Capítulo SEXTO
En un bar de barrio, con la barra de mármol y botellas alineadas sin orden detrás, Víctor estaba sentado, encorvado, con la mirada perdida en un teléfono antiguo. Llevaba una mochila colgada al hombro y una chaqueta marrón con coderas que ya mostraban desgaste. A su lado, una botella de whisky a medio vaciar. Tenía las mejillas rojas y la respiración algo pesada. El reloj del local marcaba las once. Levantó la vista.
—Mi fa il conto, per favore.
Dejó un billete de cincuenta euros sobre la barra. El camarero, un hombre alto y delgado, lo miró un segundo, recogió el dinero y le devolvió el cambio con un gesto breve de cabeza. Víctor no contó las monedas. Las guardó sin mirar. Se levantó con cierta torpeza y salió.
La noche en Borgo estaba casi vacía. Víctor caminaba con paso irregular. Apretaba la correa de la mochila contra el cuerpo. De vez en cuando miraba hacia atrás y a los lados.
Llegó hasta el edificio del commissariato. Una fachada funcional, sin ornamento. Una puerta de cristal y un letrero sencillo.
Se detuvo frente a la entrada. Respiró hondo.
Durante un momento se quedó allí, inmóvil. Empujó la puerta y entró. El interior estaba iluminado por fluorescentes de luz blanca y fría. Había un mostrador al fondo y un policía apoyado en él, revisando unos papeles. Se oía una televisión encendida en una esquina, con el volumen bajo y el murmullo lejano de voces.
Víctor se acercó.
—Buonasera… Vorrei sporgere denuncia.
El agente levantó la vista. Lo observó. Miró alrededor y esbozó un gesto de incomodidad.
—Adesso i colleghi sono occupati —dijo—. Se non è urgente, torni domani.
Víctor tragó saliva. Sus manos temblaban ligeramente.
—Non si preoccupi… posso aspettare.
El policía lo miró un segundo más. Luego se encogió de hombros.
—Come vuole. Si sieda lì.
Señaló unas sillas de madera alineadas contra la pared. Víctor asintió y se sentó. Apoyó la mochila sobre las piernas. No la soltó.
El tiempo empezó a diluirse, la espera pesaba como el hormigón. De vez en cuando, el agente se asomaba desde el mostrador y lo miraba. Víctor seguía allí, inmóvil, con la mirada baja. En otras ocasiones, se escuchaban risas al fondo. Algún comentario suelto entre policías. El sonido constante de la televisión.
Pasó media hora. Luego otra. Pensó que aquella gente no tenía ninguna prisa por atenderle, y él ni tenía tiempo ni cuerpo para seguir allí. No se rindió, pero empezó a asumir que no era el lugar adecuado.
Sudaba. Se secó la frente con la manga. La mano le temblaba. Apretaba la mochila contra el pecho. Notaba la presencia del manuscrito en el interior. Como si pesara más de lo que debía. Bajó la cremallera unos centímetros. Miró dentro. No lo sacó. Cerró de nuevo.
Inspiró hondo. Se levantó y se acercó al mostrador.
—Agente… Tornerò domani.
El policía, que tenía un paquete de cigarrillos apoyado cerca de la mano, asintió sin darle demasiada importancia. Víctor dio un paso para irse. Se detuvo. Algo pasó por su mente y un brillo sucio se instaló en sus ojos. Dio media vuelta y volvió al mostrador.
—Mi scusi… le avanza una sigaretta?
El agente lo miró de arriba abajo. Evaluó su estado. Le pareció raro, pero no peligroso. Abrió el paquete. Sacó un cigarrillo. Lo acompañó con una pequeña caja de cerillas.
—Sì tenga anche i fiammiferi.
Víctor cogió ambas cosas.
—Grazie…
Salió.
La noche lo envolvió de nuevo. La acera estaba desierta. El silencio era más pesado que antes y una brisa húmeda corría desde el final de la calle. Caminó unos pasos, abatido, sin rumbo. Quería estar en Asturias. En casa, con su madre. Le dolía el pecho. Todo le sobrepasaba. Se llevó el cigarro a la boca y encendió una cerilla. La llama tembló antes de prender el tabaco.
Aspiró. Cuando el humo le llenó los pulmones, sintió una paz que sabía, en el fondo, tan nociva como pasajera. Cerró los ojos.
