Los Herederos de Jacob Vol.1 Capítulo QUINTO #2
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Capítulo QUINTO #2

En la entrada los recibió un cartel erosionado. El nombre “Orto Botanico di Roma” aparecía grabado en letras azules, de tipografía antigua. Un poco más adelante, se abría un sendero entre frondosa vegetación. Los jardines se extendían en terrazas. Caminos serpenteantes bordeados por muros cubiertos de musgo. Altos árboles proyectaban sombras irregulares sobre el suelo. Había especies de todos los continentes. Palmas, bambúes, helechos gigantes. Plantas trepadoras que ascendían por estructuras metálicas. En un rincón, una tortuga se movía entre la hierba. Los pájaros saltaban de rama en rama. Federico y Víctor avanzaban por uno de los caminos.

—Te dije que era un buen sitio.

Víctor miró a su alrededor. En su rostro se dibujó una sonrisa fugaz. Duró poco. Su mente viajó a otro lugar.

—¿Qué ocurre, Víctor?

Víctor dudó. Decidió confiar en él.

—Saliviati sabe que estuve en su despacho.

Federico se detuvo un instante. La expresión se le tensó. Víctor suspiró y siguió caminando. Federico también.

—Te mentí, Fede.

Federico lo miró de reojo, sin dejar de caminar, con las manos a la espalda.

—¿A qué te refieres?

Víctor tardó un par de segundos en responder.

—Te mentí cuando te dije que no encontré nada en el despacho de Saliviati.

Federico se detuvo. Víctor también.

—Encontré un anillo.

Federico entrecerró los ojos.

—El anillo del Papa. Estaba detrás del espejo.

El gesto de Federico cambió. La sorpresa dio paso a un desconcierto profundo.

—Pero eso no era lo que Alejo buscaba.

La pausa se alargó. La expectación de Federico crecía.

—Lo del compartimento vacío es real. Estaba oculto en el nicho.

Federico no decía nada. Lo escuchaba con atención, completamente centrado en él. Se metió la mano en el bolsillo, sacó un paquete de cigarrillos y extrajo uno con los dedos temblorosos. Se lo llevó a la boca.

—No sé ni por dónde empezar… —continuó Víctor—. La noche en la que entré en el Dicasterio, el cardenal vino hasta la casa de Francesca. Me dijo que Roma era una ciudad… peligrosa. Que tuviera cuidado. Me invitó a una misa la mañana siguiente. Allí me lo dijo directamente. Sabe que he entrado.

Federico negó con la cabeza, intentando ordenar todo.

—Pero… ¿y Vincenzo?

Víctor se rascó la coronilla.

—No lo sé.

Se hizo un silencio breve.

—Necesito confiar en ti, Federico. Como lo hacía mi hermano.

Federico bajó la mirada. Sus ojos se humedecieron. Cuando volvió a mirarlo, sonreía con tristeza. Víctor dio un paso hacia él.

—He encontrado lo que Alejo custodiaba…

Federico dibujó una expresión de asombro.

—Y creo que por ello lo mataron.

El rostro de Federico se tensó. La rabia asomó contenida.

—Saliviati… —farfulló entre dientes.

Víctor asintió. No podía hablar.

—Hay un manuscrito —continuó—. Todavía es muy poco lo que hemos entendido, pero es… inquietante.

Federico analizó las palabras de Víctor.

—¿Hemos?

—Es un documento extremadamente raro. Necesito ayuda para descifrarlo. Tengo un amigo. James Sinclair.

—Lo conozco. He leído algunos de sus artículos —admitió Federico.

—Es el mayor divulgador de grandes procesos y episodios de la historia. El más reconocido. Ha sido él quien ha logrado interpretar un fragmento concreto.

Víctor respiró hondo.

—El texto habla de Miryam y Yosef. Siglos antes de que existieran… Habla de dos hijos. Dos nacimientos distintos. De uno destinado a mostrarse y de otro condenado a permanecer oculto. Y de cómo uno termina ocupando el lugar del otro. En esencia, de algo capaz de rasgar el velo de la versión aceptada, de la iglesia y de la historia…

Federico lo miraba sin parpadear.

