Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 16. Reencuentro
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Capítulo 16. Reencuentro

Durante la cena, Amelia le servía un plato de sopa a Mateo mientras le preguntaba:

—¿En qué piensas, hijo?

—En nada importante —respondió él.

En realidad, pensaba cómo encaminar su futuro para no repetir la vida de su padre. Lo observaba, sentado frente a él, con aspecto cansado. Estaba resfriado, con los ojos vidriosos, y de vez en cuando se sonaba la nariz con un pañuelo.

—No te preocupes. Mañana la verás —dijo Amelia, sonriendo con complicidad.

—¿A quién verá mañana? —preguntó Gerardo, con voz ronca.

—A Paula. La niña vendrá a pasar sus vacaciones de verano. Su hermana Martina también llegará pronto desde Mallorca. Lola estará muy contenta de tener a sus dos hijas en La Quintana.

Gerardo, sin mostrar interés por las hijas de Lola, anunció:

—Estoy fatigado. Me voy a la cama.

—Yo también me voy a acostar —dijo Mateo ansioso ante la idea de volver a ver a Paula después de tres meses.

A la mañana siguiente, Paula y Mateo se encontraron. Tras el saludo, se sentaron en el banco de piedra junto a la fachada lateral, su lugar de encuentro acostumbrado. Ella notó un cambio en su comportamiento y le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿No te alegras de verme? Estás muy callado.

—Claro que me alegro de verte. Lo que me pasa es que me gustaría estudiar en la capital, como tú. Envidio tu suerte.

—¡Bah! Estudiar no tiene nada de emocionante ni de divertido.

—Lo sé, pero es la única manera que conozco de salir de la pobreza. Me gustaría convertirme en un hombre de prestigio y, algún día, volver a La Quintana bien vestido y aseado, y que me invites a tomar café. Eso me haría mucha ilusión.

—¿Beber café te haría ilusión? —dijo ella, soltando una carcajada espontánea.

—Lo del café es una tontería, además no me gusta —dijo él, haciendo una mueca—. Me refiero a que sería emocionante poder estudiar a diario, sacar una carrera universitaria, conseguir un buen empleo y ganarme la vida con dignidad.

—Quizás en unos años verás las cosas de otra manera —respondió Paula, consciente de que no todos los niños de su edad tenían las mismas oportunidades que ella.

—Bueno, quizás —dijo él, encogiéndose de hombros con resignación.

—¿Le has comentado a tu padre tus ambiciones? —preguntó ella.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque mi padre me necesita aquí y, de vez en cuando, puedo verte; con eso me conformo.

Mateo bajó la mirada, arrastrando con el pie las piedrecitas de la tierra reseca.

—¿Pretendes que tus padres adivinen lo que piensas sobre tu futuro?

—Claro que no. No son adivinos —rió él.

—Entonces, no te conformes y habla con ellos.

—Sí. Lo haré. Un día de estos —confirmó Mateo.

—¿Qué te gustaría estudiar? —preguntó Paula.

—Quiero ser abogado. ¿Qué opinas?

—Es una buena opción —dijo la niña, sorprendida de que Mateo tuviera tan claras sus aspiraciones—. ¿Por qué quieres ser abogado?

—Para defender a los más pobres. Creo que lo llaman ideales de justicia —dijo él, y enseguida añadió, cambiando de tema—. ¿Quieres ir a las cuadras a ver los caballos?

—Sí, vamos. Facundo dice que los caballos de La Quintana son los mejores de Andalucía —dijo ella, con orgullo.

—Eso es verdad —asintió él.

Paula se apartó un mechón de cabello que le caía sobre la cara y preguntó:

—¿Qué harías si tuvieras muchos caballos? ¿Participarías en las carreras del hipódromo para ganar dinero? Yo sí.

—Yo no. Si tuviera caballos, los alquilaría por días o por horas —dijo Mateo, convencido.

—¿Alquilar un caballo? Eso resulta extraño. Tal vez se podría alquilar una bicicleta, pero un caballo… —dijo Paula, riendo con burla.

Luego, Mateo adoptó una expresión seria y comentó con tono reflexivo:

—Siempre existirán barreras entre nosotros, y la única manera que tengo de superarlas es ganando mucho dinero.

Desde la última vez que se vieron, Paula notó ciertos cambios en él. Parecía más juicioso y seguro de sí mismo; ella también había cambiado: ya no era tan niña ni tan crédula.

—¿Cómo planeas conseguir tanto dinero? —preguntó Paula con interés.

—No lo sé… bueno, sí. Cuando sea mayor, primero seré abogado y luego abriré un negocio de alquiler de bicicletas. Tú me prestarás el dinero para comprarlas —dijo con optimismo.

Ella aplaudió la idea, aunque aclaró:

—Te lo prestaría si lo tuviera, pero sólo soy una niña.

—He dicho cuando seamos mayores.

—¡Ah! Entonces sí, te lo prestaré —confirmó ella.

Al entrar en el establo, los envolvió el inconfundible aroma de la mezcla de cuero, heno seco y estiércol. Paula miró el compartimento vacío donde solía estar el caballo castaño, con el que había empezado a aprender a montar seis meses antes, pero no dijo nada.

Mateo notó su mirada y comentó:

—Lamento que hayan vendido tu caballo favorito.

—No importa. El año que viene nacerá un pura sangre negro. Será sólo mío —afirmó ella.

—¿Cómo lo sabes?

—Esas cosas las sé. Lo llamo intuición.

Mateo no insistió. Al salir de las cuadras, anunció:

—Mi primo Armando vendrá a pasar unos días con nosotros. Su padre tiene una enfermedad contagiosa y no puede quedarse con él.

—¿Cuándo llegará?

—No lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque mi hermana y mi cuñado también vendrán de vacaciones. ¿Crees que me llevaré bien con tu primo? —preguntó Paula.

—Creo que no. Mi primo es un poco raro y no se lleva bien con casi nadie —respondió Mateo.