Capítulo SEGUNDO #3
Avanzó empujando el carrito de limpieza hasta llegar al despacho de Saliviati. Sacó la llave y abrió la puerta con cuidado.
Mientras tanto, en la garita, Vincenzo manipulaba el sistema de cámaras. En uno de los monitores abrió el menú de control y congeló una de las señales unos segundos antes de volver a activarla. La imagen parecía normal, pero por un momento el sistema había dejado de registrar movimiento.
Dentro del despacho, Víctor cerró la puerta con suavidad y dejó el carro a un lado. La habitación era espaciosa y elegante. Había un gran escritorio de madera oscura, varias estanterías llenas de libros antiguos, una vitrina con reliquias y un aparador tallado. La poca luz obligaba a usar la linterna.
Empezó por el escritorio. Abrió cajones con cuidado, palpó los fondos buscando paneles falsos. Examinó el lateral del mueble intentando detectar juntas ocultas. Nada.
Se acercó al aparador. Observó los relieves, presionó molduras, buscó mecanismos escondidos. Nada.
Pasó a las estanterías. Revisó los respaldos de madera, buscó huecos entre los libros, golpeó la madera para detectar cavidades.
El tiempo pasaba, cada segundo pesaba más que el anterior.
Empezaba a desesperarse. Él, que siempre había tenido paciencia para investigar documentos durante horas, notaba ahora cómo la prisa le tensaba los nervios. Movía la linterna con más brusquedad de la que le habría gustado y apretaba los dientes al no encontrar ningún indicio del que tirar.
Habían pasado los diez minutos. Quizá algo más. Y él seguía buscando.
De repente escuchó pasos en el pasillo. Pensó que podría ser el personal de limpieza. Apagó la linterna y se agachó para que no se le viera desde fuera. No apartaba la mirada de la manivela de la puerta. La espera se volvía insoportable y el pulso le latía en las sienes.
Los pasos se acercaban. Cada vez más cerca. El sonido se detuvo frente al despacho. Víctor contuvo la respiración. Un segundo. Dos. Cerró los ojos. Los pasos continuaron y se alejaron por el pasillo.
Decepcionado y con el tiempo agotado, se levantó. Echó un último vistazo, casi desesperado, e iluminó la sala por última vez. Entonces la linterna iluminó un pequeño espejo tocador colgado en la pared. La luz se reflejó en un ángulo extraño. Víctor torció el gesto. Algo se encendió en su cabeza. Se acercó.
Examinó el marco. Después pasó los dedos por el cristal y movió el espejo. No dio crédito cuando descubrió que detrás había un nicho excavado en la pared. Iluminó el interior.
Sobre un terciopelo rojo descansaba un anillo. Era idéntico al anillo del pescador del papa León XIV. Se quedó estupefacto.
—El anillo papal… —murmuró—. ¿Es el auténtico? —se preguntó.
Lo cogió con cuidado. Era de oro macizo y llevaba grabada la figura de San Pedro pescando desde una barca. Alrededor aparecía el nombre del pontífice en latín. Lo contempló, lo estudió en silencio. El momento tenía una intensidad extraña. Su mente se llenó de conjeturas, pero apartó todas de golpe. No quiso creer que su hermano hubiera muerto por aquello.
Volvió a escuchar ruido en el pasillo. Eso le puso muy nervioso.
Cuando iba a dejar el anillo en su lugar se dio cuenta de algo. Una de las esquinas del terciopelo parecía haber quedado atrapada bajo una tapa oculta. Un secreto dentro de un secreto.
Levantó la tela. Debajo había un listón de madera. Lo tocó. Lo movió y se oyó un chasquido. Clavó los ojos, súbitamente alerta. Con manos temblorosas abrió el compartimento. Estaba absolutamente vacío, pero en el fondo se distinguía una silueta rectangular ligeramente más clara que el resto de la madera. Conservaba la huella de un objeto retirado hacía poco. Algo se removió dentro de él. Procesó la información.
—Alguien había estado allí antes —pensó.
Volvió a cerrar el mecanismo con cuidado. Colocó el terciopelo y el anillo exactamente como estaban. Apagó la linterna. Respiró.
Salió del despacho, cerró con llave y se perdió de nuevo entre los pasillos del edificio.
