Los Herederos de Jacob Vol.1 Capítulo QUINTO
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Capítulo QUINTO

Aquella mañana el sol calentaba más de lo normal. La luz entraba con fuerza por las ventanas. Víctor seguía estudiando el manuscrito con detalle. Hacía dos días que no salía de casa. Se inclinaba sobre él, examinándolo con la firme intención de descifrarlo. Las páginas tenían una textura fibrosa, irregular. Parecían prensadas a partir de tallos. Al tacto resultaban ásperas y secas, con vetas que recorrían la superficie en direcciones imprevisibles. Algunas zonas estaban más endurecidas. Otras conservaban cierta elasticidad. No era papiro, era algo más basto y antiguo.

Tenía el ordenador sobre el sofá, encendido. La mesa estaba llena de papeles y anotaciones. Había colocado un gran corcho en la pared y había unido con hilos varios dibujos y símbolos que había copiado del manuscrito. Las líneas se cruzaban formando una red caótica.

Comía uvas de un cuenco y bebía agua con gas. Apenas era consciente de ello. Estaba completamente inmerso en la investigación. De vez en cuando levantaba la vista hacia la pantalla del ordenador, esperando que James se pusiera en contacto con él en cualquier momento.

Una notificación iluminó la estancia. James estaba llamando. Víctor se apresuró a responder. La imagen apareció. James vestía una camisa de algodón de tonos tierra, con las mangas arremangadas. Detrás de él se adivinaba una estancia de madera iluminada con luz natural. Llevaba sus gafas redondas, ligeramente torcidas.

—Ya pensaba que no ibas a llamarme nunca —dijo Víctor.

James miró a través de la ventana.

—He convencido a tu madre de que se acerque al mercado con las vecinas. En Asturias el sol es un acontecimiento.

Víctor cogió el ordenador con una mano y se acercó al corcho.

—Llevo dos días estudiando todo esto. No entiendo nada, James. Reconozco caracteres jónicos arcaicos. Algunos signos recuerdan a formas previas a la estandarización del alfabeto griego. Se repiten con cierta frecuencia, pero no consigo encajarlos.

James se quitó las gafas despacio.

—Primero debo decirte que no he podido descifrar más que algunos extractos. Otros todavía no los comprendo —dijo con tono sereno, antes de rascarse la nariz—. Hay fragmentos… Páginas enteras que parecen dedicadas a la herbología. He encontrado dibujos de flores que me resultan familiares. El silphium o silfio. Eso creo.

Víctor alzó las cejas. Enseguida lo supo.

—Silphium… Valiosa para los romanos y los griegos. Se extinguió en el primer siglo antes de Cristo —reflexionó.

—Así es —respondió James—. Por lo tanto, esa es, como mínimo, su antigüedad.

Víctor se llevó la mano a la barbilla. Sus dedos temblaban levemente.

—No sé si este texto es un evangelio, un manual o un tratado —continuó James, arrastrando las erres como de costumbre—. Pero hay algo muy interesante, querido. Otro cabo del que tirar.

Víctor guardó silencio, expectante.

—El símbolo que preside el manuscrito. Son dos cigotos.

Víctor frunció el ceño. Ladeó la cabeza. Intentaba comprender.

James siguió hablando mientras, sin dejar de mirarlo, adjuntaba varias fotografías al chat. Las imágenes aparecieron en la pantalla.

—Verás… En algunas de estas páginas se repite ese mismo dibujo. Esa especie de círculo. Hacia la mitad del documento.

Víctor se fijó en las imágenes. Se acercó al manuscrito con el ordenador en la mano. Lo colocó a unos metros, de forma que James pudiera ver, y él pudiera seguir manipulando las páginas.

—¿Cigotos? Eso no es posible. El concepto de cigoto no se estableció hasta finales del siglo XIX.

—Eso he dicho. Dos cigotos. No uno. Dos. Fíjate bien. Justo abajo. Es un texto escrito en un lenguaje híbrido. Como bien has sabido ver, utiliza el dialecto jónico, pero incorpora grafías de raíz aramea y combina estructuras que no corresponden a un sistema único. Pero está dispuesto en un orden inverso. Es un encriptado sencillo.

Víctor giraba las páginas con la pinza quirúrgica con sumo cuidado, aunque con urgencia.

Sus ojos recorrían las líneas. En un momento dado pasó la yema de los dedos por las letras, casi con incredulidad.

—¿Cómo he podido pasarlo por alto…? —pensó.

—Y tú eres un especialista en lenguas antiguas —añadió, con una sonrisa tensa—. Una eminencia, Mr. Sinclair.

Se escuchó la voz de James, firme y grave.

—Habla de Miryam y Yosef. Siglos antes de que pisaran el mundo.

Víctor sintió un vuelco seco. Se le erizó la piel. No apartaba la mirada del manuscrito. Escuchaba con atención. Se detuvo en el dibujo circular.

James continuó, leyendo.

—Dice algo así como: “Sucederá por nuestros designios que, en la décima generación, una mujer de nombre Miryam dará a luz a dos hijos de un mismo vientre, no concebidos bajo un mismo principio. Engendrados por Yosef. Y por medio de ellos será plantado entre nosotros el nuevo brote que florecerá. Yeshua y Ya'aqov.”

Víctor alzó la vista hacia la pantalla.

—Diez generaciones antes del nacimiento de Jesús se traduce en unos cuatrocientos años.

Víctor negó despacio, incapaz de asumirlo.

