Los Herederos de Jacob Vol.1 Capítulo CUARTO
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Capítulo CUARTO

Eran ya más de las tres y media de la madrugada. No había logrado descifrar prácticamente nada. Estudiaba el documento en la mesa del salón, rodeado por el desorden. A su alrededor se amontonaban libros abiertos, gafas, papeles con anotaciones y un cuaderno donde había intentado copiar algunos signos. Llevaba guantes de látex y manejaba unas pinzas quirúrgicas con el cuidado de quien teme dañar algo irrepetible. No entendía nada. Terminó por quitarse los guantes, los dejó a un lado con frustración y apoyó los codos sobre la mesa. Se pasó ambas manos por la cara. Se levantó, fue a por el ordenador y lo encendió. Abrió la aplicación de videollamadas y llamó a James. Sonaron varios tonos.

La imagen apareció en la pantalla. James contestó desde el móvil. Estaba en la cama. Encendió una lámpara de mesilla y su rostro emergió de la penumbra, cansado pero alerta.

—¿Qué ocurre, muchacho?

Víctor lo miró con una excitación febril.

—Lo he encontrado.

James parpadeó una vez.

—¿Qué has encontrado? —preguntó con ese acento escocés inconfundible.

Víctor cogió aire.

—No he podido pegar ojo. Antes, cuando hablé con mi madre, dijo algo que me hizo pensar.

James aguardó en silencio.

—Cuando Alejo era pequeño, solía quedarse con las pesetas que sobraban cuando mi madre nos mandaba a hacer recados. Luego, preguntaba si el dinero había desaparecido por arte de magia. Él fingía no saber nada.

Una sonrisa triste cruzó su rostro.

—Pero mi madre le decía: “La magia es un truco que no ha sido descubierto. Hay que cuidarse de que la magia siga siendo magia”. Un truco… —añadió.

James lo escuchaba con atención.

—A Merchi nunca se le ha escapado una —dijo con complicidad.

Víctor bajó la mirada, dándole la razón.

—Escondía el dinero en un mueble antiguo. Uno precioso. Era un secreter renacentista. Una mesa de madera con compartimentos interiores. Tenía un mecanismo escondido que solo se abría de una manera concreta.

James sonrió. Víctor se inclinó hacia la pantalla.

—¿Recuerdas que te he hablado de la capilla que Alejo tiene aquí?

James asintió con curiosidad.

—Pues allí había una mesa casi idéntica. Cuando la vi me recordó a la de mi madre.

Los ojos de James se abrieron un poco más.

—La respuesta está en el mueble… —murmuró mientras se ponía las gafas.

—El mecanismo funciona con una pieza que lo activa. Una especie de moneda —dijo Víctor.

Miró fugazmente hacia la habitación y sonrió con incredulidad.

—La encontré dentro de la figura de mi abuelo.

James se incorporó en la cama.

—¡Pero cuéntemelo de una vez! —gritó James.

Se llevó la mano a la boca nada más decirlo, consciente de que no eran horas para levantar la voz.

Víctor alzó el manuscrito con sumo cuidado. Lo acercó a la cámara.

—Escondió esto.

James se quedó inmóvil.

—Reconozco algunas letras —continuó Víctor—. Me recuerdan a formas muy antiguas del alfabeto griego, algo arcaico, anterior a las grafías más estables que conocemos. Hay signos que me resultan familiares, pero no consigo leer el conjunto. No estoy seguro de nada.

El peso de lo que estaba viendo pareció caer sobre la habitación de James. El anciano se quitó del todo el sueño de encima. Sus ojos recorrieron la portada con una intensidad reverencial.

—Esta puede ser la razón por la que mi hermano ha muerto.

Hizo una pausa.

—O eso es lo que cree Federico.

James no apartaba la vista del documento.

—A simple vista parece una copia muy antigua de tradición helénica, o de algo muy cercano a ella. La ductilidad de los trazos no es moderna. Y ese símbolo no está ahí por adorno.

Víctor tragó saliva.

—Necesito que me ayudes, James. Esto debe de tener cientos de años. Puede que miles.

James seguía mirando la pantalla, absorto.

