Capítulo TERCERO
Los ojos de Víctor reflejaban un miedo que pocas veces había sentido.
Saliviati permanecía de pie. Francesca miró al recién llegado con respeto.
—Cardinale. È un onore riceverla in questa casa. Ecco il signor Norieta.
Saliviati no apartaba la mirada de Víctor, que intentaba recomponerse.
—Eminencia —dijo, tendiéndole la mano—. Iba a acostarme ya. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?
El cardenal no respondió de inmediato. Lo observaba con una intensidad incómoda. Francesca intervino con suavidad.
—Volete passare in sala da pranzo?
Miró a Víctor.
—Estarán más cómodos —añadió.
Saliviati giró la cabeza hacia ella. Esbozó una sonrisa amable.
—Non sarà necessario, figlia.
Volvió a fijarse en Víctor.
—Vengo a verle a usted —señaló. Sonó seco, lapidario.
Algo se tensó en Víctor. Notó el nerviosismo, pero lo contuvo.
—Entonces les dejo conversar —dijo Francesca, servil—. Si necesitan cualquier cosa, estaré despierta… los viejos dormimos poco —bromeó.
Víctor la miró un instante, frunciendo el ceño, pero enseguida devolvió toda su atención al cardenal.
Francesca se retiró. El silencio que quedó era denso. El zumbido de la lámpara y algún sonido lejano de la calle parecían amplificarse en la quietud. Saliviati no se movía. Víctor tampoco.
—Usted dirá —dijo Víctor al fin.
El cardenal sonrió con calma. Se tomó unos segundos antes de hablar.
—Verá… esta tarde, en el funeral, olvidé algo.
Víctor lo miró, intranquilo. Saliviati desvió la vista por la estancia.
—Siempre me he preguntado por qué el bueno de Alejo decidió vivir aquí. No digo que sea un mal lugar… pero en el Vaticano nos rodea algo más de…
—Lujo —interrumpió Víctor.
El cardenal lo miró y volvió a sonreír.
—Así es.
El silencio que siguió rozó lo incómodo.
—He venido para informarle de que mañana daré una misa en la Parrocchia di Santa Paola Romana. La conoce, ¿verdad?
Víctor lo escuchaba con atención, desconfiado.
—Supongo que sabrá que su hermano fue el párroco de aquella iglesia durante los dos primeros años de su estancia en la ciudad.
Víctor estaba pálido. Intentaba mantener la compostura pero no podía evitar pensar que quizá estaba frente al asesino de su hermano.
—Será a primera hora —continuó Saliviati—. En honor a su hermano.
El vacío sonoro volvió a espesarse.
—Como ya le he dicho, Alejo fue un hombre valioso.
El cardenal sonrió con una calidez que a Víctor le pareció auténtica. Eso lo desconcertó.
—Pero, sobre todo, era un amigo —expresó.
Víctor se rascó la cabeza, incómodo, sin saber muy bien qué decir. Solo quería que aquella conversación terminase.
—Será un placer asistir, eminencia. Le agradezco el gesto con mi hermano… también en nombre de mi familia.
Saliviati asintió con gratitud. Se observaron en silencio, con una cautela difícil de disimular.
—Roma es una ciudad peligrosa —dijo el cardenal mientras caminaba hacia la puerta.
Luego clavó los ojos en Víctor, que se quedó petrificado.
—Le pediré, por favor, que tenga cuidado —añadió con absoluta normalidad.
Víctor no respondió. Estaba desencajado.
—Le veo mañana, señor Norieta. Il Signore sia con lei.
Víctor confirmó con un gesto leve. El cardenal se dio la vuelta y se marchó sin prisa. Cuando se quedó solo, Víctor soltó el aire de golpe, la ansiedad le recorrió el cuerpo y su corazón latía con una fuerza inusitada.
Entró en su estancia con paso rápido. Se movía con desasosiego, sin saber qué hacer. Fue hasta la cocina, abrió un armario, cogió un vaso y se sirvió agua. Bebió de un trago. Luego otro. Se pasó una mano por la cara.
Fue al salón y abrió el portátil con urgencia. Encendió la aplicación de videollamadas y llamó a James. Sonaron más tonos de los que esperaba.
La pantalla se iluminó. Apareció una mujer anciana, muy delgada, de cabello blanco y fino. Su piel estaba surcada de arrugas y sus ojos, redondos y apagados, brillaban al reconocerlo. El rostro de Víctor cambió al instante. Se relajó. Sus ojos se humedecieron y sonrió con amplitud.
—Hijo… —dijo ella con un hilo de voz.
Contempló a su madre. Se fijaba en cada centímetro de ella.
—¿Cómo estás, mamá? ¿James está contigo?
—¡Aquí estamos! —se escuchó.
James apareció en pantalla, sonriente. Se inclinó y besó a la mujer en la mejilla.
—La mar de a gusto, ¿verdad, Merchi? —dijo con su marcado acento escocés.
La mujer asintió mientras James desaparecía del encuadre. A pesar del peso de la tristeza, había algo en sus ojos que se iluminaba. Le maravillaba poder ver a su hijo a través de aquella pantalla. Lo miraba con un amor absoluto. Rompió a llorar.
—Cómo os parecéis los dos… —dijo entre lágrimas.
Víctor carraspeó.
—¿Se ha quedado en paz?
—Rodeado de flores, mamá —respondió.
Ella sonrió con dulzura. Víctor miró de reojo la hora en la pantalla.
—Tú y yo hemos hablado esta mañana. Hemos quedado en que ibas a descansar. Ya es tarde, mamá.
—Ya lo sé, mi cielu. Pero me quedé esperando por ti. James me dijo que podría verte.
Víctor dibujó una mueca de afecto.
—Muy pronto estaré en Langreo, mamá.
