Capítulo 10. Vacío interior
El frío invernal se dejaba sentir en la campiña sur cordobesa.
Las tardes eran breves y, cuando la noche caía sobre La Quintana, Lola percibía con especial intensidad el vacío de la casa.
A veces, el silencio del cortijo le resultaba casi insoportable.
Era una sensación que la sorprendía a ella misma, pues desde niña había procurado afrontar la vida con entereza y había aprendido a sobreponerse a las dificultades sin depender de nadie.
Aunque estaba al tanto de todo lo que sucedía en La Quintana y ninguna decisión importante se tomaba sin su aprobación, desde el fallecimiento de doña Bárbara disponía de más tiempo libre del que necesitaba.
En ocasiones, la inactividad terminaba por inquietarla, pues Amelia se ocupaba de las tareas domésticas, Gerardo de las labores agrícolas y ganaderas, Facundo de los caballos y don Ramón, asesorado por expertos, de los asuntos financieros.
Se encontraba en la situación en la que vivía tal como doña Bárbara había previsto al nombrarla heredera. Cumplía al pie de la letra los consejos que ésta le había dado antes de morir. Aun así, sentía un vacío profundo mientras esperaba la oportunidad de hallar un propósito que la colmara.
El primer indicio de que aquella oportunidad podía presentarse llegó con una visita inesperada: Don Fernando Alhama apareció un día en La Quintana sin previo aviso.
Desde la ventana del salón, Lola vio un carruaje desconocido atravesar el portón y dirigirse hacia la casa. Observó al doctor, sombrero en mano, apearse con agilidad, y se apresuró a recibirlo con cortesía.
La visita fue breve; apenas unos minutos. Don Fernando explicó que lo esperaban sus pacientes y mencionó la aparición de un brote significativo de gripe en el pueblo, que lo tenía preocupado. Ni siquiera aceptó la invitación de Lola a entrar y sentarse. Con gesto directo y urgente, preguntó:
—Necesito saber si su ofrecimiento de ayudarme sigue en pie.
—Por supuesto. Dígame qué debo hacer —respondió Lola.
El doctor pareció aliviado, pero enseguida añadió con franqueza:
—Debo advertirle que se trata de una enfermedad contagiosa.
—Estoy dispuesta a asumir el riesgo.
—¿Podrá acudir mañana al consultorio a las ocho y media?
—Cuente conmigo, doctor.
Él asintió satisfecho y, antes de marcharse, preguntó:
—¿Tienen naranjos en el cortijo? Inés me comentó que usted le había llevado mandarinas.
—No tenemos naranjos. Las mandarinas, las compré.
—Entiendo. Hasta mañana.
Se puso el sombrero y se llevó la mano al ala en señal de despedida. A continuación, se encaminó hacia el carruaje donde el cochero al verlo acercarse le abrió la puerta y aguardó a que subiera.
La epidemia de gripe se prolongó durante quince días difíciles antes de que los contagios comenzaran a remitir.
Ni el doctor ni Lola enfermaron. Ella asumió las tareas propias de una enfermera y aprendió con rapidez a reconocer los síntomas, preparar remedios, administrar los tratamientos prescritos y atender a los pacientes con diligencia y humanidad.
Aquellas jornadas agotadoras le revelaron algo que hasta entonces apenas había comprendido: ayudar a los demás le proporcionaba una satisfacción que le recordaba a la que había sentido al atender a doña Bárbara.
Poco a poco, el vacío que había sufrido desde la separación de sus hijas y la excesiva tranquilidad de La Quintana empezó a desvanecerse.