Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 1. ¡Un Anglada!
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Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2)

Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2)

Por Amadora Valle

© inepub.com

Capítulo 1. ¡Un Anglada!

«¡Es un niño! ¡Un Anglada! ¡Qué alegría!», exclamó con entusiasmo de una abuela orgullosa doña Isabel María Gibert, mientras su nuera seguía las indicaciones de la comadrona.

Aunque doña Isabel había deseado que el alumbramiento se produjera en su residencia en Palma, Can Anglada, esos planes no llegaron a cumplirse, ya que el parto se adelantó dos semanas.

Pero en cuanto sostuvo en brazos a su esperado nieto y comprobó que tanto Inmaculada como el niño estaban en perfecto estado de salud, el lugar de nacimiento perdió importancia.

Lo esencial era la llegada de un heredero varón a la familia.

Por su parte, don Antoni, inquieto y expectante, esperaba en el salón el momento de conocer a su segundo hijo. Acababa de oír el llanto del recién nacido. Al ver salir del dormitorio a doña Isabel, se acercó a ella y le preguntó con emoción:

—Madre, ¿cómo ha ido todo? ¿Están bien los dos?

—Sí. Ambos están muy bien. Tienes un hijo varón, sano y hermoso. Cuando la comadrona termine de atender a Inmaculada, podrás entrar a conocerlo —respondió ella.

Don Antoni exhaló un suspiro de alivio. En un intento de ordenar sus ideas, se apartó de su madre y se acercó a la ventana desde donde se divisaban los tres botes de colores que flotaban en el amplio aljibe: uno rojo, otro amarillo y el tercero azul.

Luego, dirigió su mirada hacia el horizonte.

Allí, el día anterior, había creído ver al jinete del aire cabalgando por las tierras de Son Carvall.

Durante unos segundos, la silueta se volvió difusa hasta desvanecerse como una estela de humo en el vasto cielo.

No sabría decir si fue real o una simple visión, pero sintió una extraña sensación de serenidad mientras la imagen persistía en su mente.

Esta era la tercera vez que le sucedía. Anteriormente lo había visto tras la muerte de su primera esposa, Carmen De la Fuente, y poco después del nacimiento de Magdalena.

En todas ellas, había percibido idénticas sensaciones y recordaba la antigua creencia familiar, según la cual el jinete del aire se manifestaba para dar la bienvenida a los nuevos herederos de la familia Anglada y también para despedirlos en el ocaso de sus vidas.

Nunca había estado seguro de creerlo del todo.

Doña Isabel retomó una cuestión que ya había manifestado en otras ocasiones y comentó:

—Antoni, considero que Son Carvall no es un lugar adecuado para un recién nacido. Cuando Inmaculada esté en condiciones de viajar, deberíais pensar en trasladaros a vivir conmigo, aunque sea por unos meses.

Don Antoni se apartó de la ventana. Permaneció en silencio unos segundos antes de responder:

—Conozco su opinión, madre; pero la vida en el campo presenta numerosas ventajas. Además, Son Carvall es nuestro hogar. Inmaculada y yo somos felices aquí —respondió él.

—No te olvides de Magdalena. Pronto cumplirá cinco años. Es fundamental ofrecerle la mejor educación.

—No lo olvido. Estoy de acuerdo con usted en eso. Pero antes de tomar una decisión, necesito hablar con Inmaculada.

Temerosa de la posible negativa de su nuera, doña Isabel insistió:

—En Palma están los mejores colegios. Magdalena podría quedarse a vivir conmigo en Can Anglada. Sabes que la cuidaré bien.

—Lo sé, madre. Permítame consultarlo con Inmaculada —respondió él.

—Por supuesto. Su opinión cuenta. Me alegro de verte feliz a su lado.

—Me considero un hombre privilegiado —afirmó él, con convicción.

—Todo en la vida sucede por alguna razón —dijo doña Isabel y, tras una pausa, añadió—: Ahora tienes una familia maravillosa. Los años difíciles ya han quedado atrás.

