Capítulo 9. El primer caballo
Mientras esperaba la llegada de don Salvador Aguirre, propietario del cortijo vecino El Zamacal, Lola conversaba con Amelia sobre el interés del aristócrata en adquirir un caballo de La Quintana.
—Creo que don Salvador quiere comprarnos un caballo porque se aburre. Tiene demasiado tiempo libre —comentó Lola.
—No tiene edad para montar. Es un anciano —opinó Amelia.
—No lo quiere para montar, sino como entretenimiento y para participar en carreras del hipódromo —aclaró Lola.
—Ah, ya. He oído en el pueblo que su hija, doña Matilde, planea instalarse en El Zamacal. ¿La conoces? —preguntó Amelia.
—Sí. Conozco a doña Matilde y a su esposo, don Jesús Montalbán. Tienen un hijo, Ricardo. Es lógico que se muden; don Salvador y doña Paloma ya son mayores y han dejado la administración del cortijo en manos de su hija —respondió Lola.
Estaban aún conversando cuando vieron, a través del ventanal, el elegante carruaje de don Salvador acercándose por el camino. Antes de salir a recibirlo, Lola se miró en el espejo del vestíbulo, se arregló el cabello y se puso una prenda de abrigo, pues hacía frío.
Tras la reciente lluvia con granizo, los caminos estaban cubiertos de barro. Ella tuvo que esquivar algunos charcos al acercarse a don Salvador, ya que el cochero había detenido el carruaje a unos metros de la entrada principal.
Aunque lo conocía de vista desde hacía años, nunca había hablado con él. Intuyó que era un hombre de trato difícil, al igual que su esposa, doña Paloma Ibáñez.
Lola saludó:
—Buenos días, don Salvador. ¿Ha venido a ver los caballos?
—Parece que sí. Con este tiempo, no se me ocurre otro motivo —respondió él con ironía, observando sus botas manchadas de barro.
—Es verdad. ¡Menudo día! —convino ella antes de añadir—: ¿Le gustaría entrar en la casa y tomar algo?
—Le agradezco su invitación, pero prefiero resolver este asunto cuanto antes —contestó él, mirando al cielo encapotado.
—Por supuesto. Le presentaré a Facundo Rojas, que se encarga del entrenamiento de los caballos. Sígame, por favor —dijo Lola.
Al acercarse a las cuadras, vieron a Facundo a unos metros de distancia, apaciguando a un joven semental inquieto que golpeaba el suelo con los cascos. Don Salvador observó la escena en silencio y, por primera vez desde su llegada, pareció suavizar su actitud.
—Perfecto. Quiero asegurarme de que el caballo que compre esté preparado para correr. El precio no es un problema.
—Don Ramón Merino viene desde la capital para asesorarle en esa cuestión. No debería tardar en llegar —informó ella.
—Esperemos que así sea —respondió él, sin ocultar cierto reproche.
—¿Qué hora es? Creo que ha llegado usted antes de lo previsto —replicó ella.
El frío desapacible de la jornada y el barro adherido a las botas contribuían al malhumor del aristócrata, pues seguía convencido de no haber escogido el mejor día para visitar La Quintana. Consultó su reloj y respondió con sarcasmo:
—Tal vez debería marcharme y regresar a la hora exacta. Dentro de ocho minutos.
Aunque no estaba acostumbrada a la arrogancia de don Salvador, Lola decidió mantener la calma y emplear un tono conciliador:
—Disculpe. No era mi intención ofenderle.
En ese instante, el carruaje de don Ramón apareció por el sendero, y ambos sintieron un ligero alivio.
—Dejemos esta conversación y centrémonos en el caballo —dijo él.
—Por supuesto. Don Ramón Merino ha llegado; se lo presentaré —respondió la anfitriona.
Tras las presentaciones, se despidió con discreción, dejando a los dos hombres frente a frente. A pesar de no conocerse, se trataban con cortesía, y pronto surgió entre ellos un entendimiento tácito. Luego se acercaron a saludar a Facundo.
De regreso a la casa, Lola escuchó fragmentos de la conversación y la voz de don Salvador: «Ya he dejado claro que el dinero… Lo que realmente deseo es…». Ella no podía distinguir las frases completas, pero comprendió que discutían el precio del caballo.
Desde que el cortijo había reanudado sus actividades unos meses atrás bajo la dirección de doña Bárbara, no se había vendido ningún caballo.
Ahora, el primer pura sangre de origen inglés que saldría de La Quintana sería el adquirido por los propietarios del cortijo El Zamacal.
A partir de entonces, la venta de caballos supondría una nueva etapa de floreciente prosperidad en La Quintana.
Lola había dado instrucciones precisas tanto a don Ramón como a Facundo para que vendieran el caballo castaño, el favorito de Paula.
Aunque se trataba de uno de los mejores ejemplares de la cuadra para competir en las carreras, deseaba alejar de su hija el apego que había desarrollado hacia aquel animal.
Al mismo tiempo que se cerraba la venta, dos jóvenes de una empresa de mudanzas le entregaron a Lola los baúles procedentes de Mallorca.
Algunos habían pertenecido a doña Bárbara.
Lola conocía bien lo que guardaban, pues la había ayudado a envolver aquellos objetos en papel de periódico poco antes de abandonar juntas la posesión Son Carvall, casi treinta años atrás.
Por ello no sintió curiosidad alguna por abrirlos.
Se limitó a ordenar que los llevaran a una habitación en desuso de la primera planta y pronto se olvidó de ellos.
Habrían de pasar varios meses antes de que la curiosidad de Martina y Paula las impulsara a abrir los baúles.