—Haz fotografías. De todas las páginas. Con buena luz. Si puedo verlas con detalle, quizá identifique la familia de escritura o algún patrón. Envíamelo todo. Revisaré lo que tenga y me pondré en contacto contigo en cuanto descubra lo más mínimo.

Víctor sintió un alivio inmediato.

—Perdona por levantarte a estas horas. Te agradezco mucho todo lo que estás haciendo.

James negó con suavidad.

—No me lo agradezcas todavía. Envíame lo que tengas y ve a descansar. Esa es la única condición que te pongo.

Víctor asintió con afecto.

—Trato hecho.

Apagó el ordenador.

Pasó la última hora y media fotografiando cada página del documento. Lo hizo con el móvil, procurando que la luz no deformara los signos ni dejara sombras sobre el papel. En aquellas hojas había multitud de símbolos, anotaciones y bloques de texto que se extendían con una densidad inquietante. Revisaba cada imagen antes de pasar a la siguiente. Si una salía borrosa, la repetía.

Cuando terminó, eran las cinco de la mañana. Abrió el correo electrónico en el portátil. Creó un mensaje nuevo, escribió la dirección de James y adjuntó una por una las fotografías. El proceso fue lento. El archivo pesaba demasiado y la conexión avanzaba con una parsimonia desesperante. Esperó, volvió a cargar, comprobó que todo hubiera entrado bien y al fin pulsó enviar.

Recogió el manuscrito con cuidado, bajó a la capilla, lo guardó de nuevo en la mesa y cerró el mecanismo. Salió de allí y fue a su habitación. Miró el desorden que lo rodeaba sin fuerzas para poner orden en nada.

Se tumbó en la cama. El sueño lo venció.

No habían pasado siquiera dos horas. El reloj estaba a punto de marcar las siete de la mañana. A través de la ventana se escuchaban los graznidos ásperos de las cornejas cuando la alarma del teléfono sonó.

Abrió los ojos con pesadez. El cuerpo le dolía. Se incorporó despacio, cansado. Permaneció unos segundos sentado en el borde de la cama, tratando de despejarse. Se levantó. Fue al baño y abrió el grifo. Se inclinó sobre el lavabo y se echó agua fría al rostro. Apretó los dientes.

Se metió en la ducha. Cuando salió, se sentía más despierto, pero no descansado. Se puso la ropa oscura que le había regalado Francesca. Se miró al espejo, su expresión seguía marcada por la falta de sueño.

Un taxi se detuvo cerca de la parroquia. Víctor pagó y bajó. La Parrocchia di Santa Paola Romana se alzaba discreta entre edificios de fachada clara. La entrada estaba enmarcada por piedra lisa. Sobre la puerta, una imagen sencilla de la santa. Algunos fieles entraban en silencio.

Víctor cruzó el umbral. El interior era recogido. Un techo no muy alto, paredes gruesas, bancos de madera. La luz de la mañana entraba tamizada por vidrieras sencillas. El olor a incienso se mezclaba con el de la cera y feligreses de aspecto humilde ocupaban los bancos. Se sentó en una de las últimas filas. Sonó una campana. Los asistentes se pusieron en pie. Desde una puerta lateral apareció el cardenal Saliviati, vestido con casulla morada. Caminaba con calma, acompañado por dos sacerdotes.

La misa comenzó. Las lecturas se sucedieron con normalidad. Respuestas, gestos, silencios. Víctor seguía cada movimiento, pero su atención estaba en otra parte. No lograba apartar de su cabeza lo ocurrido la noche anterior.

Llegó el momento de la eucaristía. Los fieles comenzaron a levantarse en orden. Víctor dudó, luego se incorporó y avanzó con el resto. Sintió el estómago encogerse. Sus manos estaban tensas. Cuando llegó su turno, quedó frente a Saliviati. El cardenal lo miró directamente.

—Signor Norieta. Debo hablar con usted —dijo en voz baja y calmada mientras le depositaba la oblea en la boca.

Víctor se quedó descolocado. Su pulso se aceleró. Tomó la hostia en silencio y regresó a su asiento.

Cuando la misa terminó, los fieles comenzaron a dispersarse. Saliviati se retiró hacia la sacristía. Antes de desaparecer, hizo un gesto con la mano y Víctor, sin confiar en él, lo siguió.

