Capítulo 13. Trasfondo de verdad
Un día de Semana Santa, Lola y Paula salieron a pasear por las calles principales del pueblo, cuyas fachadas y balcones estaban adornados con palmas y ramas de olivo.
En el aire flotaba el perfume del azahar, que impregnaba patios, calles y plazas, junto al leve olor de la cera aún reciente tras las procesiones.
Paula llevaba en la mano una flor silvestre que había recogido en un parterre de la plaza.
La hacía girar entre los dedos mientras contemplaba sus colores y, de vez en cuando, la acercaba a la nariz para percibir su fragancia.
En silencio, repasaba las partes de la flor que había aprendido en la escuela: pétalos, pistilo, estigma, sépalos…
Al cruzar una calle, reparó en un hombre con un maletín que se acercaba hacia ellas. Su rostro le resultó familiar, aunque no conseguía situarlo, como si lo hubiera visto en algún recuerdo difuso. Sintió una extraña confusión y el brillo de la flor le pareció que se enturbiaba por unos instantes.
Cuando estuvo a pocos metros, Paula se detuvo frente al desconocido. Él hizo lo mismo, las miró a ambas y se dirigió a la niña:
—Buenos días. Soy el doctor Fernando Alhama. ¿Cómo te llamas?
—Paula Sureda Montes. Tengo once años y vivo en La Quintana. No se olvide de mí —respondió con determinación.
Lola hizo un leve gesto de disculpa hacia don Fernando, que lo comprendió de inmediato, aunque en lugar de restarle importancia a la pequeña la observó con atención. No sólo advirtió el evidente parecido con su madre, sino también un brillo singular en aquella mirada infantil.
—No me olvidaré —le aseguró con amabilidad.
Paula extendió el brazo y le ofreció la flor.
—Es para usted. Se la regalo.
—Muchas gracias, Paula Sureda de La Quintana. ¿Estudias en la escuela del pueblo? No recuerdo haberte visto antes.
Lola intervino con amabilidad:
—Va a un colegio de la capital, y le ruego disculpe el atrevimiento de mi hija, doctor.
—No hay nada que disculpar. Los niños suelen dejarse llevar por el impulso.
—Eso es cierto. Como le mencioné, puede contar conmigo para lo que necesite —recordó Lola.
—Lo tendré presente. Gracias —respondió él, sonriendo.
—Por cierto, he decidido plantar naranjos en La Quintana. La idea se me ocurrió cuando usted comentó que las naranjas son buenas para combatir los resfriados.
—Ah… me alegra saberlo —dijo él, sorprendido.
Se despidieron poco después y tomaron caminos distintos.
Cuando se alejaron lo suficiente, Lola preguntó:
—¿Por qué te acercaste al doctor de ese modo tan atrevido?
—No he sido atrevida —replicó Paula—. Además, no sabía que era el médico del pueblo ni que lo conocías.
—En febrero hubo un brote de gripe y le ayudé en lo que pude. Pero no has respondido a mi pregunta: ¿por qué te acercaste a él sin conocerlo?
—Porque algún día me casaré con él.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Lola, soltando una risa.
—No te rías, mamá. Lo he soñado. Me casaré con un hombre como él.
—Es absurdo. El doctor es mucho mayor que tú.
—Cuando tenga veintitrés años, ya no me verás como una niña; entonces me creerás —aseguró Paula con firmeza.
—¿Veintitrés? ¿Te casarás a los veintitrés? ¿También lo has soñado? —insistió Lola.
—Sí —contestó la niña.
—Olvídate de esa idea, cariño.
Paula frunció el ceño, apretó los labios y enseguida replicó, enfadada:
—Parece que nunca crees lo que te digo.
Lola no insistió. Nunca desechaba por completo las ideas de su hija. Por experiencia, sabía que, por extrañas o irracionales que pudieran parecer, siempre encerraban un trasfondo de verdad.