Los Herederos de Jacob Vol.1 Capítulo SEGUNDO #2
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Capítulo SEGUNDO #2

El cardenal sostuvo su mirada un segundo, se despidió con una discreta reverencia y se retiró. Poco a poco todos se marcharon.

Cuando el cementerio volvió a quedar en silencio, Víctor permaneció a solas frente a la tumba de Alejo. Miró la tierra recién removida y suspiró.

Echó a andar por el sendero de grava. Solo había dado unos pasos cuando sintió una mano agarrándole del brazo. Se sobresaltó y se volvió con rapidez. El corazón le dio un vuelco. Vio el rostro frente a él y se quedó inmóvil.

—¿Federico? ¿Eres tú?

El hombre se quitó las gafas de sol. Se miraron en silencio.

—Lo siento muchísimo, Víctor —dijo con voz afectada.

Lo abrazó.

Víctor tardó en reaccionar, pero terminó abrazándolo también.

La cafetería estaba en una esquina tranquila, cerca de una calle bulliciosa. Era pequeña y estrecha. La barra recorría el local de lado a lado, detrás se veían tazas blancas y una vieja máquina de café. Olía a masa dulce recién horneada. Un par de mesas redondas ocupaban el centro y junto a la ventana había otras dos donde algunos clientes conversaban en voz baja.

Víctor y Federico estaban sentados frente a frente. Llevaban allí un rato.

—Así que eso es todo —dijo Víctor.

—¿Todo eso te parece poco? —esbozó una sonrisa—. Has visto más mundo del que yo he visto en documentales. He leído tus artículos. La gente te escucha, Víctor.

—La gente escucha lo que quiere.

Una camarera se acercó con una bandeja.

—Caffè e cappuccino.

Federico levantó la mano.

—Per noi. Grazie mille.

—Avete bisogno di altro? —preguntó la chica.

Víctor negó con amabilidad.

—Non sarà necessario. Molto gentile —repuso Federico.

La camarera dejó las tazas sobre la mesa y se marchó.

Federico miró a Víctor con nostalgia.

—¿Cómo está tu madre?

Víctor bajó la mirada hacia el café.

—Mayor. Y triste. Muy triste.

Por unos segundos, el silencio se instaló. Víctor volvió a levantar la vista.

—¿Y tú, Fede? Hace tanto tiempo que no sé de ti. La última vez que te vi eras un monaguillo adolescente.

Federico sonrió con cierta timidez.

—Dejé el seminario antes de ordenarme. Me casé. Pero aquello no salió muy bien. Elena era su nombre. Dejé Langreo y me mudé a la sierra de Madrid. Hace unos años vine a trabajar a Roma. Soy guía turístico en la Ciudad del Vaticano.

Víctor dio un sorbo al café.

—Qué revelador. Nos gusta tener a Dios cerca, pero no tanto —bromeó.

Federico soltó una risa tenue.

—Vine por tu hermano. Para pasar tiempo con él —dijo con determinación.

Víctor frunció el ceño.

—Ya veo.

Federico miró la mesa durante un instante.

—Cuanto más, mejor —afirmó.

Víctor pensó en aquellas palabras. La reflexión flotó en el aire.

—Me parece un milagro verte aquí —dijo Federico tras mirarlo detenidamente.

Se sostuvieron la mirada. Fue un momento breve, pero profundo.

—¿Por qué no estabas allí cuando lo enterraron? Es decir, en la ceremonia.

Federico dudó. Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba. Cuando volvió a inclinarse hacia la mesa su semblante había cambiado.

—Creo que a Alejo lo mataron. Se lo quitaron de en medio.

Víctor se quedó pálido. Sus ojos se abrieron. El estómago se le cerró de golpe.

—Pero…

—No puedo callarme esto, Víctor —interrumpió Federico.

La garganta de Víctor se volvió de arena. Notó cómo el sudor le humedecía las manos.

—Ha sido un accidente… —No podía articular más palabras.

Federico respiró hondo.

—Yo apuesto a que no. Alejo llevaba unas semanas muy raro. Hablaba como si supiera que esto iba a pasar.

Víctor no daba crédito. Empezaba a sentirse mal, mareado.

—No fue casualidad que cogiera esa línea de autobús. Él vivía a este lado del Tíber. No necesita cruzar el río para llegar al dicasterio —continuó Federico con un tono intenso y enérgico.

La mano de Víctor empezó a temblar. Federico, preocupado, puso la suya encima.

—¿De dónde venía? —preguntó Víctor con un hilo de voz.

Federico negó con la cabeza.

—No lo sé.

Sacó un papel doblado del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.

—La noche anterior a la desgracia cené en su casa. Cuando regresé a la mía lo encontré en el bolsillo. Lo puso él.

Víctor lo abrió. En el papel estaba escrito:

La respuesta está en el mueble. No confíes en nadie.

Víctor levantó la mirada. Estaba descompuesto.

—¿Qué quiere decir todo esto?

Federico apoyó los codos en la mesa. Habló con rabia.

—Estoy convencido de que se refería al despacho del prefecto… de Saliviati.

Víctor lo miró sorprendido.

—¿Saliviati? ¿El cardenal Saliviati?

—El mismo que ha oficiado la ceremonia. Siempre me hablaba de aquel lugar. Me contaba cómo el cardenal escondía reliquias, obras de arte y documentos. Alejo los recuperaba, llevaba años haciéndolo. Estoy seguro de que tu hermano encontró algo que no debía. O al menos estaba muy cerca de hacerlo.

Víctor negó lentamente.

—No puede ser. El accidente… No ha sido la única víctima mortal —dijo, petrificado.

Federico se encogió de hombros.

