Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 11. Intuición
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Capítulo 11. Intuición

Al ver a Mateo salir del gallinero, Facundo advirtió una sombra de tristeza en su semblante. No era propio de él caminar tan callado y ensimismado, y no tuvo que esforzarse mucho para adivinar el motivo. Se acercó a él y le dijo con confianza:

—Sé que estás pensando otra vez en Paula. La echas de menos más de lo que quieres reconocer, gañán.

Mateo esbozó una sonrisa apagada.

—No consigo quitármela de la cabeza, ni siquiera mientras trabajo.

—Si te sirve de consuelo, yo también la echo de menos. Todavía tengo pendiente enseñarle a montar como es debido.

—Me gustaría verla, aunque sólo fuera un momento, para saber que está bien.

—Está perfectamente. Su madre va a visitarla todos los fines de semana, así que no debes preocuparte.

Facundo guardó silencio unos instantes y, de pronto, se golpeó suavemente la frente con la palma de la mano.

—¡Ya está! ¿Y si le escribes una carta?

Los ojos de Mateo se iluminaron por primera vez aquella mañana.

—¿Y qué voy a decirle?

—¡Ah! Eso depende de ti. Aunque siempre podrías escribirle: «Te quiero, cariño» —soltó Facundo con fingida solemnidad mientras se llevaba ambas manos al pecho en un gesto teatral.

—¡Cállate, miserable! —replicó Mateo entre risas.

Aquella misma noche escribió la carta. Lo hizo con esmero, procurando que la letra quedara limpia y sin una sola falta.

A la mañana siguiente, aprovechando uno de los paseos matutinos que Lola acostumbraba dar por los alrededores del cortijo, reunió el valor necesario para detenerla.

—¿Podría entregarle un sobre a Paula?

—Por supuesto. Dámelo. Se lo llevaré.

Mateo introdujo la mano en el bolsillo, pero vaciló unos segundos antes de sacar la carta.

—Es que... —dijo titubeando, sin saber cómo terminar la frase.

Lola sonrió levemente. Parecía haber adivinado la causa de su inquietud.

—Puedes estar tranquilo. Nadie la leerá. Llegará a manos de Paula tal como me la entregues. Tienes mi palabra.

Entonces Mateo sacó el sobre y se lo tendió.

—Gracias, señora Lola.

Ella lo guardó con cuidado y reanudó su paseo.

Dos días después, y en presencia de don Ramón, Lola entregó a su hija la carta de Mateo. Paula salió corriendo a su dormitorio y cerró la puerta para leerla en privado. «¡Cosas de críos!», pensó Lola, y suspiró suavemente.

CARTA DE MATEO

La Quintana, 12 de febrero de 1912

Hola Paula,

Espero que te guste tu colegio.

Facundo me dijo que te escribiera: «¡Te quiero!». Ya lo he hecho. No sólo porque él me lo haya sugerido, sino también porque te echo mucho de menos. Me aburro sin ti.

Por cierto, no sé si lo sabes, pero tu madre ha vendido el caballo castaño y ha comprado una barca para que podamos navegar en la laguna. Tengo que aprender a remar, y así podré llevarte hasta la otra orilla para ver los nidos de los pájaros.

Adiós, Paula.

Tu amigo, Mateo

Durante la estancia de Paula en la capital, esta carta fue la primera de muchas que se intercambiaron. Paula escribía con una pluma estilográfica y hojas de papel de márgenes amplios, mientras que Mateo, a lápiz, aprovechaba cada centímetro de las cuartillas.

Al cabo de un mes instalada en la residencia de don Ramón, Paula empezó a notar un ambiente monótono y aburrido a su alrededor.

Don Ramón y su hijo solían conversar con frecuencia sobre asuntos de la notaría, temas que, siendo todavía una niña, ni comprendía ni le interesaban.

Así, se resignaba a la apatía que reinaba en la casa.

Agustina, la sirvienta, percibió la situación y le sugirió a don Ramón que, como anfitrión y responsable del bienestar de la niña, procurara hacer su estancia más agradable.

