces.
Las risas de Paula y Martina se entrelazaban con el murmullo de la brisa, el canto de los pájaros y el crujido de la hojarasca bajo sus pasos, mientras Sebastián las entretenía con sus ocurrencias.
Lola sonrió, consciente de que el verano, por fin, le ofrecía numerosas razones para ser feliz.