La sacristía era funcional. Armarios de cedro, una mesa larga, vestimentas colgadas con orden. Un crucifijo sencillo en la pared. La luz era más fría allí dentro.Saliviati se quitó la casulla con tranquilidad. La dejó sobre una silla. Se volvió hacia Víctor.

—Siéntese.

Víctor obedeció. Se sentó frente a él. El cardenal permaneció de pie, observándolo.

—Lo que hay en el despacho del prefecto le atañe al prefecto y al Vaticano. No a un historiador —dijo, con tono lapidario.

Víctor se quedó pálido. Saliviati esbozó una leve sonrisa.

—Figlio mio, su incursión de ayer constituye un allanamiento. No lo he puesto en conocimiento de la policía solo porque apreciaba a Alejo.

Víctor no fue capaz de responder. Tragó saliva.

—Así es —continuó el cardenal—. Lo sé.

El silencio se volvió pesado.

—Su hermano no era un simple secretario —añadió.

Víctor frunció el ceño.

—No sé si ha encontrado lo que buscaba, signore —prosiguió—. Pero no es bien recibido en el Dicasterio.

Víctor asintió, acongojado. Saliviati lo miró con intensidad.

—La Iglesia mueve la fe. Y la fe mueve el mundo. Eso es lo único importante.

Víctor apretó el puño. La rabia comenzaba a abrirse paso.

—Alejo no lo entendió —sentenció Saliviati.

Víctor se levantó de golpe. Lo miró fijamente y se dio la vuelta. Salió sin decir nada, conteniendo el impulso de decir algo más. A su espalda, el cardenal dejó escapar una media sonrisa.

Caminó por Roma sin rumbo claro. Las calles estaban ya llenas de vida, pero él seguía atrapado en las palabras de Saliviati, dándoles vueltas una y otra vez. Intentó centrarse en lo cotidiano, pero no lo consiguió. En una acera, un mosaico antiguo le llamó la atención. Se detuvo. Las piezas formaban curvas entrelazadas, líneas que se cruzaban y volvían sobre sí mismas y que no cerraban del todo. Se agachó, lo miró más de la cuenta. Había en aquel dibujo algo que le recordó a ciertos patrones del manuscrito. Se incorporó y siguió caminando. Pasó junto a una reja de hierro forjado. Él solo veía curvas repetidas y bucles que se tocaban sin terminar de unirse. De nuevo, tuvo la sensación de haber visto aquello antes. Apartó la mirada. Más adelante, en el mármol de una fachada, las vetas dibujaban formas extrañas. Se cruzaban en puntos concretos. Regresaban sobre sí. Se detuvo otra vez. Algo no encajaba. No sabía qué. Continuó.

Entró en una tienda de fachada de piedra, con un rótulo sencillo sobre la puerta donde se leía Roccia Nera. En el interior había estanterías repletas de tarros y dulces. Pidió un café y un maritozzo, relleno de nata. Se sentó en una mesa junto a la pared y dio un primer sorbo, aún caliente.

A unos metros, un hombre hojeaba uno de sus libros con aparente interés.

Víctor lo reconoció al instante. Se limitó a observarlo.

Terminó, pagó y salió. El café le dejó un sabor amargo. Siguió caminando.

Sin darse cuenta, llegó al cementerio. Atravesó la verja y avanzó por senderos entre cipreses, lápidas y nichos. Todo estaba en silencio. Caminó hasta la tumba de su hermano. Se detuvo frente a ella y la miró en silencio. Sus dedos rozaron la piedra.

—¿Qué está pasando, Alejo…? —susurró—. ¿Cuál es el secreto?

Recorrió la lápida con la vista. Cada detalle y cada grieta. No encontró nada, solo silencio.

Dejó atrás el cementerio. Cada pocos minutos consultaba el teléfono por si había llegado algún mensaje de James. No había nada. En cambio, tenía varias llamadas perdidas de Federico.

Al caer la tarde, se acercó a los alrededores de la plaza de San Pedro. Estaba llena de gente. Turistas, peregrinos, cámaras, voces en distintos idiomas. La basílica se alzaba al fondo, imponente.