A don Antoni le incomodaron aquellas palabras. Su madre parecía insinuar que la muerte de Carmen había tenido, en cierto modo, un aspecto positivo, pues había propiciado la llegada de Inmaculada a la familia Anglada, algo que consideraba afortunado.

Era cierto que había formado un matrimonio estable y feliz, y que sus hijos eran su mayor orgullo; pero, a pesar de los veintiséis años transcurridos desde la muerte de Carmen, no la había olvidado.

No esperaba que su madre entendiera aquel afecto nostálgico por su primer matrimonio, así que se limitó a expresar lo evidente:

—Sí, madre. Pero no todo fueron desgracias. También tuvimos muchos momentos felices.

Tras su comentario, el señor de Son Carvall cogió el periódico, se acomodó en el sofá y lo abrió, como si quisiera dar por concluida una conversación que ya se había repetido en otras ocasiones.

A través de un curioso juego de la memoria, don Antoni recordó su primer viaje a Andalucía. Tenía veintitrés años y había ido en busca de los mejores caballos para expandir la cría equina en Son Carvall.

Fue en el cortijo cordobés La Quintana donde conoció a Carmen, la única nieta del marqués de la Fuente. Desde aquel día, el viaje dejó de ser una mera cuestión comercial y pasó a estar teñido por la atracción que, sin apenas darse cuenta, comenzó a sentir por ella.

Un año después se casaron y se trasladaron a la posesión familiar donde vivieron durante seis años, hasta que la enfermedad se llevó a Carmen demasiado pronto.

Aunque acababa de afirmar que habían sido momentos felices, aquellos años con Carmen seguían siendo los más vivos que recordaba.

Escuchó a su madre dialogar con Magdalena:

—Aún conservamos tu traje de bautismo. También se lo pondremos a tu hermanito. ¿Qué te parece?

—No me interesa el bautismo —respondió la pequeña con desdén.

La respuesta, tan poco entusiasta, provocó un gesto de decepción en doña Isabel. Luego miró a su hijo, absorto en la lectura, y después hacia la puerta cerrada del dormitorio de su nuera, donde la comadrona aún la atendía. Finalmente, dijo:

—Bajaré a la cocina y diré que le preparen a Inmaculada una sopa de pollo. Le vendrá bien para recuperarse. ¿Qué te parece, Antoni?

—Es una excelente idea —respondió él, sin levantar la vista del periódico.

Poco después, don Antoni escuchó las voces de su madre y de una de las sirvientas en la planta inferior y, seguidamente, el sonido de la puerta del dormitorio de su esposa al abrirse.

La comadrona salió para informarle de que ya podía entrar a conocer al recién nacido.

Él se levantó, le agradeció las atenciones prestadas a Inmaculada y, a continuación, se dirigió a su hija:

—Magdalena, ¿te gustaría conocer a Jaume?

La niña asintió con un movimiento de cabeza y aceptó la mano que su padre le ofrecía.

Entraron en silencio para no despertar al pequeño. Don Antoni besó a su esposa en la frente y sostuvo entre sus brazos a su segundo hijo, Jaume. Experimentó la misma emoción que sintió al abrazar a su primogénita por primera vez.

—Magdalena, ¿quieres tener a Jaume en tu regazo? —preguntó doña Inmaculada.

—No lo sé. Podría caerse —respondió la niña con inseguridad mientras observaba a su hermano con asombro.

—No te preocupes, cariño. Papá estará pendiente —dijo doña Inmaculada.

—Ven, siéntate junto a mí y sujétalo con cuidado. No se caerá —confirmó don Antoni.

Magdalena tomó a su hermano con sumo cuidado y, cuando doña Isabel entró en la habitación, exclamó con entusiasmo:

—¡Mira, abuela! Tengo un hermano.

—Sí, querida. ¡Un Anglada! El futuro señor de Son Carvall —proclamó doña Isabel con altivez, consciente de que, por fin, se había cumplido un deseo largamente anhelado.