Capítulo 3. Las tierras de La Quintana
Poco antes del mediodía, Gerardo Morales, capataz del cortijo La Quintana, se dirigió junto a su esposa, Amelia Cuesta, y su hijo Mateo en una carreta tirada por un caballo hacia la vivienda que les habían asignado en el mismo cortijo.
Lola les había prestado la carreta para facilitar el traslado de sus pertenencias: unos pocos muebles y varias cajas con ropa y utensilios, ya que, salvo dos camas, apenas tenían mobiliario en su nueva casa.
Lola y Paula salieron a recibirlos. La niña, tras saludar a Mateo, se unió a él para bajar las cajas y los muebles más ligeros.
Dentro de la vivienda, Paula escuchó a Amelia decirle a su marido: «Gerardo, no pongas el sombrero sobre la cama. Da mala suerte. Te lo he dicho muchas veces, pero nunca me haces caso».
Después, vio cómo Amelia salía del dormitorio con el sombrero en la mano y lo colgaba en el respaldo de una silla.
Al terminar la descarga de la carreta, Mateo y Paula charlaron un rato mientras paseaban por los alrededores. Ella inició la conversación:
—Tengo once años. ¿Y tú?
—Casi trece —respondió él.
A Paula le pareció que Mateo destacaba por su altura y su constitución fuerte:
—Pareces mayor.
—Sí. Todo el mundo me lo dice —afirmó él.
—¿Trabajas o vas al colegio?
—Sé leer y escribir. He ido a la escuela, pero ahora trabajaré como mozo en el cortijo y no sé si podré seguir asistiendo.
—Mi madre me obliga a estudiar en un colegio de la capital. Así, algún día podré ayudarla a manejar La Quintana.
—No podrás encargarte de La Quintana; sólo eres una niña.
—Ahora no. Lo haré cuando sea mayor. ¿Qué te apuestas? —respondió Paula con decisión.
—No quiero apostar. Mi padre dice que no hay que arriesgar aquello que no se está dispuesto a perder.
—Eso es verdad —asintió Paula.
—Conozco bien La Quintana. Ya estuve viviendo aquí con mis padres, pero tuvimos que marcharnos por falta de trabajo —explicó Mateo, señalando los alrededores con un amplio gesto.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Paula.
—Hace seis años; entonces, tenía sólo siete.
—¿Y por qué se acabó el trabajo? —insistió ella.
—Creo que, cuando murió la señora marquesa, dejaron de enviar dinero para los jornales.
Tras la muerte de doña Narcisa Ridruejo, esposa del marqués de la Fuente, éste se desentendió de las labores agrícolas y ganaderas de La Quintana, que poco después quedaron prácticamente abandonadas.
—¿Me enseñarás los rincones más bonitos del cortijo?
—Sí. Te llevaré a ver los nidos de mis pájaros preferidos, pero tienes que estar en silencio y no contárselo a nadie. Es un secreto.
Mateo conocía cada rincón del cortijo. Recordaba el sendero que conducía a la laguna, donde la vegetación se reflejaba en el agua con distintas tonalidades. Pero, sobre todo, le gustaba observar las aves y vigilar sus nidos.
—¿Podemos verlos ahora? —preguntó Paula, entusiasmada.
Él quería enseñarle no sólo los nidos, sino también el ganado en los prados, los huertos de verduras de temporada y las aves de los corrales, pero no era buen momento.
—Ahora no. Se acerca la hora de la comida y, además, va a llover —dijo Mateo, mirando las nubes oscuras. Al ver la expresión de desilusión en Paula, añadió—: Si quieres, podemos ir a las cuadras a ver los caballos.
—Sí, vamos.
En los establos había una docena de pura sangre de origen inglés. Al entrar, el aire se impregnaba de un fuerte olor a heno.
Mateo explicó que la mayoría de aquellos animales eran capaces de competir y ganar carreras en el hipódromo. En ese momento, escucharon un fuerte relincho que venía del fondo de las cuadras. Ambos se acercaron al lugar de donde procedía el sonido.
Paula tendió la mano para acariciar a uno de los caballos. Era un hermoso ejemplar de pelaje castaño. Mateo la detuvo:
—¡Ten cuidado! Este caballo es arisco y no te conoce.
El animal, como si entendiera lo que decían, se acercó a la puerta de su compartimento y bajó la cabeza. La niña lo acarició sin temor y le susurró algo que Mateo no alcanzó a oír.
De repente, comenzó a llover. Vieron a Facundo Rojas, el encargado de entrenar a los caballos de competición, que se acercaba buscando refugio del aguacero. Mateo le tomó la mano a Paula y la apartó mientras le susurraba:
—Tenemos que irnos de aquí. Si Facundo nos ve, nos regañará.
Salieron por la puerta trasera y corrieron bajo la lluvia, sin soltarse de la mano, hasta llegar a la casa principal. Allí se miraron en silencio e intercambiaron una sonrisa tímida antes de separarse.
Mateo la vio entrar y después emprendió el camino de regreso a su casa.
No le importaba empaparse; se sentía feliz de estar otra vez en La Quintana.
Aquellas tierras lo atraían de un modo difícil de explicar, como si el sonido de la lluvia, los relinchos de los caballos y el canto de los pájaros tuvieran en él una resonancia distinta, más profunda.
A su alrededor se respiraba la calma de las dehesas y los amplios olivares, con los árboles dispuestos en largas filas.
A Mateo le parecía que aquel mundo rural estaba hecho para él. Aunque aún era un niño, allí se sentía en paz, como si formara parte de algo grande y enigmático que apenas alcanzaba a comprender.
Empapado, giró varias veces sobre sí mismo con los brazos abiertos, mirando al cielo, y después echó a correr hacia las casas de los jornaleros.
Entonces vio a su madre acercarse con un paraguas abierto.
Pensó que lo regañaría, pero, lejos de eso, ella se alegró de verlo de nuevo en La Quintana: lo tomó de la mano y lo cobijó bajo el paraguas, sin decir nada.