Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 2. Una nueva realidad
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Capítulo 2. Una nueva realidad

Tras el fallecimiento de doña Bárbara, Lola Montes, única heredera de toda su fortuna, emprendió viaje hacia el cortijo La Quintana, situado en la campiña del sur de Córdoba. La acompañaba su hija Paula, de once años. Ambas partían en busca de un nuevo hogar y una nueva vida.

Pocas horas antes, habían preparado una maleta con lo necesario para el largo trayecto, cerraron su casa en el centro de Palma y se dirigieron al puerto para embarcar en un vapor con destino a Valencia.

A los pocos minutos de zarpar, ya instaladas en el camarote, Paula le expresó a su madre el vértigo y el temor que sentía en su primer viaje por mar.

Lola se quitó la medalla de oro que llevaba al cuello, un obsequio de su amigo Arnau, y se la puso a la niña.

«Es la Virgen del Carmen, patrona de los marineros.

Te protegerá en el mar», le dijo para tranquilizarla.

Paula se calmó, e incluso llegó a dormir varias horas durante la travesía.

Al verlas descender del tren, se acercó a ellas con una sonrisa y las saludó:

—¡Bienvenidas! Espero que el viaje haya sido agradable.

—Sí, gracias, don Ramón. Ha sido largo, pero también muy llevadero —respondió Lola.

—Lamento no poder acompañaros hasta La Quintana, pero he dispuesto que un cochero de mi absoluta confianza os lleve en mi carruaje.

—Le agradezco sus atenciones —respondió Lola. Luego hizo una seña a su hija para que se acercara a saludar.

—Hola, don Ramón —dijo Paula.

Para sorpresa de él, la niña se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

Aquel gesto sencillo despertó en don Ramón una inesperada sensación de calidez, como si removiera una ternura que creía dormida desde hacía mucho tiempo.

Mientras caminaban hacia el carruaje, él preguntó:

—Lola, ¿has pensado en lo que te comenté sobre el colegio de Paula?

—Sí, don Ramón. Seguiré su consejo y la matricularé en un colegio de la capital.

—Entonces, te conviene hacerlo en cuanto comiencen las clases, después de Año Nuevo.

—Esa es mi intención —afirmó Lola.

—Te recuerdo que Paula puede quedarse en mi casa el tiempo que sea necesario.

—Lo he pensado detenidamente y acepto su ofrecimiento. Nos hace usted un gran favor.

—No tienes que agradecérmelo. Soy yo quien sale ganando. Me sentiré menos solo. Desde que murió Bárbara... en fin, tú ya lo sabes.

—Sí, la echamos mucho de menos —respondió Lola y, procurando apartar la tristeza que le provocaba la reciente muerte de doña Bárbara, quien había sido para ella como una madre, añadió con cortesía—: ¿Le gustaría cenar con nosotras en Nochevieja?

—Será en otra ocasión. Ese día lo pasaré en compañía de mi hijo.

—Claro. Cuando usted quiera.

Antes de que subieran al carruaje, don Ramón se dirigió a la niña:

—Paula, ¿qué te parece la idea de estudiar en la capital?

Consciente de lo que aquello implicaba, respondió con seguridad:

—Gracias por acogerme en su casa. Me portaré bien y no le daré motivo alguno de queja.

—Estoy convencido de ello —respondió él, pensando que la presencia de la niña podría devolverle parte de la alegría que había perdido tras la muerte de su esposa.

Poco después se despidieron, sin concretar cuándo volverían a verse.

Mientras don Ramón emprendía el regreso a su hogar, el cochero condujo el carruaje hacia el sur de la provincia de Córdoba. El paisaje aparecía envuelto en una luz suave y apacible, propia de una tarde invernal.

Cuando llegaron a La Quintana, el carruaje se detuvo frente a la fachada principal del cortijo.

Madre e hija descendieron y, al contemplar el edificio, con puertas y ventanas cerradas, tuvieron la impresión de que una melancólica quietud lo envolvía.

Aun así, la tenue luz del atardecer templaba aquella sensación y confería a la fachada un aspecto acogedor, como si la vieja casa les diera la bienvenida y las invitara a cruzar el umbral.

Antes de entrar, se despidieron del cochero, que emprendió el camino de regreso a la capital. Los cuatro faroles del carruaje proyectaban una luz oscilante en la penumbra del atardecer, mientras la vegetación que rodeaba el cortijo desprendía una humedad fresca, presagio de nuevas lluvias.

Durante unos instantes, Lola contempló las dehesas. Le parecieron más verdes que unas semanas antes, cuando había partido hacia Mallorca tras el entierro de doña Bárbara. Pensaba precisamente en ella cuando escuchó la voz sorprendida de Paula:

—¡Esta casa es enorme!

—Sí, hija. Lo es. Tendremos que acostumbrarnos a estos espacios. Enseguida te enseñaré las estancias principales y tu dormitorio. Después cenaremos algo de lo que encontremos en la despensa —comentó Lola.

Al ver a Paula coger la maleta por el asa y dirigirse con decisión hacia la puerta principal, Lola pensó que la niña estaba mostrando una entereza de la que ella misma carecía en aquellos momentos.

Muy pronto debería asumir la responsabilidad de dirigir La Quintana, pues de su buena gestión dependía, en gran medida, el bienestar de muchas familias del pueblo.

Lola abrió la puerta con su llave y, nada más entrar en el vestíbulo, comentó con cierto alivio:

—La casa está caldeada. Se nota que la chimenea ha estado encendida hasta hace poco. Supongo que Amelia se ha ocupado de ello.

—¿Quién es Amelia? —preguntó Paula.

—Nuestra sirvienta. Su marido, Gerardo, es el capataz de La Quintana. Tienen un hijo de tu edad que se llama Mateo. Pronto se trasladarán a una de las viviendas recién reformadas para los jornaleros, y entonces podrás conocerlo.

Paula no respondió. Se limitó a recorrer la casa junto a su madre. Cuando llegaron a su dormitorio, le pareció excesivamente amplio en comparación con el que había tenido en Palma.

Más tarde, ya sola, mientras se cambiaba la ropa del viaje y colgaba sus vestidos en el armario, tomó conciencia de que acababa de dejar atrás una etapa de su vida y estaba a punto de comenzar otra muy distinta.