Capítulo 5. Nueva residencia
Paula terminó de vestirse para marcharse a la casa de don Ramón Merino, donde viviría hasta finalizar el curso escolar. Desde el otro lado de la puerta de su dormitorio, escuchaba la voz de su madre, que la apremiaba a darse prisa para partir hacia la capital.
Poco después, Lola y Paula subieron al carruaje del cortijo, conducido por Fabricio.
Durante unos minutos permanecieron en silencio. Ninguna de las dos parecía encontrar las palabras adecuadas para afrontar la despedida.
La niña contemplaba el paisaje de la campiña sur cordobesa mientras asumía, con una resignación silenciosa, su nueva vida lejos de su madre, el abandono del entorno rural y la gran distancia que la separaría de Mateo.
El día anterior, él le había confesado su tristeza por no poder verla a diario. Le dijo que intentaría no pensar demasiado en la situación para que su ausencia le pareciera menos pesada.
Aunque Lola percibía la apatía en el rostro de su hija, entendía que aquella separación era necesaria.
Deseaba que Paula recibiera una buena educación que le abriera las puertas a un futuro prometedor, convencida de que, sin apenas esfuerzo, podría alcanzar todo lo que se propusiera.
A sus once años, la niña mostraba un sentido de la responsabilidad poco habitual; rara vez había que recordarle sus obligaciones.
Al llegar a la casa de don Ramón, él salió a recibirlas y les presentó a su sirvienta, Agustina, quien se ofreció a ayudar a Paula a colocar su ropa en el armario.
Después le mostró la estancia contigua al dormitorio, donde el propio don Ramón había dispuesto una mesa de escritorio para que pudiera estudiar con comodidad.
Mientras tanto, don Ramón y Lola tomaban café en el salón.
Él aprovechó la ocasión para comentar los buenos resultados de las actividades agrícolas y ganaderas de La Quintana.
Tenía la habilidad de mantener una conversación animada mientras hojeaba el periódico y saboreaba su bebida, sin descuidar su papel de anfitrión ni resultar descortés.
A Lola le habría gustado quedarse unos días en casa de don Ramón para comprobar cómo se adaptaba Paula a sus primeras clases, pero no quería parecer una madre demasiado ansiosa ni inquietar a su hija.
Por ello, cuando apuraron las tazas y la conversación derivó hacia otros asuntos sin importancia, decidió que había llegado el momento de marcharse.
—Debo irme. El viaje hasta La Quintana es largo.
—Por supuesto. No te preocupes por Paula. Aquí estará bien atendida.
—Si le parece bien, volveré el próximo fin de semana.
—Puedes venir a verla cuando quieras. Faltaría más —respondió él con una sonrisa.
Lola se despidió de su hija con un cálido abrazo. Después, el anfitrión la acompañó hasta el portal, donde Fabricio la esperaba.
En cuanto Lola se acomodó en el carruaje, el cochero subió al pescante y arreó a los caballos para iniciar el viaje de vuelta al cortijo.
Entonces, la tristeza que ella había contenido desde su salida de La Quintana volvió a aflorar, y dejó que las lágrimas brotaran en silencio.
Por primera vez desde la muerte de doña Bárbara, sintió que realmente estaba perdiendo a alguien, aunque sólo fue una mera impresión.