Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 7. Dos cartas
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Capítulo 7. Dos cartas

Lola se asomó a la ventana y escuchó a Fabricio gritar a los caballos para que se detuvieran frente a la entrada principal. Guardó la carta destinada a Martina en el bolso, se abrochó el abrigo y salió al aire fresco de la mañana.

Saludó al cochero y le pidió que la llevara a la iglesia del pueblo. Aunque le costaba habituarse a la ausencia de sus hijas, aquel día sintió el impulso de agradecerle a la Virgen María su nueva vida en Córdoba, su tierra natal.

Media hora después, Fabricio la dejó cerca de la iglesia y le pidió permiso para ir a su casa, pues su mujer, Inés, seguía con fiebre desde el día anterior. Lola le propuso encontrarse allí una hora más tarde; aprovecharía la ocasión para saludar a Inés, a quien conocía desde la infancia.

Lola entró en la iglesia y avanzó por el pasillo lateral hasta la capilla de la Virgen María.

Encendió una vela, inclinó la cabeza y rezó una breve oración.

Después regresó por el mismo camino. Al levantar la vista, vio a doña Paloma Ibáñez de Aragón, propietaria del cortijo vecino, El Zamacal, sentada en uno de los bancos principales.

Se cruzaron las miradas. Doña Paloma le indicó con un gesto que la invitaba a conversar a la salida.

Lola salió primero. Minutos después, doña Paloma se le acercó, con una sonrisa y un tono cordial:

—Perdona la espera. Me alegra verte en la iglesia. Vienes poco, ¿verdad?

—Procuro venir siempre que puedo —respondió con amabilidad.

—Siempre que puede. ¡Qué graciosa! —exclamó doña Paloma, como si se dirigiera a alguien ausente, y enseguida preguntó mientras descendían la escalinata de la iglesia hacia la calle Mayor—. Dime Lola, ¿cómo te va por La Quintana, conviviendo con esa misteriosa maldición de la que todos hablan?

—No entiendo a qué se refiere —fingió Lola.

—Me refiero a la maldición de las cuadras. En el pueblo se dice que los caballos desaparecieron y reaparecieron con el regreso de doña Bárbara, la heredera del marqués de la Fuente. Ese extraño suceso me tiene intrigada.

Lola no necesitó más explicaciones. Sabía perfectamente de qué hablaba, aunque prefería no darle voz a aquel recuerdo, pues creía firmemente en la maldición de las cuadras.

Veintiséis años atrás, fue testigo de la trágica ejecución de uno de los caballos de La Quintana en Mallorca, el mismo que don Antoni Anglada había adquirido como regalo de bodas para su esposa, doña Carmen de la Fuente.

El mismo día en que el caballo murió, también falleció doña Carmen.

Desde entonces había asociado ambos destinos, aunque jamás lo había compartido con nadie fuera de su familia.

Guardó silencio un instante antes de responder:

—¡Ah! ¿Se refiere usted a eso? No sé nada de maldiciones ni de caballos desaparecidos. Siempre creí que se habían escapado y luego fueron a buscarlos. Los encontraron y trajeron de vuelta al cortijo —dijo Lola, restando importancia.

—¿No te inquietan las leyendas de La Quintana? —preguntó doña Paloma con cierta curiosidad.

—Hasta ahora no he percibido señal alguna que deba preocuparme. La vida en el cortijo es tan rutinaria que apenas da lugar a sobresaltos. Si me permite, me detendré en la próxima calle; debo pasar por la estafeta de correos —añadió Lola, con un gesto tranquilo.

—Por supuesto. Si no te importa, te acompañaré un trecho. Hay un par de asuntos que quiero comentarte —dijo doña Paloma, con un brillo de intriga en los ojos.

—Claro. Usted dirá.

—En primer lugar, quiero saber si tienes caballos en venta aptos para las carreras. Mi esposo está interesado en adquirir uno.

—No estoy segura —replicó Lola.

—¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿No eres la propietaria del cortijo? —inquirió doña Paloma, con un deje sarcástico.

—Así es, pero no me ocupo personalmente de esos asuntos. Sé que en el cortijo tenemos ejemplares excelentes para la competición, y reciben el cuidado más profesional —explicó Lola, con serenidad.

Aunque sus palabras sonaban a justificación, eran ciertas. Desde su llegada a La Quintana, Lola había evitado el trato con los caballos. Cuando se acercaba a las cuadras, lo hacía sin prestarles demasiada atención.