—Eso no les importa.

—¿A quién?

—A los asesinos de Alejo —sentenció—. Me habló de algo en concreto…

Víctor intentó prestar atención.

—De un cajón imperceptible. No sé a qué se refería, pero conoces a tu hermano. Cuando le pregunté qué había dentro me dijo que solo tendría que esperar.

Víctor, como pudo, ordenó sus pensamientos.

—Desde el Renacimiento se fabrican muebles con compartimentos ocultos. Incluso antes. Escritorios, arcas, bibliotecas enteras.

Federico asintió.

—Está en su despacho.

—Puede ser cualquier cosa.

—No lo sé. Pero voy a descubrirlo esta misma noche. No necesitas ser un cardenal para entrar allí. Basta con conocer al portiere del palazzo. Ellos tienen llaves de todo. Me debe algunos favores por no irme de la lengua con ciertos asuntos.

Víctor volvió a quedarse pensativo, procesando toda aquella información.

—Lo haré yo. Yo podré identificar el mueble si está allí.

Federico levantó la vista.

—Entonces iré contigo —dijo.

—Eso no es inteligente. Cuatro suelas hacen demasiado ruido.

—Podré conseguirte algunos minutos dentro.

—¿Cuántos?

—Pocos, diez. Quizá quince. Por la puerta de servicio. El portiere abre esa entrada para el personal de limpieza y para algunos proveedores.

Víctor, todavía pálido, dio un sorbo al café.

—Necesito un mapa.

Federico sonrió.

—Los guías turísticos no tenemos mucho dinero, pero mapas…

Víctor dejó la taza en el plato y se quedó mirando el papel sobre la mesa. Luego lo dobló lentamente y lo guardó en su bolsillo.

Eran las nueve menos cuarto de la noche cuando Víctor y Federico llegaron en moto y la aparcaron en un callejón estrecho a pocos metros de los muros del Vaticano. Corría la brisa y el tráfico de Roma sonaba lejano. Federico llevaba una mochila colgada del hombro.

—Vamos. Por aquí —dijo en voz baja.

Caminaron pegados a la pared hasta alcanzar la esquina. Más allá se distinguían los edificios administrativos que rodeaban la plaza de San Pedro. El Dicasterio se levantaba macizo, con una fachada de piedra clara, ventanas altas y contraventanas oscuras. Las puertas principales estaban cerradas y custodiadas. Un poco más lejos, una entrada lateral servía para el personal y los servicios.

Mientras caminaban, Federico habló sin dejar de mirar al frente.

—Vincenzo es el portiere.

Víctor miró las cámaras instaladas en las esquinas del edificio.

—Ahí dentro hay cámaras.

Federico abrió la mochila, sacó una chaqueta marrón y se la dio.

—Póntela.

Víctor la miró. Era similar a las que llevaba el personal de limpieza.

—Vincenzo te dará un carro de limpieza. Las cámaras te captarán, pero no levantarás sospechas. Hazte pasar por un limpiador hasta llegar al despacho.

Lo miró con seriedad.

—¿Has estudiado el mapa?

Víctor sacó del bolsillo de su pantalón un mapa turístico doblado y asintió. Federico lo cogió, lo miró un segundo y lo tiró a una papelera cercana. Sacó una linterna de la mochila y se la tendió.

—Toma. Sé que no es gran cosa, pero es lo que menos llamará la atención.

Víctor la cogió sin decir nada. Estaba concentrado.

—¿Dónde vas a buscar? —preguntó Federico.

Víctor pensó unos segundos.

—Muebles antiguos que no encajen con el resto. Escritorios de nogal o roble con paneles gruesos. Arcas o aparadores con molduras profundas. Bibliotecas empotradas.

Federico inclinó la cabeza con convicción.

Llegaron a la garita del portiere situada junto a la entrada de servicio. Era una caseta de hormigón con una mesa, un monitor de cámaras y un teléfono. Un hombre alto con gafas estaba dentro. Vestía chaqueta oscura, camisa blanca y una corbata azulada. En la solapa llevaba una placa metálica con el escudo del Vaticano. Levantó la cabeza y habló en italiano.

—Fede, di qua.

Federico y Víctor entraron rápidamente en la garita asegurándose de que nadie los veía.

Dentro, poco después, Víctor, con la chaqueta ya puesta, miraba el reloj con nerviosismo. Federico hablaba en italiano con Vincenzo, que parecía inquieto.

Cuando faltaban dos minutos para las nueve, Federico se volvió hacia Víctor.

—Es el momento. Tendrás hasta las nueve y diez. El próximo turno entra en punto. Abrirá ahora y la dejará abierta. La puerta de servicio está en el costado derecho del edificio, después de las ventanas bajas. Es una puerta lisa, pintada de gris. Solo tendrás que empujarla.

Víctor, con la linterna en la mano y un nudo en el estómago, afirmó bajando la barbilla. Miró a Vincenzo.

—Grazie mille per questo. Te debo una.

El portiere asintió con un gesto breve. Luego hizo una seña a Federico. Federico le entregó una llave a Víctor.

—Esta es una llave maestra.

Era metálica, alargada, con cabeza redonda y dientes irregulares.

—Te espero en el callejón. No tardes. Si no encuentras nada y se agota el tiempo, sal antes de que alguien te descubra.

Víctor la cogió, se puso una gorra, salió de la garita y se encaminó hacia la entrada lateral.

Empujó la puerta de servicio y entró en el edificio.

El interior era silencioso e imponente. Los pasillos eran amplios y estaban revestidos de mármol claro. En las paredes colgaban retratos de antiguos prefectos y grabados religiosos. Las lámparas del techo proyectaban una luz pajiza y débil.