Avanzó entre la multitud. Vio a Federico. Estaba frente a un grupo de visitantes. Gesticulaba con soltura, señalaba la arquitectura y hablaba en italiano con seguridad. Lo observó desde lejos. Dudó. No se acercó. Se quedó allí unos segundos más. Luego se dio la vuelta.

A las ocho de la noche regresó a la casa. Dejó sus cosas sobre la mesa del salón y comenzó a recoger el desorden. Apartó libros, ordenó papeles y colocó los muebles en su sitio.

Cuando terminó eran las diez. Cruzó el jardín y entró en el comedor. Caminó hasta la cocina. Abrió la nevera y sacó un trozo de pancetta curada al estilo italiano, con vetas anchas de grasa y un intenso aroma salado. Encendió el fuego y la echó. La grasa empezó a chisporrotear. Añadió huevos. El olor llenó la estancia.

—Che buon profumo!

Francesca estaba en la puerta. Víctor sonrió.

—Pancetta… nutritiva pancetta… Francesca, siéntese conmigo.

Ella dudó un instante. Luego asintió. Prepararon la mesa juntos. Víctor sirvió dos platos. Se sentaron.

—Buonissimo —dijo ella mientras cerraba los ojos—. ¿Sabe si va a quedarse en Roma mucho más? —preguntó.

—No lo sé —respondió Víctor—. Tenía pensado quedarme algunos días más. Pero puede que vuelva a mi pueblo. Tengo ganas de ver a mi madre.

Francesca sonrió.

—Mis hijos no vienen a verme desde hace años —dijo.

Víctor alzó la mirada.

—No sabía que tuviera usted hijos.

—Dos varones. Maicol y Pietro. Uno vive en Calabria con su esposa. El otro en Palermo. Hace pan.

Víctor sonrió.

—Voy a verlos cuando puedo —continuó ella—. Pero tienen su vida. Y yo estoy feliz de que la vivan.

Se mantuvieron en silencio mientras comían.

—¿Está bueno? —preguntó Víctor.

—Está perfecto, signore.

Hubo una pausa.

—¿Usted conoce a Federico? —preguntó otra vez.

Francesca carraspeó.

—Federico… el amigo de mi hermano.

Ella dibujó una mueca suave.

—Alejo no siempre supo qué hacer con lo que Federico sentía.

Víctor abrió ligeramente los ojos.

—Y tampoco con lo que él sentía.

El silencio se espesó. Francesca posó su mano sobre la de Víctor.

—Su hermano no era una persona con muchas amistades. Durante años, nadie vino a visitarle. Nadie excepto Federico.

Lo miró con calma.

—Estaban enamorados, signore.

Víctor, lejos de sorprenderse, esbozó una sonrisa.

—Pero supongo que eso ya lo sabe. La Iglesia no quiere entender que el amor es amor, sin condiciones —añadió ella.

Víctor negó.

—Alejo lo amaba desde que éramos pequeños. Es de mi pueblo. Creció en la casa de al lado.

Francesca se levantó con naturalidad. Recogió su plato.

—Nunca me meto en asuntos que no son los míos. Pero ese chico siempre estuvo con su hermano en los momentos más complicados. Por eso siempre ha sido bienvenido en esta casa.

Víctor frunció el ceño.

—¿Complicados?

—Hace unas semanas, sin ir más lejos. Su hermano estaba muy triste. No pregunté el motivo. Pero no estaba bien. Y ahí estuvo Federico. Es un buen chico.

Retiró el plato de Víctor, que permanecía pensativo.

—Gracias —dijo él.

—Muchas gracias por la cena, signor Norieta. Voy a descansar. Que Dios le acompañe.

Víctor se despidió con las cejas y una sonrisa.

Fue a la casa de Alejo. Se puso una camiseta de tirantes y preparó una infusión. Mientras la bebía, miró las botellas de vino. No con deseo, con recelo.

Se acostó. El sueño llegó rápido.

Los dos días siguientes fueron extraños. Se movía por la casa con una rutina mecánica. Volvía una y otra vez al manuscrito. Lo estudiaba durante horas. Cada vez que salía a la calle, volvía a ver aquellas formas. En el suelo, en las paredes, en los objetos. Curvas que se repetían y líneas que regresaban sobre sí mismas. No sabía qué significaban, pero ya no podía dejar de verlas.