Los abrió despacio y entonces lo vio. Al otro lado de la calle, había un hombre. Quieto. Mirándolo directamente. Tanto la complexión como su postura, le resultaron familiares. Demasiado. Los ojos del hombre se posaron en él. Víctor palideció. El pulso se le cortó.
—Alejo…
Sintió un pinchazo seco en el cuello. No tuvo tiempo de reaccionar. El mundo se apagó y cayó al suelo.
Tres días después, abrió los ojos. Todo estaba desenfocado. La luz era demasiado intensa. Parpadeó varias veces. Sentía la cabeza cargada y la lengua seca. Intentó incorporarse. Un dolor profundo le recorrió el cuerpo.
Miró hacia un lado. Vio un gotero y una vía clavada en su brazo. Contrajo el ceño, muy confuso.
Respiró con dificultad. Se sentía débil y vulnerable. Se sentó poco a poco. Las piernas le temblaban. Llevaba un pantalón de pijama y una camiseta de tirantes. Se llevó la mano al brazo. Tiró de la vía con un gesto torpe y se la quitó.
Se levantó. Avanzó despacio, apoyándose en lo que encontraba. Estaba descalzo. Llegó al salón. Vio una mesa, y sobre ella, una jarra de agua. Se acercó y sirvió un vaso con manos inestables. Bebió dos tragos largos, con ansiedad.
Siguió de pie unos segundos, recuperando aire. Se acercó a la puerta de la estancia y la empujó lentamente. La luz del sol le golpeó en la cara.
Entrecerró los ojos. En el jardín, Francesca trabajaba la tierra con calma. Sonaba una música tradicional italiana, un acordeón que brotaba desde un viejo vinilo en la recepción. Cuando Francesca lo vio, dibujó una sonrisa amplia y luminosa.
—Era ora —dijo con naturalidad—. Ya ha despertado, signore. Ahora lo comprenderá todo. Sígame.
Víctor apenas podía sostenerse.
—Alejo… Alejo… —murmuró, con la voz rota.
Francesca dejó las herramientas en el suelo y caminó despacio hacia su casa. Víctor la siguió arrastrando los pies. Cruzó descalzo el jardín. Notó el frío de la tierra húmeda. Se detuvo frente a los surcos y respiró. Siguió caminando, con dificultad.
Entró en la casa. La estancia le resultó inquietantemente familiar. Los muebles, la disposición, los objetos. Era igual que la casa de Alejo.
—Por aquí, signore.
La voz venía de una puerta abierta. Tras ella, unas escaleras de piedra descendían en espiral.
Víctor sintió un peso en el pecho. No pensaba con claridad, no podía. Avanzó.
—Procure no caerse —dijo Francesca, mientras descendía.
Víctor apoyó la mano en la barandilla. Bajó despacio. Cada paso lo alejaba de algo que no sabía nombrar. Cada vuelta de la escalera lo hundía un poco más dentro de sí mismo. Cuando llegó abajo, una ráfaga de aire le golpeó la cara. Cerró los ojos por instinto y sintió una paz extraña.
Francesca le cogió la mano. La acarició.
—Es hora de que hablemos de verdad.
Víctor estaba desorientado, sentía que flotaba.
—¿Dónde está Alejo…?
Francesca no soltó su mano. Echó a caminar por un pasillo estrecho, de piedra, mal iluminado.
—Alejo murió —dijo—. Y los muertos no resucitan.
Víctor avanzaba sin fuerza, dejándose llevar.
—Yo… lo vi…
Francesca esbozó una media sonrisa.
—Es fácil creer, ¿verdad?
El pasillo se alargaba. La luz era escasa.
—¿Dónde está el manuscrito? —preguntó Víctor.
—A buen recaudo.
Francesca exhaló despacio.
—Encontró la mesa, ¿no es así?
Víctor la miró. Intentó ordenar sus ideas, pero no pudo.
—La mesa en la que su hermano… y el nuestro… custodiaba el secreto.
Víctor se detuvo en seco. Francesca lo miró y sonrió.
—Alejo, como todos nosotros, protegía la verdad. No para ocultarla para siempre, sino para desvelarla cuando el mundo sea capaz de entenderla.
El rostro de Francesca cambió. Apareció en él una ambición desnuda. Víctor sintió una electricidad recorriéndole la piel.
—Él recuperó el manuscrito porque yo se lo pedí.
Víctor clavó los ojos en ella.
