Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 6. La primera ocasión
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Capítulo 6. La primera ocasión

Antes de comenzar su trabajo en la notaría, don Javier decidió desayunar con su padre, el renombrado notario, ya jubilado, don Ramón Merino, con quien trabajó durante años antes de heredar la notaría y hacerse cargo por completo del despacho.

Cerró la puerta de su piso, bajó las escaleras y se dirigió hacia la calle San Fernando, sin saber que Paula residía desde el día anterior en la casa de los Merino y ocupaba el mismo dormitorio que había sido suyo en otro tiempo.

El aire frío de la mañana apenas conseguía disipar la humedad del empedrado. Se subió el cuello del abrigo, introdujo las manos en los bolsillos y caminó sin prisa por los callejones tranquilos.

Al llegar al portal, abrió con su llave, cruzó el patio y subió a la planta superior.

Paula abrió los ojos antes de que despuntara el día.

Aquella mañana era distinta: no quería llegar tarde en su primer día de clase.

Salió de su habitación justo cuando don Ramón abría la suya.

Se encontraron en el pasillo. Apenas se habían saludado cuando la llave giró en la puerta de entrada.

Era don Javier. Al ver a la niña por primera vez, se detuvo en seco.

Paula llevaba el uniforme escolar y el cabello recogido en una coleta alta.

La observó durante unos segundos, sorprendido por su presencia.

No supo qué decir. Fue don Ramón quien rompió el silencio con tono animado:

—Buenos días, Javier. ¿Te apetece desayunar con nosotros?

—Buenos días. Precisamente a eso venía —respondió el joven notario.

—Ella es Paula. Te mencioné... —dijo don Ramón sin darle tiempo a terminar la frase, pues don Javier atajó:

—Lo recuerdo, padre. —Luego se dirigió a la niña—. Eres la hija de Lola y comienzas en un colegio nuevo, ¿verdad?

—Sí —asintió Paula.

—Me alegro de conocerte —dijo él.

—Gracias, yo también me alegro, don Javier.

—No me llames de usted. Harás que me sienta más viejo de lo que soy —bromeó él.

Ella sonrió levemente.

Mientras se dirigían al salón, donde la sirvienta preparaba otro servicio de desayuno, don Javier le preguntó:

—¿Te encuentras bien aquí?

—Sí, muy bien. Gracias —respondió Paula, con una tímida sonrisa.

Cuando se sentaron a la mesa, sus miradas se encontraron.

La niña percibió en él algo difícil de definir, una especie de magnetismo que no supo explicar.

Por un instante, le recordó a Mateo, aunque en realidad no había nada que los relacionara.

Su amigo no era más que un muchacho, y sin embargo aquella fue la impresión que la asaltó en ese momento.

Con el tiempo comprendería que aquel encuentro marcaría su destino de una forma que aún no podía imaginar.