Escuchó a doña Paloma responderle con firmeza:

—Si doña Bárbara estuviera viva, no me pondría objeciones.

—No le estoy poniendo objeciones. Sólo he intentado aclarar que nuestros caballos necesitan un trato especial.

—Eso ya lo sé. A nadie se le ocurriría maltratar un caballo de tanto valor. Mi esposo estaría dispuesto a pagar lo que fuera necesario por uno capaz de ganar en las carreras del hipódromo —replicó doña Paloma, con impaciencia contenida.

—Desconozco los detalles de la venta de los caballos —comentó Lola.

Doña Paloma la miró con evidente molestia antes de responder:

—Cuando llegaste al cortijo con doña Bárbara y todos los caballos de La Quintana habían desaparecido, ella me pidió que le vendiera dos de los nuestros para poder utilizar los carruajes que teníais parados en las cocheras. ¿Lo recuerdas?

—Sí —respondió Lola—. Lo recuerdo.

—Salvador os ofreció su ayuda entonces, y ahora te pido que atiendas a mi esposo y le devuelvas el favor.

Lola evocó el pura sangre de pelaje castaño al que Paula había tomado cariño.

Y con ello le vino a la memoria la antigua leyenda de los caballos de La Quintana, según la cual algunos animales llegaban a vincularse con ciertas personas creando entre ambos una conexión especial, como si fueran almas gemelas.

Temió que se formara un vínculo similar entre su hija y ese caballo, como anteriormente había ocurrido con doña Bárbara y su hija, doña Carmen, y con sus caballos predilectos. Tras haber sido testigo de aquellas conexiones, decidió venderle a don Salvador Aguirre el pura sangre de pelaje castaño.

—Dígale a su esposo que le presentaré a don Ramón Merino y a Facundo Rojas. Ellos le ofrecerán uno de nuestros caballos más destacados.

—Gracias, querida. Y el segundo asunto que quiero comentarte es que, si por cualquier motivo decidieras vender La Quintana, mi esposo y yo estaríamos dispuestos a comprártela.

Frente a la estafeta de correos, Lola se detuvo antes de responder:

—No deseo vender el cortijo, pero si algún día cambio de opinión, usted será la primera en enterarse.

—Muy bien —asintió doña Paloma, con un gesto de conformidad.

Lola finalizó la conversación con una ligera inclinación de cabeza:

—Le deseo que pase un buen día. Voy a enviarle una carta a mi hija mayor; vive en Mallorca.

—Por supuesto —respondió doña Paloma, esbozando una sonrisa, antes de separarse.

En la oficina de correos, Lola depositó la carta que llevaba en su bolso y recogió la que Martina le había enviado desde Palma.

Al salir, abrió el sobre con cierta inquietud.

Era una carta larga; leyó el primer párrafo.

Martina mencionaba sus planes de alojarse en La Quintana junto a su esposo durante los días de Semana Santa.

Volvió a guardar la carta en el sobre con la intención de leerla con más calma al llegar a casa.

Se detuvo un instante y observó a su alrededor. La mañana era espléndida; la fachada de la estafeta de correos brillaba bajo el sol. Levantó la vista hacia el cielo, de un azul intenso, y pensó en Inés. Hacía muchos años que no se veían.

No quería presentarse en su casa con las manos vacías. Según le había contado Fabricio, ella estaba enferma y febril, así que decidió llevarle algún alimento apetitoso.

Se dirigió a la tienda del pueblo, contemplando las calles desiertas como si las viera por primera vez.

Una suave brisa le acariciaba el rostro y sus pasos resonaban en un eco apagado.

Sentía una alegría tranquila, libre de preocupaciones, que le recordaba a su infancia, cuando jugaba en la calle con Inés y Fabricio.

Todo parecía más fácil entonces, sin un destino definido.

Ahora conocía parte de ese destino: vivía en La Quintana, sola y lejos de sus hijas, inmersa en una quietud semejante a la que se respiraba en el pueblo durante las horas de la siesta.

Aquella vida rutinaria y monótona la impulsaba a buscar algún propósito, algo sencillo y útil para ayudar a los demás, aunque aún no sabía cuál podría ser.

Al entrar en la tienda, vio en un cajón de madera las primeras mandarinas de la temporada. Le parecieron un regalo apropiado para Inés, y decidió comprarlas.