Capítulo 14. Tristeza inconsolable
Magdalena Anglada se despertó antes de su hora habitual en su dormitorio de Son Carvall.
Permaneció unos instantes entre las sábanas, imaginando la fiesta y los regalos que recibiría por su quinto cumpleaños.
Por primera vez, la celebración no tendría lugar en la posesión, sino en Can Anglada, la casa de Palma donde vivía su abuela paterna, doña Isabel María Gibert.
Mientras fantaseaba con las sorpresas que la aguardaban, su madre, doña Inmaculada, entró en la habitación. Se inclinó sobre ella, la abrazó y le besó la mejilla.
—Buenos días, cariño. Feliz cumpleaños.
—Gracias, mamá.
—La mesa ya está preparada. Desayunaremos y después nos iremos a Palma. La abuela te ha organizado una fiesta.
—¿Vendrá también Jaume?
—Claro —respondió doña Inmaculada.
Abrió el armario, sacó un vestido nuevo y lo extendió sobre una silla.
—Ponte este. Te lo ha regalado la abuela y se alegrará de que lo lleves hoy.
Magdalena se levantó y comenzó a vestirse. Entonces reparó en una maleta colocada junto al tocador.
—¿Nos vamos de viaje? —preguntó sorprendida.
—Vas a pasar una temporada con la abuela. Pronto empezarás el colegio en Palma y te convendrá acostumbrarte a la ciudad —respondió la madre.
—¿Por qué tengo que irme a Palma? ¿Y Jaume? —preguntó Magdalena, aunque en el fondo ya intuía la respuesta.
—Jaume es muy pequeño. La abuela no puede hacerse cargo de los dos —contestó doña Inmaculada, mientras doblaba la ropa y la guardaba en la maleta sin levantar la vista.
—Entonces ven con nosotros a Can Anglada. Allí podrías cuidarnos —insistió la niña.
Doña Inmaculada se detuvo un instante y respiró hondo antes de continuar:
—Tu padre me necesita en Son Carvall. No puedo irme.
—Si tú quisieras, podrías… —insistió la pequeña.
—No puedo, Magdalena —atajó con cierto pesar, consciente de que esa decisión formaba parte de los sacrificios que había asumido al contraer matrimonio.
Al mudarse a Son Carvall había dejado atrás su vida y sus amistades en Palma, mientras que su suegra, doña Isabel, nunca había renunciado a las suyas.
Terminó de cerrar la maleta con las correas y la dejó junto al armario.
—Jaume y yo te necesitamos más que papá —dijo Magdalena, mientras se ponía los calcetines, y lanzó una última mirada a la maleta, como si comprendiera que su ausencia sería prolongada.
Doña Inmaculada permaneció inmóvil unos segundos, luego abrió la puerta del dormitorio y ordenó:
—Ponte los zapatos y baja a desayunar. Date prisa.
Horas después, Magdalena y su familia llegaron a Can Anglada. El salón ya estaba lleno de invitados: amigas de doña Isabel, de la alta sociedad mallorquina, y algunos conocidos cercanos de los Anglada. Entre ellos se encontraban don Sebastián Villalonga y su esposa, doña Martina Sureda.
Magdalena recibió varios regalos de cumpleaños, aunque ninguno le entusiasmó tanto como el de su padre: una bicicleta con ruedines.
Pasó buena parte de la tarde recorriendo el salón sobre ella, describiendo círculos alrededor de la mesa mientras Jaume la observaba desde los brazos de su madre y sonreía cada vez que la veía pasar.
Aun así, por momentos la invadía una sensación extraña.
Aquel cumpleaños no se parecía a los anteriores, y apenas probó el pastel.
La celebración tampoco resultó especialmente entretenida para don Antoni. Salvo con Sebastián Villalonga, apenas había hombres de su confianza con quienes conversar.
Tras pasar un rato con él, subió a la habitación que su madre había preparado para Magdalena. Era la misma que él había ocupado durante su juventud.
Se sentó en la cama y abrió el cajón de la mesilla de noche. Muchos años atrás había guardado allí una carta de su primera esposa, Carmen de La Fuente. Recordó una de las frases que ella había escrito: «No malgastes tu vida».
Desde entonces había procurado seguir aquel consejo.
Mientras contemplaba la estancia, pensó en su familia, en sus hijos y en las decisiones que había tomado.
Le dolía separarse de Magdalena, pero estaba convencido de que aquel sacrificio sería beneficioso para la niña y de que quedaba al cuidado de quien mejor podía ocuparse de ella.
Cuando Antoni regresó al salón, se sentó junto a su esposa y consultó el reloj varias veces, impaciente por marcharse.
Inmaculada permanecía en silencio, pero en su expresión aún se adivinaba el descontento que le había causado la decisión sobre la educación de Magdalena, tomada por su esposo y su suegra sin contar con su opinión.
Él la observó de reojo durante unos segundos.
Sabía que no habría discusión; al final, ella se resignaría.
Al concluir la fiesta, don Antoni ordenó al cochero que preparara el regreso a Son Carvall.
En el momento de la despedida, Inmaculada besó a Magdalena, pero no le dio consejos ni le prometió cuándo volverían a verse.
Don Antoni tampoco se dirigió a su hija.
Antes de subir al carruaje, intercambió una breve mirada con doña Isabel.
Bastó aquel gesto para que ambos se entendieran. Cada uno sabía cuál era su cometido.
Cuando el carruaje comenzó a alejarse calle abajo, Magdalena rompió a llorar y trató de soltarse de la mano de su abuela, que intentó consolarla hablándole de su vida en Palma, del nuevo colegio y de las amigas que pronto haría allí. Pero Magdalena apenas la oía.
Al cerrarse la puerta de Can Anglada, la niña sintió por primera vez el peso de la separación.
Echaba de menos su habitación de Son Carvall, los aromas del campo, su cama y hasta el sonido del sonajero de Jaume.
Incluso el llanto de su hermano le resultaba más reconfortante que los ruidos de la casa de su abuela: las campanas de las iglesias cercanas, el trote de los caballos sobre el empedrado o el tañido grave del carrillón.
Nada conseguía aliviar su tristeza. Ni los vestidos que su abuela había mandado hacerle, ni el colegio, ni la perspectiva de hacer nuevas amistades. Únicamente quería estar sola.
Por primera vez sintió un resentimiento confuso hacia su padre y el deseo de no volver a verlo. Le parecía que, al arrancarla de su hermano, le habían dejado una herida en el pecho, una pena honda cuyo origen todavía no alcanzaba a comprender.