—Alejo lo sacó del Vaticano… —murmuró, estupefacto—. ¿Por qué no me lo dijo?

Se llevó la mano a la barbilla. Dándole vueltas a todo.

—Y si ese documento es tan peligroso para la Iglesia… ¿por qué lo guardaban? ¿Por qué no lo destruyeron?

Víctor sostuvo la mirada un instante.

—Supongo que no era la única razón, pero destruirlo sería admitir que existe.

Federico tragó saliva.

—Saliviati lo supo. Y acabó con él —farfulló con rencor.

Apretó la mandíbula y se quedó en silencio. Víctor alzó la mirada al cielo con nostalgia. Luego la dejó caer al suelo. Federico volvió a mirarlo a los ojos.

—Víctor… Yo tampoco he sido sincero del todo contigo.

Víctor lo miró, sin sorpresa.

—Cuando te dije que vine a Roma para estar cerca de Alejo, no te engañé. Pero en realidad lo seguí porque tu hermano y yo…

—Lo sé, Fede —interrumpió Víctor, con una leve sonrisa.

Se miraron.

—Íbamos a volver a España —dijo Federico—. Antes del verano.

Bajó la mirada.

—Había iniciado los trámites para dejar el Dicasterio. Solicitó la dispensa de sus funciones. Tenía que presentar una petición formal, justificar su salida, esperar la aprobación. Todo lleva tiempo. Pero ya estaba en marcha.

Ambos pensaron en Alejo, cada uno a su manera. Un pájaro cruzó el sendero a ras de suelo. El sonido de sus alas rompió el momento.

—Tenemos que encontrar la manera de demostrar que no ha sido un accidente —dijo Federico.

Víctor torció el gesto.

—No la hay. No tengo más que presentimientos. Ninguna prueba.

—Y la amenaza del cardenal.

Víctor pensó en ello, Se quedó en silencio un segundo.

—Lo único que se me ocurre es contar la verdad.

Federico lo miró. Víctor le sostuvo la mirada.

—Puede que si voy a comisaría y explico lo que ha pasado… si les hablo del manuscrito… investiguen a Saliviati.

Federico sacudió la cabeza despacio.

—Sabes que eso no va a suceder.

—Creo que no tengo otra opción.

Víctor respiró hondo.

—Quiero volver a Langreo. Necesito zanjar esto. Dejarlo en manos de profesionales. Yo solo soy un historiador.

Federico apretó los labios. Se sentía impotente.

—Obviaré el detalle de mi excursión al despacho. Del anillo —añadió Víctor—. Aunque terminará sabiéndose. Y tendré que responder por ello.

Federico lo observaba con preocupación.

—Te salpicará.

Víctor lo miró fijamente.

—A ti y a Vincenzo.

El silencio se instaló de nuevo entre ellos, cayendo con peso.

—Iré esta noche —continuó—. Hice amigos en Egipto hace poco. Arqueólogos. Cerca de Siwa. Hay españoles allí. Seguro que estarán dispuestos a esconderte un tiempo. Por si acaso.

Federico abrió los ojos. No reaccionaba.

—Haré un par de llamadas —insistió Víctor—. Desde Roma hay vuelos diarios a El Cairo. Allí te recogerán. Cuando sepan que estuve en ese despacho y que tú me ayudaste… estarás lejos. Protegido.

Federico esbozó una mueca de negación, casi sin fuerzas.

—Lo que dices no tiene ni pies ni cabeza. Mi vida, mi trabajo… todo está en Roma.

Víctor apartó la mirada.

—Es lo único que se me ocurre.

Levantó la vista.

—Para bien o para mal, mi trabajo es reconocido internacionalmente. No me tomarán como un loco cuando les hable del manuscrito.

Federico no respondió. Miraba al suelo, inquieto. El viento movió las hojas de los árboles. Una rama crujió a lo lejos. Víctor giró la cabeza. Observó el sendero que se perdía entre la vegetación. Luego miró a Federico, que seguía allí, paralizado. No dijo nada más. Víctor ya no solo estaba buscando respuestas, estaba tomando decisiones.