—Esto sugiere que la antigüedad del manuscrito podría ser incluso anterior al siglo cuarto antes de nuestra era —dijo James—. Lo que aquí se afirma es que María y José engendraron, como poco, a dos hijos nacidos del mismo parto. No idénticos entre sí. Dos cigotos distintos desde el origen.

Hizo una pausa breve.

—En términos biológicos, eso implicaría que no comparten la misma carga genética. Ni divina. No son una réplica el uno del otro. Incluso si hubieran sido indistinguibles a simple vista, su origen no sería el mismo. Y eso abre una posibilidad inquietante.

Víctor no apartaba la vista del dibujo circular. Sentía que esas formas eran las mismas que había visto repetidas por la ciudad.

—Fíjate unas líneas más abajo —continuó James—. Aquí puedo leer: “Ocultad al primero, para que el segundo sea elevado entre los hombres. El manifestado morirá, y se levantará el oculto y tomará su lugar, para que de ambos venga la resurrección y haya un solo dios sobre todos.”

Víctor permanecía inmóvil. Asimilaba lo que escuchaba. Se esforzaba por comprender.

—Víctor —dijo James.

Él levantó la mirada. Todo se agolpó en su cabeza al mismo tiempo.

—Si esto fue lo que tu hermano extrajo del Dicasterio, es probable que alguien haya despertado algo que debía permanecer dormido.

Un escalofrío le recorrió la espalda. El rostro de James se endureció.

—Que lo custodiaran en el Vaticano implica que es importante. No que sea cierto —añadió—. Pero si lo fuera…

Se hizo un silencio.

—Si fuera cierto, no solo pondría en cuestión a la Iglesia. Sacudiría los cimientos de la historia universal. Haría que las certezas dejaran de serlo. Que dudáramos de todo lo que se nos ha enseñado.

Víctor estaba pálido. No sabía cómo reaccionar.

—Lo que tu hermano custodiaba podría ser la prueba de que la historia no es un hecho inmutable, sino un relato construido. Una narrativa moldeada por quienes han tenido el poder de contarla.

La respiración de Víctor se agitó. El pecho se le hinchaba. Se frotó los ojos con fuerza.

—Me temo que Federico puede no estar equivocado —dijo James con tristeza.

Víctor cerró los ojos. Sintió cómo la ansiedad le invadía. Se llevó la mano al pecho. Inspiró hondo. Contuvo el aire. Lo soltó despacio. Volvió a hacerlo. Poco a poco, el pulso empezó a estabilizarse.

—¿Quién era Alejo realmente…? —murmuró.

—Deberías volver a España —dijo James—. Tu madre necesita verte.

Víctor negó con la cabeza, nervioso.

—¿Por qué esa capilla…?

En su mente aparecía la imagen de Saliviati. Su mirada se encendió. Apretó el puño.

—¡Víctor! —exclamó con un aire paternal—. Mírame. Necesito que me mires.

Víctor alzó la vista. Tenía los ojos vidriosos.

—Seguiré investigando el material. Buscaré cualquier pista que nos ayude a entender. Pero tienes que regresar. Aunque sea por unos días.

Víctor no respondió.

—Si no —añadió James— vas a obligar a este anciano a viajar hasta Roma esta misma tarde para traerte de los pelos.

Los ojos de Víctor volvieron al manuscrito.

—Víctor… —insistió la voz desde el ordenador.

Él reaccionó. Se acercó a la pantalla.

—Tengo que recoger todo esto. Volveré hoy mismo. Te llamaré luego.

James esbozó una sonrisa frágil. Asintió.

La llamada terminó. Cerró el ordenador. Se llevó la mano a la nuca. Respiró hondo.

Eran las tres de la tarde cuando cruzó una esquina y entró en el barrio de Primavalle. Las calles eran angostas y apagadas, con bloques bajos de yeso desconchado, persianas entornadas y ropa tendida cruzando los balcones. Era un barrio popular, al noroeste de Roma, con un aire detenido, ajeno al bullicio del centro. Vestía un abrigo negro y una boina. Caminaba despacio, buscando una dirección concreta.

Cuando llegó a la relojería Le Lancette, levantó la vista. La puerta del local era de cristal enmarcado en roble, con el nombre pintado a mano en letras doradas. Tras el vidrio se intuían relojes antiguos alineados. En el primer piso había un balcón diminuto, con una barandilla de hierro envejecido. Se acercó a una puerta de madera verde situada justo al lado del local. Pulsó el timbre. Nadie respondió. Volvió a pulsar.

Desde el balcón, Federico apareció. Al verlo, sonrió.

—¡Víctor! Enseguida bajo.

Víctor esperó. Sentía un malestar sordo por dentro.

Se escucharon pasos en el interior. Bajaban por una escalera estrecha.

La puerta se abrió.

Federico salió y lo abrazó. Víctor respondió con cierta timidez.

—¿Por qué no has cogido mis llamadas? —dijo Federico—. Te busqué en la casa de Alejo. Francesca dijo que no estabas. Pensé que te habías ido.

Víctor lo miró.

—¿Podemos hablar?

Federico arrugó el entrecejo.

—Vamos. Demos un paseo.

Ambos se dirigieron a la moto de Federico, aparcada junto a la acera.

—Conozco el lugar perfecto para charlar tranquilamente —dijo mientras se subía a la moto.

Se colocó el casco y le tendió otro. Víctor se lo puso y montó detrás.