Capítulo TERCERO #2
—Pero si alguien me hubiera dicho que tu hermano estaba en peligro… habría hecho exactamente lo mismo.
Víctor asintió.
—Lo sé, James.
Se llenó de aire.
—Cuando llegué a casa, recibí la visita del cardenal. Me invitó a la misa de mañana, en la parroquia donde empezó Alejo cuando llegó.
James lo miró en silencio, asimilando todo.
—Algo huele mal —añadió Víctor—. No confío en nadie aquí. No sé qué está pasando, pero voy a quedarme hasta descubrirlo.
James se pasó la mano por la barbilla.
—¿Qué sabe Federico?
Víctor resopló.
—No le he dicho nada del anillo. Solo sabe lo del compartimento vacío.
—¿Por qué no se lo has contado?
Víctor dudó.
—No lo sé…
James lo miró con seriedad.
—Esto no es un juego, Víctor. Confío en que lo tengas claro.
Víctor apretó la mandíbula.
—Me quedaré aquí unas semanas. Necesito que me hagas un favor.
James sonrió. Eso le llenó de confianza.
—No te preocupes. Me quedaré con tu madre el tiempo que haga falta. Me gusta Langreo.
Víctor esbozó una sonrisa agradecida.
—Mañana iré a la misa. Después veré a Federico… Te mantendré al tanto.
James asintió.
—Ten mucho cuidado, Víctor.
—Te llamaré mañana.
—Un abrazo, amigo.
—Muchas gracias, James.
Víctor se despidió con el rostro más sereno. Apagó el ordenador, lo cerró y se recostó en el sofá. Por primera vez en horas, se permitió bajar la guardia.
Cuarenta y cinco minutos después, abrió los ojos de golpe. Estaba empapado en sudor. La casa permanecía a oscuras, en un silencio denso.
Se incorporó con torpeza y caminó hasta el dormitorio. Se quitó la camisa y se puso una camiseta de tirantes. Se dejó caer sobre la cama, pero el descanso no llegó. Tenía calor. Daba vueltas sin encontrar postura. Miraba el techo como si esperara que de allí descendiera una respuesta. Pensaba y pensaba sin orden, sin descanso.
Se levantó de golpe. Cruzó el pasillo y encendió la luz del salón. La claridad le resultó agresiva. Se acercó a un botellero junto al televisor, descorchó una botella de vino y bebió directamente de ella. Abrió la puerta, se asomó al jardín. El aire nocturno era frío. Sintió un deseo súbito de fumar. No lo hizo. Volvió a entrar.
Regresó a la cama, pero su cabeza no se detenía. Alejo. Saliviati. El anillo. El compartimento vacío. Todo giraba en círculos, encajando y desencajando. Tenía la sensación de que algo estaba ahí, al alcance de la mano, y sin embargo se le escapaba. Miró el reloj. La una y cuarto.
El tiempo avanzaba despacio. Demasiado.
En medio de aquel insomnio, algo se encendió dentro de él. No fue un pensamiento claro, sino una sensación que tomó forma de golpe.
Se incorporó de un salto. Salió del dormitorio y empezó a buscar.
Primero en el salón. Recorrió las estanterías, sacó libros, los abrió al azar, los dejó caer al suelo. Revisó cajones, apartó objetos, palpó la madera. El orden desapareció en segundos. Todo quedó desplazado, abierto, descolocado.
Siguió en la habitación. La recorrió con la vista y volvió a revisar cajones, estantes y rincones. Abrió el baúl de su hermano, revolvió ropa, papeles, recuerdos. Buscaba sin método, empujado por una intuición que no sabía nombrar. Cada vez más rápido. Cada vez más frustrado.
—Joder… —murmuró entre dientes.
Se dejó caer sobre la cama. Respiraba con dificultad.
Entonces la vio. La estatuilla de madera tallada con la figura de su abuelo descansaba sobre la mesilla. La miró fijamente. Sintió algo en el pecho, una corazonada física. Se quedó quieto un instante, se levantó despacio y la cogió. La examinó con atención extrema. La giró y deslizó los dedos por su superficie. En la parte posterior, rodeando la base, descubrió una mínima hendidura, un surco apenas perceptible. Insistió. Presionó y notó que cedía. La giró con cuidado. Le dio una vuelta, después otra y la base se desenroscó como un tapón. Del interior de la figura cayó una moneda que rebotó contra el suelo. Sintió un frío repentino naciendo en su estómago, una sacudida de alivio. Permaneció inmóvil, mirando la moneda. No esperaba encontrarla. Era de plata, muy antigua. El canto no era liso, sino dentado. En una de sus caras se distinguía una figura semejante a una flor de lis. Esbozó una sonrisa breve, incrédula. La recogió con rapidez y caminó hacia la capilla con determinación.
Bajó las escaleras. Al entrar, intentó encender la luz, pero no respondió. Maldijo en voz baja, encendió velas y cirios y la estancia se llenó de una luz temblorosa.
Se acercó a la mesa de remaches plateados. La observó de arriba abajo, en silencio.
—Este es tu truco, eh…
La arrastró hasta el centro de la capilla. Se agachó y pasó las manos por la madera con cautela. Buscaba sin ver. Cuando sus dedos rozaron un hueco concreto su expresión cambió. Los ojos se le abrieron.
Acercó la moneda. La encajó lentamente en la ranura. Se apartó un par de pasos. No ocurrió nada. Frunció el ceño.
Sonó un chasquido. Los dientes de la moneda comenzaron a engranar en el interior. Un mecanismo cobró vida. Los remaches de plata vibraron y se desplazaron con un movimiento sutil pero preciso. La madera crujió. Unos segundos después, una tapa situada en el centro de la mesa se elevó.
Se acercó muy despacio. Alzó la tapa.
Dentro, sobre un fondo oscuro, descansaba un documento muy antiguo. Las páginas eran amarillentas, gastadas, con los bordes irregulares. En la portada había una inscripción en caracteres antiguos que reconocía, pero no podía leer. Y un símbolo. Un círculo imperfecto, trazado por líneas curvas entrelazadas, del que partían dos puntos oscuros unidos entre sí.
Clavó los ojos en él, estupefacto.