Capítulo 8. Mandarinas
Cuando Lola llegó a la casa de Fabricio, él ya la esperaba.
—Entra, Lola —la invitó.
Se dirigieron juntos al pequeño salón. Fabricio levantó la persiana de la puerta que daba al corral, dejando que la luz inundara la estancia, y le dijo en voz baja:
—Inés está durmiendo. ¿Quieres algo de beber? Tengo café de achicoria.
Lola negó con un gesto y observó la habitación. La luz acariciaba los objetos, resaltando su sencillez y austeridad. Entonces, desde la cama, escucharon la voz ronca de Inés:
—¿Quién está contigo, Fabri?
—Lola Montes ha venido a visitarte —respondió él.
—¿Me levanto? —preguntó la enferma, aún somnolienta.
—No hace falta —dijo Lola desde el salón, sin alzar la voz pero con el tono justo para que Inés pudiera oírla—. Quédate en la cama.
Hubo un silencio breve, hasta que Inés ordenó con la voz quebrada:
—Lola, ven. Quiero verte.
Lola entró en el dormitorio con Fabricio. Al acercarse a la cabecera de la cama, él le mostró a su mujer el contenido de la talega:
—¡Mira! Lola te ha traído mandarinas.
A pesar de su evidente fragilidad, pues respiraba con dificultad y le costaba hablar, Inés se esforzó por mantener la conversación.
—¡Mandarinas! Esto sí que es un lujo. No tenías por qué haberte molestado, mujer.
Fabricio sonrió y salió del dormitorio, dejándolas solas.
—No tiene importancia —respondió Lola.
En la vieja cama, cuyo somier crujía con cada movimiento de la enferma, en la mesilla sin cajones y en los desconchones de las paredes, se repetía la misma austeridad que impregnaba toda la casa.
Tras un breve silencio, Inés confesó:
—Cada vez que caigo enferma y me sube la fiebre, sueño con gente desconocida —hizo una pausa para recuperar el aliento y continuó—: Me preguntan cosas y no sé qué responder. ¿A ti te pasa lo mismo, Lola?
Inés hablaba con una naturalidad cercana, como si aquella confianza entre las dos nunca se hubiera interrumpido.
—A mí no. Eso te pasa por la fiebre —respondió Lola con el mismo tono y, para romper la seriedad del momento, añadió—: En tus sueños, ¿salen hombres guapos?
—¡No! ¡Son todos muy feos! —exclamó Inés.
—¡Qué lástima! —dijo Lola, y ambas terminaron riendo.
Inés se sonó la nariz con un pañuelo. Después hizo un gesto leve con la mano, como pidiendo disculpas por el desorden de la habitación, y añadió:
—Mañana estaré mejor del resfriado y pondré todo en orden.
—Claro, mujer. Pero ahora tienes que cuidarte. Descansa.
—Gracias por las mandarinas.
—No tienes que darme las gracias —respondió Lola—. ¿Quieres que te ponga un paño húmedo en la frente? Te aliviará.
Inés asintió con un ligero movimiento de cabeza.
Mientras empapaba una toalla en un cubo de agua limpia en la cocina, Lola se dirigió a Fabricio:
—Ve a buscar al doctor Alhama.
—¿Crees que es necesario un médico? —preguntó él, preocupado.
—Sí. Ve a buscarlo. Yo me encargaré de pagar su visita.
Fabricio obedeció sin más.
Don Fernando Alhama Alonso era un médico joven, de unos veinticinco años. Se había instalado en el pueblo seis meses atrás, al ocupar la plaza del facultativo titular tras su jubilación.
Cuando llegó acompañado de Fabricio, Lola se presentó:
—Soy Lola Montes. Nos conocimos en el cortijo La Quintana.
—La recuerdo —respondió él mientras se quitaba los guantes—. Lamento la pérdida de doña Bárbara. Era una gran señora.
—Sí, lo era —contestó Lola sin añadir nada más.
No quería parecer distante, pero tampoco prolongar la conversación ni hacerle perder el tiempo al doctor.
Lola permaneció en el salón mientras don Fernando se dirigía al dormitorio de la paciente junto a Fabricio, que le explicaba:
—Mi mujer tiene fiebre desde hace dos días. Dice que es un resfriado.
Al finalizar el examen, don Fernando aclaró:
—Inés no sufre un simple resfriado, sino gripe.
—¿Es grave? —preguntó Fabricio, preocupado.
El doctor observó las pastillas sobre la mesilla de noche y añadió:
—Debe seguir tomando aspirinas durante unos días más.
—No ha tomado ninguna —intervino Fabricio—. Dice que no las necesita.
Don Fernando volvió la mirada hacia la enferma.
—Inés, ¿me oye? Soy el doctor Alhama.
Ella asintió ligeramente.
—Es importante que tome una pastilla cada ocho horas. ¿Lo ha entendido?
—Sí.
Antes de que don Fernando se marchara, Lola lo retuvo un instante, le pagó la visita y le compartió una idea que, como una revelación, se le había ocurrido mientras esperaba en el salón a que terminara de examinar a Inés.
El médico se sorprendió cuando ella dijo:
—Quiero ofrecerle mi ayuda.
Al no comprender del todo sus intenciones, pidió que se lo aclarara:
—¿Quiere ayudarme? ¿Es usted enfermera?
—No soy enfermera —respondió Lola—, pero me gustaría asistir a los enfermos: darles las medicinas, ayudarles a vestirse y asearse…
—¡Ah! Entiendo —contestó él, sin dejar claro si aceptaba la propuesta. Entonces ella insistió:
—¿Me avisará si puedo serle útil de esta manera?
—Sí, se lo haré saber. Muchas gracias, Lola —confirmó don Fernando.
Dos días después, Lola volvió a visitar a Inés y la encontró sentada en una mecedora del salón, animada y con ganas de charlar. Pasaron un buen rato juntas, riendo, compartiendo historias y evocando recuerdos de la infancia.