Capítulo 4. Un lazo misterioso
Desde su llegada a La Quintana, Paula había sentido una conexión única con aquel lugar, especialmente con los caballos.
La noche anterior soñó que cabalgaba junto a Mateo por los campos del cortijo.
Durante unos instantes experimentó una sensación de libertad tan intensa que, al despertar, la realidad le resultó aún más amarga.
Con tan sólo once años, se sentía vulnerable e indefensa ante la nueva vida que la aguardaba en la ciudad de Córdoba.
No era consciente de sus propias capacidades para el estudio, aunque en su antiguo colegio de Palma, sus maestras le habían sugerido a su madre la conveniencia de proporcionarle una buena educación, debido a su extraordinaria facilidad para aprender.
El último día del año, Paula despertó con la certeza de que aquella Nochevieja sería la más solitaria de su vida. Su hermana Martina y su cuñado Sebastián disfrutaban de su luna de miel por Europa, y ella afrontaría la despedida del año sintiéndose más triste que nunca.
Paula entró en el salón comedor a la hora habitual. La mesa ya estaba dispuesta para el desayuno. Desde la cocina, escuchó a su madre decirle a Amelia que se tomara el resto del día libre para pasarlo con su familia. Decidió no interrumpir y se sentó a la mesa a esperar.
Al cabo de unos minutos, Lola entró en la estancia. Apartó las cortinas y la claridad de la mañana inundó la habitación. Al fijarse en la expresión sombría de Paula, la observó durante unos instantes antes de decir:
—Alegra esa cara, hija.
—¿Por qué me dices eso? —preguntó Paula.
—Porque te noto desanimada. Has estado pensando en Martina, ¿verdad?
—Sí, un poco.
—Tu hermana está bien. No tienes nada de qué preocuparte.
En ese momento, Amelia entró con una jarra de leche caliente y una cafetera humeante. Las dejó sobre la mesa junto a los panecillos y las galletas.
—Buenos días, Paula. ¿Estás contenta de vivir en La Quintana? —preguntó la sirvienta con una sonrisa.
—Sí, muy contenta —respondió la niña.
De pronto, un relincho resonó en el exterior. Paula reconoció enseguida al caballo castaño que había acariciado el día anterior. La imagen despertó el recuerdo de su sueño, en el que cabalgaba libremente por las dehesas del cortijo junto a Mateo.
Estuvo a punto de pedir permiso para acercarse a las cuadras, pero su madre se adelantó:
—Le he dicho a Amelia que se tome el resto del día libre. Así que tú y yo nos dedicaremos a preparar una deliciosa cena para celebrar la Nochevieja. ¿Qué te parece?
—Bien —respondió la niña, sin entusiasmo.
—Será como en los viejos tiempos, cuando nos reuníamos en casa de doña Bárbara. ¿Te acuerdas? —animó Lola.
—Sí… pero hoy estaremos solas —dijo Paula, con un leve suspiro de decepción.
—El próximo año será distinto, ya lo verás. Por cierto, ¿qué regalo te gustaría para Reyes?
—Un caballo —contestó Paula con firmeza.
—Eso no puede ser, hija. Eres pequeña —respondió Lola, esbozando una sonrisa.
—Entonces me conformo con aprender a montar.
—No sé si esa actividad es adecuada para tu edad —admitió Lola, dudosa.
—Eso es justamente lo que quiero. Si me dejas aprender a cabalgar, prometo sacar buenas notas —afirmó Paula, con decisión.
Lola restó importancia a aquellas palabras, aunque la preocupación no desapareció del todo. Sabía bien que montar a caballo conllevaba ciertos riesgos, y aún guardaba en su memoria el accidente que había sufrido don Antoni Anglada en Mallorca tras la caída de uno de los caballos de La Quintana.
Pero no quería transmitirle esas inquietudes a su hija. Prefería, en la medida de lo posible, centrar la atención en el final de 1911, un año que había dejado huella, tras vivir algunos acontecimientos felices, como la boda de Martina, y otros momentos dolorosos como la muerte de doña Bárbara.
Finalmente, dijo:
—Primero hablaré con Facundo. Si él considera que tienes la edad adecuada y contamos con un caballo apropiado, te daré permiso
Facundo Rojas había observado que, desde que Paula visitaba al caballo castaño en las cuadras, el animal, antes reacio y apático al entrenamiento, mostraba una energía y disposición inusuales, como si hubiera despertado en él un nuevo impulso.
No lograba explicarse aquel cambio, pero estaba convencido de que sería un excelente caballo de carreras, y con eso le bastaba.
Por ello, cuando Lola le pidió su opinión sobre la posibilidad de que Paula aprendiera a montar con ese ejemplar, no sólo aprobó la idea, sino que se ofreció a ser su instructor.
Una semana después, bajo su supervisión, Paula recibió su primera clase de equitación. Le pidió calma y confianza, tanto en el caballo como en él. Le explicó cómo debía presionar suavemente los costados del animal con las piernas, mantener los codos flexionados y sujetar las riendas con firmeza.
Paula seguía sus indicaciones mientras practicaban en un cercado. Era disciplinada y aprendía con rapidez. Facundo la observaba con atención cuando unos disparos de cazadores furtivos rompieron el silencio. El caballo se encabritó y salió al galope. Paula soltó las riendas y perdió el control.
El caballo había recorrido buena parte del cercado cuando Paula cayó.
Curiosamente, el impacto se produjo sobre el único montón de paja que había en el recinto.
Mientras corría hacia ella, Facundo se preguntó si el animal la había dejado caer allí, como si hubiera elegido instintivamente el lugar más seguro.
Aquel día, Facundo se reafirmó en la extraña conexión que ya había percibido entre Paula y el caballo.
Siempre había escuchado con escepticismo las historias de su abuelo, Florencio Rojas, sobre caballos capaces de establecer un vínculo especial con ciertas personas, como si fueran almas gemelas y compartieran una misma naturaleza.
Sin embargo, aquella escena le obligó a reconsiderar sus ideas.
Por un instante lamentó que su abuelo no estuviera vivo para compartir con él su descubrimiento.
Aunque no solía comentar ese tipo de asuntos, acabó contándole a Lola lo sucedido y la peculiar relación que parecía haberse formado entre Paula y el caballo castaño.