Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 15. Relación singular
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Capítulo 15. Relación singular

Una tarde de finales de mayo, el cielo de la capital cordobesa estaba cubierto de nubes oscuras.

Tras terminar su trabajo en la notaría, don Javier se dirigió a la casa de su padre.

Al llegar, encontró la casa vacía mientras los truenos resonaban cada vez más cerca, aunque todavía no había comenzado a llover.

Cogió el periódico que había sobre la mesa del salón.

Apenas se había sentado a leer cuando Paula llegó, irrumpiendo en la quietud del hogar.

—¡Hola, don Javier! ¿No hay nadie en casa?

—Ah, hola. Mi padre aún no ha llegado. Creo que será mejor que subas a tu habitación.

—No hacemos nada malo; sólo hablamos un rato —replicó la niña mientras se sentaba a su lado.

Don Javier la observó de reojo. Su semblante revelaba una preocupación poco habitual en ella.

—Dime, ¿qué te ocurre?

Paula bajó la mirada.

—Me siento triste y sola —murmuró.

A don Javier le pareció advertir cierta tristeza en aquellas palabras.

—¿Y por qué crees que te sientes así?

—Porque me falta algo.

—¿Qué puedo hacer para ayudarte?

—Nada, supongo.

Don Javier intentó animarla. Esbozó una sutil sonrisa antes de decir:

—Hoy es jueves. Ya falta poco para que tu madre venga a verte el fin de semana.

—No quiero que venga —dijo Paula, con el ceño fruncido—. Quiero ir a La Quintana a ver a Mateo.

—¿Qué es lo que más añoras? ¿El cortijo, tu madre o Mateo? —preguntó él.

Mientras esperaba la respuesta, no pudo evitar pensar qué explicación daría si su padre los sorprendía allí.

—No lo sé —respondió ella, con la mirada perdida.

En realidad, extrañaba a su madre, el cortijo, los caballos y a Mateo, aunque también deseaba estudiar en Córdoba. Entre todas esas emociones, comprendió que, más que nada, echaba de menos a Mateo.

—A veces conviene dejar que las ideas reposen. Si quieres, puedo volver mañana y seguimos hablando de lo que te preocupa —sugirió don Javier.

—Sé lo que me pasa. Quiero ver a Mateo. Hace un mes que no lo veo —dijo ella, con la voz temblorosa.

—Creo que te iría bien relacionarte con chicos y chicas de aquí, de la capital.

—No me resulta fácil hacer nuevos amigos —confesó Paula.

Ninguno de los dos se percató de que don Ramón había llegado a casa y se había detenido en el pasillo, escuchando el resto de la conversación.

—Lo sé, Paula. Has pasado por muchos cambios últimamente, pero puedes preguntarme lo que quieras —respondió don Javier.

—¿Puedo ir a verte a la notaría cuando salga de clase? —preguntó la niña.

—Sí. Pero díselo a Agustina. Que sepa dónde estarás si te demoras un poco.

Paula se secó las lágrimas con el dorso de la mano, se volvió hacia él y, tras un instante, sólo dijo:

—Eso haré. Gracias.

Don Javier la observó con ternura mientras ella se despedía con un gesto de la mano. La veía como a una hermana menor, encantadora y confiada, aunque la diferencia de edad era notable.

Desde donde estaba, don Ramón observó a Paula salir del salón.

No le interesaba averiguar cómo se había producido aquel encuentro, pero consideró inapropiada la cercanía entre su hijo y la niña.

No estaba dispuesto a permitir ese tipo de intimidades en su hogar, pues era responsable de la niña ante Lola.

Entró en el salón, saludó a su hijo con un gesto severo y, tras revelar que había escuchado parte de la conversación, le reveló con firmeza los límites que debían respetarse en aquella casa.

Don Javier no discutió los argumentos de su padre. Sabía que no entendería la inocente relación que mantenía con Paula. Se despidió y se marchó sin replicar.

Al salir a la calle, apresuró el paso, pensando que quizás su padre no estaba del todo equivocado. Por eso guardó silencio y decidió mantener cierta distancia con la niña; no quería que su relación se malinterpretara ni que acabara siendo una influencia negativa para ella.

Después de aquel día, la relación entre padre e hijo volvió a la rutina que tenían antes de que Paula entrara en sus vidas.

No existía un entendimiento profundo entre ellos, pero tampoco se mantenían distantes.

Se reunían en la notaría para tratar asuntos profesionales o compartían un almuerzo tranquilo en algún restaurante. Nunca mencionaban a Paula.

Durante los primeros cinco meses de residencia de Paula en casa de los Merino, y pese a los intentos de don Ramón por distanciarla de su hijo, la relación entre ambos no se rompió. La niña, por iniciativa propia, solía visitarlo en la notaría siempre que podía.

Al principio, don Javier se sentía incómodo al verla aparecer en su despacho, pero con el tiempo comprendió que la confianza que Paula depositaba en él le resultaba entrañable.

A pesar de la diferencia de edad, él con treinta y seis años, ella con once, sentía hacia la niña un afecto protector, como el que se tiene por una hermana menor.