—Eso espero. ¿Estás en la casa de Alejo, rapaz? —preguntó en tono maternal.
—Sí… Es una casa grande. Diferente a la del pueblo. Pero muy bonita.
Los labios de Merchi se curvaron. Víctor miró a su alrededor con nostalgia. Puso la vista en las escaleras que iban a la capilla.
—Digna de mi hermano…
—Todas las casas tienen su truco, guaxín —dijo con acento asturiano.
—Eso ye verdá, ma.
Contempló a su madre un instante más, con una mezcla de ternura y melancolía.
—Anda a descansar. Mañana te llamaré, ¿de acuerdo?
—Vale, hijo mío… te quiero mucho —respondió mientras se incorporaba poco a poco—. Déixote con Jaimito —añadió antes de irse.
Se retiró despacio. La pantalla quedó unos segundos vacía hasta que volvió a aparecer James. La expresión de Víctor cambió de nuevo. Toda la preocupación regresó a su rostro. Cuando James miró a Víctor, entendió al instante que algo no iba bien. Se ajustó las gafas.
—¿Qué ha pasado, querido?
Víctor cogió una libreta y escribió con rapidez. Levantó la hoja para que la leyera.
“Ponte los auriculares”
James frunció el ceño. Se levantó despacio, sirvió un vaso de agua, cogió sus auriculares y los conectó al ordenador. Volvió a sentarse y dio un sorbo.
—Tu madre ya está en su habitación —dijo en voz baja—. ¿Qué sucede?
Víctor respiró profundamente antes de hablar.
—Esta noche me he colado en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
James se quitó las gafas lentamente.
—¿Has entrado en el Vaticano? ¿Cómo? ¿Por qué?
Víctor se rascó la cabeza, nervioso.
—Encontré a Federico. Bueno, él me encontró. En el cementerio.
James entrecerró los ojos.
—¿Debería conocer a ese hombre? —preguntó con simpatía.
—Federico. Estudió con Alejo toda la vida.
James inclinó la cabeza, intentando recordar.
—Sí… me viene un recuerdo muy vago. Un chico que siempre iba detrás de él. No destacaba demasiado. Tampoco era un gran estudiante.
—Era su mejor amigo —respondió Víctor—. Vino a Roma hace unos años. Y me dijo que Alejo estaba metido en algo raro.
Se quedó en silencio. James lo observó sin interrumpir. Cuando vio que se perdía en sus pensamientos, habló con calma y seriedad.
—¿Qué ha pasado, Víctor?
Víctor parpadeó, volvió en sí, miró instintivamente hacia la puerta. Luego miró a James.
—Saliviati.
James frunció el ceño. Víctor hizo un esfuerzo por ordenar las ideas.
—Después del funeral, Federico y yo hablamos. Cree que alguien mató a Alejo.
James abrió los ojos, sorprendido. Se movió bruscamente. Sin darse cuenta, empujó el vaso de agua con el codo. Cayó al suelo y el cristal se rompió.
Miró de reojo hacia la puerta, asegurándose de que Merchi no aparecía.
—Eso no es posible… —dijo en voz baja—. Los accidentes ocurren. No debemos remover el dolor. Ni el nuestro, ni el ajeno —sentenció.
Los ojos de Víctor brillaron con una intensidad extraña.
—Federico me enseñó una nota que escribió mi hermano. Hablaba de un mueble. De un mueble en el que se esconde la respuesta.
James lo miró sin comprender. Víctor gesticuló, tratando de explicarse.
—Decía que Alejo hablaba como si supiera que iba a… morir.
Notaba un nudo en su garganta.
—Me habló del despacho del prefecto.
—De Saliviati… —murmuró James.
—El mismo que ofició el entierro. Federico estaba convencido de que allí encontraríamos algo. Así que me colé. Gracias a Vincenzo, el portiere.
James lo miraba sin dar crédito.
—Eres un completo idiota, hijo.
Víctor apenas reaccionó.
—Llegué al despacho. Busqué por todas partes. En los cajones, en las estanterías, detrás de los cuadros. No había nada. Pero encontré un espejo… Lo moví. Detrás había un compartimento, una suerte de nicho.
James se inclinó hacia la pantalla.
—¿Y?
—El anillo papal.
James se quedó inmóvil. No podía creerlo.
—¿El anillo de San Pedro? Eso es imposible. Solo existe uno. El Anillo del Pescador lo porta el pontífice y se destruye cuando muere. No hay copias oficiales. Es un símbolo único de autoridad.
Víctor negó despacio.
—Era una réplica exacta. Sé lo que vi —aseveró.
James juntó las cejas, pensativo.
—Durante siglos, ese anillo se utilizó para sellar documentos de máxima importancia. Era la firma del poder absoluto. Nada se validaba sin él —explicó.
—Puede que siga teniendo esa función —dijo Víctor.
James lo miró fijamente. Buceó en su mente académica.
—Siempre han existido acuerdos lejos de los ojos del pueblo. Canales ocultos. Desde la Antigüedad. Pactos políticos, religiosos, económicos.
Antes de que pudiera continuar, Víctor movió la cabeza de un lado a otro.
—Había un segundo compartimento —confesó.
James tragó saliva.
—Estaba vacío.
James bajó la mirada. Pensó unos segundos. Luego volvió a mirarlo.
—Eso es lo que buscaba Alejo.
—Lo que encontró —corrigió Víctor en tono bajo.
Se hizo un silencio. James apretó los labios y reaccionó con un gesto.
—Te has metido en un lugar que no entiendes. No sabes con quién estás tratando. El Vaticano no es solo fe, es poder. Poder real. Has entrado sin medir las consecuencias. Podrías haberte metido en un problema muy serio. Has sido un inconsciente.
Hizo una pausa. Su expresión cambió.