Desde la garita, Vincenzo observaba. Respiró aliviado cuando vio que Víctor salía. Todavía sobrecogido, este empujó el carro con un nerviosismo mal disimulado hacia la misma puerta por la que había entrado.
Le devolvió la llave maestra a Vincenzo junto con la chaqueta antes de salir de la garita. El portiere la recogió con rapidez y lo miró con atención.
—Hai trovato quello che cercavi? —preguntó en voz baja.
Víctor sostuvo su mirada.
—Non ne sono sicuro… Grazie per il tuo aiuto, Vincenzo.
El hombre asintió. Víctor salió sin añadir nada más.
La noche romana lo envolvió de nuevo. El aire era más frío que antes. Caminó bordeando los muros del Vaticano, atravesando calles estrechas. A lo lejos se escuchaba el rumor constante del tráfico, y desde una ventana abierta, llegaba el sonido de un televisor donde se retransmitía un partido del Lazio.
Avanzaba sin prisa, absorto en sus pensamientos. Repasaba cada detalle. El espejo. El anillo. El compartimento vacío. Algo no encajaba. Tenía la sensación de haber llegado tarde.
Al doblar la última esquina vio el callejón.
Federico estaba allí, apoyado sobre la moto, fumando con nerviosismo. Al verlo, tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con el pie. Se apresuró a acercarse.
—Víctor. ¿Qué has descubierto?
Víctor dudó. Negó con la cabeza.
Federico frunció el ceño.
—¿Nada?
Víctor cogió aire. Dudó otra vez, decidió confiar un poco más.
—Había un nicho oculto tras un espejo…
Federico lo miró con expectación, sin parpadear.
—Pero estaba vacío —añadió.
El gesto de Federico se torció. Le dio una patada a una papelera con rabia y apretó los dientes, impotente.
—No puede ser… ¿Eso qué significa?
Víctor se pasó una mano por la cara.
—Ni siquiera sabemos si Alejo se refería a ese compartimento. Diez minutos es muy poco tiempo.
Federico bajó la mirada, afectado. Reflexionó. Tragó saliva con tristeza.
—Lo entiendo, Víctor. No te preocupes… Descansemos. Mañana pensaremos en algo.
Se giró hacia la moto.
—Vamos. Sube. Te llevo a casa.
Sacó otro cigarro del paquete y lo sostuvo entre los dedos.
—¿Quieres uno?
—No, gracias.
Federico se subió a la moto, Víctor lo hizo detrás de él. Arrancaron, salieron del callejón y se incorporaron a una calle más amplia. Pasaron junto a fachadas antiguas, persianas bajadas y algún bar aún abierto. El viento golpeaba el rostro de Víctor mientras avanzaban por la ciudad.
Eran poco más de las diez de la noche cuando Víctor cruzó jardín de la casa de Francesca. Estaba nervioso, notaba la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.
Entró en la casa y fue directo al baño. Abrió el grifo y se echó agua en la cara varias veces. Inhaló con fuerza frente al espejo.
Pasó al salón y encendió el ordenador. La pantalla se iluminó. Tenía una llamada perdida de James Sinclair.
Cuando fue a devolverla, llamaron a la puerta.
Se sobresaltó. Se quedó quieto. Luego se acercó despacio.
—Signore… —oyó desde fuera.
Era la voz de Francesca.
Abrió la puerta. La mujer estaba allí, con un camisón de algodón cubierto por una bata fina. Llevaba el pelo recogido de forma descuidada y unas zapatillas abiertas.
—Francesca… eres tú —dijo aliviado.
Ella inclinó la cabeza.
—Disculpe que le moleste a estas horas, pero preguntan por usted. Está en la recepción.
Víctor frunció el ceño.
—¿A estas horas?
—Parece importante.
Víctor enarcó las cejas.
—Enseguida salgo.
Cerró la puerta, volvió al salón, apagó el ordenador y se puso una chaqueta. Salió de nuevo, cruzó el jardín y caminó hacia la recepción junto a Francesca.
Un hombre lo esperaba allí. Vestía un largo abrigo oscuro que caía recto hasta los tobillos. Permanecía inmóvil, con las manos juntas frente al cuerpo. Víctor se quedó helado al reconocer su rostro. Saliviati lo observaba fijamente.