—Así como tantas otras cosas —añadió.
—Usted… ¿por qué?
Francesca volvió a coger su mano y siguieron caminando.
—Hace siglos que la humanidad vive tras un velo, signore. Un mundo construido sobre relatos que otros decidieron por nosotros. Nos enseñaron qué creer, qué recordar, qué olvidar. Nos dieron una historia y nosotros nos la creímos.
Seguían avanzando. El pasillo parecía no terminar. Se escuchaba el goteo constante de agua.
—Lo que hay ahí arriba no es la realidad. Es una versión. Una verdad… domesticada.
El suelo descendía bajo sus pies. El ambiente se volvía más denso a cada paso.
—Nosotros reunimos lo que otros ocultaron. Lo conservamos y esperamos. Porque el mundo, tal y como está, se sostiene por inercia. Por el miedo y la ignorancia. Y caerá. Caerá por sí mismo. Las guerras, las enfermedades y el hambre humana terminarán por resquebrajarlo todo.
Pasaron bajo el pozo. Víctor alzó la vista. Vio el círculo de luz desde abajo, distante e inalcanzable.
—Y cuando eso ocurra —continuó Francesca—, alguien tendrá que decir la verdad.
Siguieron avanzando.
—Ese es nuestro deber.
Víctor, aturdido, no podía asimilarlo. Francesca se detuvo. Lo miró.
—Nosotros, signore… somos los herederos de Jacob.
Sus palabras resonaron en el pasillo.
—Jacob quiso que el mundo supiera. Por eso murió. Lo silenciaron. Lo convirtieron en sombra.
Su voz se endureció.
—Nos engañaron. Y nos siguen engañando.
Retomaron la marcha.
—Pero el muro caerá. Y veremos el cielo.
Doblaron una esquina. A unos metros, había una puerta de madera. Francesca se colocó frente a ella.
—No hay cabida para la casualidad. Que usted esté aquí es un designio.
Víctor sentía algo crecer dentro de él. Una comprensión fragmentada, incompleta pero intensa. Francesca lo miró con dureza.
—Alejo fue, hasta el día de su muerte, uno de nosotros.
Apretó la mano de Víctor con más fuerza.
—Murió a manos del diablo, mientras este encarnaba el papel de Dios. El accidente fue un sacrificio. Y el objetivo era él.
Víctor, difícilmente, podía mantenerse en pie.
—Únase a nosotros —dijo Francesca—. Y conocerá los hilos que sostienen este mundo. Verá lo que otros no ven. Y decidirá qué hacer con ello.
Su gesto se tensó. Algo oscuro asomó en su mirada. Avanzó hacia la puerta.
—Atraviésela… y reclame su lugar.
Puso la mano sobre la madera.
—Hay una moneda más valiosa que la sangre —dijo con un tono escabroso.
Se volvió ligeramente.
—La ceniza.
Empujó la puerta. Al otro lado había una estancia antigua, de piedra. Una celda amplia. Una antorcha clavada en la pared proyectaba una luz vacilante. En el centro, una estructura circular de madera, tratada con barniz oscuro. Sobre ella, estaba Saliviati, maniatado, semidesnudo e inconsciente. Cubierto por una sustancia viscosa que brillaba bajo la luz.
Víctor abrió los ojos. El aire se le cortó.
¿Quién era Alejo? La pregunta le atravesó.
Francesca se acercó a la antorcha. Cogió una vara y prendió una llama más pequeña. Se aproximó al cuerpo.
—Esto es por Alejo.
Acercó el fuego. El líquido prendió de inmediato. Las llamas se elevaron y el cuerpo de Saliviati comenzó a arder con virulencia.
Las llamas se reflejaron en los ojos de Víctor. No se movió. No dijo ni hizo nada. Francesca lo miró.
—Bienvenido a su iniciación, signor Norieta.
El fuego crecía. El crepitar llenó la estancia.
Víctor observaba. Sin apartar la mirada, sin intervenir. Algo en su interior se rompió. O quizá dejó de resistirse.
Las llamas danzaban, el humo ascendía lento hacia el techo.
Víctor respiró. No apartó la vista.
Había cruzado sin darse cuenta una línea que jamás podría deshacer. El mundo seguía ahí fuera, intacto, ajeno, pero algo en él se había transformado para siempre. Y comprendió que, desde ese momento, todo tendría un precio.
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