Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 12. Semana Santa
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Capítulo 12. Semana Santa

Después de tres meses en la ciudad de Córdoba, Paula se preparaba para regresar a La Quintana durante los días de Semana Santa. Al despedirse, don Ramón le dijo:

—Disfruta de tus vacaciones.

Aunque estaba deseando volver al cortijo y reencontrarse con Mateo, Paula respondió con sinceridad:

—Lo añoraré a usted, a Agustina, a don Javier… a todos.

—Son unas vacaciones bien ganadas. Disfrútalas —insistió don Ramón.

—¿De verdad cree que me las merezco? —preguntó ella.

—Por supuesto. Eres buena estudiante; tus resultados lo demuestran —respondió él.

Paula no estaba del todo segura de ser digna de tal elogio, pues apenas se había esforzado. Sin embargo, aquello confirmaba sus aptitudes para el estudio y le abría el camino hacia los planes que su madre había trazado para ella: una futura formación universitaria, y no quería decepcionarla.

Subió al carruaje dispuesto por don Ramón.

La impaciencia por regresar a casa hacía que el viaje se le antojara más largo de lo habitual.

A través de la ventanilla contemplaba el atardecer.

Los faroles apenas iluminaban el camino, y la vegetación quedaba atrás como una sucesión de sombras que se desvanecían en la oscuridad de los campos.

Cuando cruzaron los límites de las tierras de La Quintana, ya había anochecido. A lo lejos se distinguía la fachada de la casa principal. De la ventana del salón salía una luz tenue que le pareció un cálido saludo de bienvenida.

Al detenerse el carruaje frente a la entrada, Paula descendió y aspiró un aire familiar que le evocó, sin saber por qué, el mar Mediterráneo. Su madre salió a recibirla y ambas se abrazaron con emoción.

—Por fin estás en casa —dijo Lola.

—Tenía muchas ganas de volver. ¿Cuándo llegará Martina? —preguntó Paula.

—Hoy he recibido un telegrama suyo. No podrán venir a La Quintana hasta el verano. Sebastián tiene compromisos profesionales que no puede posponer.

Paula disimuló su decepción.

—¿Y por qué no puede evitarlos?

—El telegrama no lo explica —respondió Lola.

En ese momento comprendió la extraña asociación que había hecho al llegar: el mar Mediterráneo era el vínculo con su hermana, pero también la inmensa distancia que las separaba.

Lola le sugirió que subiera a su dormitorio a cambiarse de ropa mientras ella se despedía del cochero, que acababa de dejar el equipaje en la entrada de la casa.

Al día siguiente, una suave luz primaveral bañaba las tierras de La Quintana.

Paula se despertó en su amplio dormitorio, se incorporó, inspiró hondo con satisfacción y se desperezó lentamente.

Su mirada recorrió la habitación: paredes blancas, techos altos, el robusto mobiliario de madera y la gran ventana desde la que se veía el portón principal.

La casa le parecía amplia, hermosa y llena de historia; sentía que cada rincón guardaba el eco de generaciones pasadas.

Pensó que, algún día, al igual que Martina tenía su hogar en Palma, ella también heredaría La Quintana, se casaría con un hombre de su elección y criaría allí a sus hijos.

Se levantó y se puso un vestido y un calzado adecuados para caminar por los alrededores.

Antes de bajar a desayunar, abrió la cristalera.

El perfume de las plantas aromáticas de los arriates la envolvió dulcemente.

Se escuchaban los pájaros, cuyo aleteo resonaba entre las ramas de los árboles cercanos.

Desde la ventana llegó hasta ella el repiqueteo de los cascos de los caballos, y enseguida distinguió a Gerardo, el capataz, conduciendo un carro cargado de heno hacia los establos.

Se saludaron desde la distancia, levantando la mano.

Luego bajó las escaleras deslizándose por la barandilla, esbozando una sonrisa pícara porque nadie la había visto hacer aquella pequeña fechoría.

Al entrar en el comedor, se acercó a la mesa donde su madre la esperaba y saludó:

—Buenos días.

—Buenos días, hija.

La luz de la mañana iluminaba el plato de pestiños, sus dulces favoritos, y al verlo exclamó con alegría:

—¡Pestiños! ¡Qué sorpresa, mamá!

Lola sonrió.

—Amelia los ha preparado para ti.

Paula se sentó, tomó uno y lo saboreó con los ojos cerrados, disfrutando plenamente del momento y del calor del hogar.

—Después de desayunar, ¿podré ir a saludar a Mateo? —preguntó.

—Sí, claro —respondió Lola con una sonrisa cómplice.

Media hora después, Paula salió en busca de su amigo. Al verlo, lo llamó desde lejos. Él reaccionó de manera impulsiva y acudió rápidamente.

—¡Qué alegría verte!

—Ha terminado el curso y ya tocaba volver, ¿no? —respondió ella.

—Claro. Ya tocaba —dijo Mateo, y añadió en un susurro—. Te he añorado todos los días.

—Yo también, tonto —dijo ella, dándole un ligero empujón.

—La tonta eres tú —replicó él, sonriendo.

Ambos guardaron silencio mientras Gerardo pasaba junto a ellos con el carro vacío. Saludó a los niños con la mano y le lanzó a su hijo una mirada seria y severa. Mateo señaló los cubos para alimentar a los animales y explicó:

—Mi padre me va a regañar. He llegado tarde a dar de comer a las gallinas porque me distraje leyendo. Tengo el trabajo atrasado.

—Entonces, ¿nos vemos más tarde? —preguntó Paula.

—Sí. Dentro de una hora habré terminado y podremos ir a la laguna a ver la barca. Mi padre me enseñará a remar, y cuando aprenda, te llevaré a la otra orilla. Será una aventura.

Paula sonrió, no sólo por el entusiasmo que Mateo le transmitía, sino porque, para ella, cada momento a su lado ya era una aventura; no necesitaba subir a ninguna barca para sentirse así de bien.