El hombre, de carácter reservado, no se sentía capaz de animarla por sí mismo, y persuadió a su hijo para que la visitara con más frecuencia, e intentara distraerla y conversar sobre temas adecuados para su edad.

Don Javier no pudo negarse. El primer día que se quedó a comer con su padre y Paula, la mesa se llenó de un ambiente más distendido, pues don Ramón procuró quebrar la rutina de los días anteriores con la presencia de su hijo.

—¿Sabes, Javier? Anteayer, Paula recibió una carta misteriosa.

—No tenía ningún misterio. Era una carta de Mateo, mi amigo de La Quintana —aclaró la niña.

—¡Ah! Entonces asunto resuelto —dijo don Ramón, con una leve sonrisa.

—¿Te cuenta novedades de La Quintana? —preguntó el joven notario.

—Algunas cosas —respondió Paula, ruborizándose.

La sirvienta entró con el postre y, al notar el gesto de la niña, no pudo evitar intervenir:

—Paula, ¿por qué te pones así? ¿Qué le ha dicho don Javier?

—Sólo le he preguntado si había novedades de La Quintana. Es una cuestión sin importancia —se defendió él.

—No necesito que me cuenten lo que ocurre allí. Me basta con cerrar los ojos para imaginarlo —dijo Paula con seriedad.

—¿Ah, sí? ¿Qué crees que sucede en La Quintana? —intervino don Ramón.

—Han vendido mi caballo castaño. Estaba aprendiendo a montar en él —respondió la niña tras un suspiro.

—¿Y cómo te hace sentir eso? —preguntó don Javier.

—Estoy muy disgustada, pero sé que algún día tendré un caballo propio, de pelaje negro. No podrán venderlo, porque será como una parte de mí, como mi alma gemela.

Don Ramón guardó silencio. Prefería no profundizar en las historias, presentimientos y viejas supersticiones que siempre habían rodeado a La Quintana.

Era un hecho, no obstante, que Lola había vendido el caballo castaño a don Salvador Aguirre, propietario de El Zamacal.

El asunto se había llevado con absoluta discreción.

—¿Cómo sabes que se ha vendido ese caballo? —preguntó al fin.

—Porque lo he visto en mi cabeza —respondió Paula con naturalidad.

Don Ramón la observó unos instantes, y con un suspiro de alivio, finalmente afirmó:

—Te lo ha contado Mateo en su carta.

—Sí, es verdad… pero yo ya lo sabía antes de que él me lo dijera.

Agustina no se mostró sorprendida por las palabras de Paula e intervino:

—A eso se le llama intuición. Confía en ella y no hagas demasiado caso de lo que digan los demás.

—Gracias, Agustina —respondió la niña.

—Entonces, ¿qué más te cuenta Mateo en su carta? —preguntó don Ramón, interesado en prolongar la curiosa conversación.

Paula continuaba con su postre cuando don Javier comentó:

—Supongo que Mateo te habrá dicho que te echa de menos.

En los ojos de Paula brilló una luz especial. Al instante reaccionó con un gesto tímido y, por debajo de la mesa, le dio una pequeña patada en la espinilla, acompañada de una sonrisa traviesa. Don Javier la miró de reojo, sin delatarla ante su padre.

—Eso mismo —dijo ella—. Me ha escrito que me añora. Yo también lo añoro. Por cierto, don Ramón, ¿cuándo podré regresar a La Quintana? —preguntó, mirándolo directamente, a la espera de su respuesta.

—Eso no depende de mí, querida niña, sino de tu madre —respondió don Ramón.

Paula no volvió a insistir.

Cada uno continuó con su postre en silencio, absorto en sus propios pensamientos.

En los días siguientes, la residencia de los Merino fue adquiriendo una atmósfera más cálida y acogedora.

Don Javier era consciente de que la llegada de Paula había alterado, de algún modo, el ritmo de su vida.

No se había casado, no por falta de oportunidades, sino porque ninguna mujer había llegado a despertar en él un verdadero interés.

La presencia de la niña comenzaba ahora a suscitar un sentimiento nuevo en su interior, mezcla de ternura y protección. Su espontaneidad había devuelto cierta calidez a una existencia que hasta entonces había transcurrido en una rutina sin sorpresas.