Los Herederos de Jacob Vol.1 Capítulo SEGUNDO
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Capítulo SEGUNDO

A las siete menos cuarto de la mañana sonó el tono estridente del despertador. Víctor, todavía cansado, apagó el teléfono casi por inercia. El día le pesaba nada más empezar. Se levantó y fue al baño. Se dio una ducha larga, con los ojos cerrados, dejando que el agua caliente le cayera sobre la cara y los hombros.

Cuando salió, abrió la maleta y sacó su ordenador portátil. Lo llevó al salón. Mientras el sistema arrancaba, se sentó en el sofá. Al encenderlo ya eran las siete en punto. Curioseó su correo y ojeó algunos periódicos digitales. Era su rutina habitual. Al cabo de un par de minutos, buscó una noticia en concreto.

TRAGEDIA MORTAL EN ROMA

Treinta y ocho fallecidos y decenas de heridos en la colisión de dos autobuses urbanos en el Ponte Vittorio Emanuele II. Uno de los vehículos cayó al río.

Leyó el artículo completo. Le entristeció hacerlo. A cada línea, un nudo fue anidando en su garganta.

Al terminar, abrió una carpeta de fotografías. Aparecieron varias imágenes de él y de Alejo años atrás, sonrientes, jóvenes, despreocupados. Se quedó mirando la pantalla. La mano le tembló, pero la sujetó con la otra y logró serenarla. Se levantó. Caminó unos pasos por la habitación y respiró profundamente. Después regresó y volvió a sentarse.

Abrió una aplicación de videollamadas. En la pantalla aparecieron varias llamadas perdidas de James Sinclair. Rebuscó en la maleta, sacó unos auriculares y los conectó al ordenador. Pulsó el botón para devolver la llamada. Sonaron varios tonos.

Apareció en la pantalla un hombre de avanzada edad. Tenía el pelo blanco, gafas redondas e iba perfectamente afeitado. Sus ojos eran oscuros y vivaces. Vestía un pijama de seda color carmesí.

—¿Cómo estás, querido Víctor? —dijo con un pronunciado acento escocés.

Nada más verle, Víctor esbozó una sonrisa.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. El silencio se hizo espeso. La ceja de Víctor se arqueó levemente. Fue un gesto mínimo, pero suficiente para que James comprendiera que algo no iba bien.

—Dime que estás en Asturias —dijo James. Hizo una pausa—. Y no en Roma —añadió con gran intuición.

Víctor tragó saliva y asintió. James agachó la mirada con una mueca de tristeza sincera.

—He leído la noticia hace unos minutos y he tenido un nefasto presentimiento —dijo con pesar—. Lo siento, Víctor. Desde el fondo de mi corazón.

Los ojos de Víctor se humedecieron. Asintió lentamente. Volvió el silencio.

—Son las seis de la mañana allí en Escocia —dijo, forzando normalidad.

James levantó ligeramente las cejas. Le conocía bien.

—Los viejos dormimos poco.

Una media sonrisa apareció en el rostro de Víctor. James lo miró con seriedad.

—Escúchame bien, Víctor. Puedo coger el coche ahora mismo. En dos horas estoy en el aeropuerto. Cogeré el primer vuelo —dijo, arrastrando las erres.

Víctor se secó una lágrima y respondió con una entereza casi académica.

—No es necesario, James. Esta tarde enterraré a Alejo. Y esta noche estaré en Asturias. En España, al menos.

—¿Cuánto hace que nos conocemos, Víctor? ¿Cuarenta años?

Sonrió con nostalgia.

—Os recuerdo a los dos como si fuera ayer. Correteando por los pasillos de la escuela y flirteando con las señoritas. Mis alumnos predilectos, sin duda.

—Bueno, a Alejo las señoritas terminaron por cansarle —bromeó Víctor.

Ambos rieron con respeto. Aquello alivió la tristeza por un momento.

—Dime una cosa —continuó James—. ¿Alguna vez en todos estos años no he estado a tu lado?

Víctor negó con la cabeza.

—No sé si es un gran éxito adolescente que tu profesor de historia sea tu mejor amigo.

Volvieron a reír. Víctor se quedó pensativo.

—En realidad… —dijo.

James prestó atención.

—Me gusta esta ciudad. Y esta casa. Estoy seguro de que te gustaría verla.

Hizo una pequeña pausa, la curiosidad de James se acrecentaba.

—Mi hermano tiene… —se corrigió— tenía su propia capilla.

Le brillaron los ojos.

—Y una colección de un valor… inconfesable.

James inclinó la cabeza.

—¿Inconfesable? Eso resulta interesante cuando ni los mayores pecados lo son.

Víctor ladeó los labios, cómplice.

—Hay algo que sí puedes hacer por mí.

—Lo que sea, querido James —dijo. Se acomodó en la silla—. Si algo tienen en común los jubilados y las eminencias es que ambos tenemos mucho tiempo libre.

Víctor dudó. Buceó hasta lo más profundo de su mente en tan solo dos segundos.

—Puede que me quede uno o dos días más aquí. Y sé que quizá es demasiado pedir, pero…

James aguardó con interés.

—¿Podrías ir a Langreo y estar con mi madre?

Víctor bajó la mirada.

—Está destrozada. Por la pérdida y por no haber podido ver a Alejo antes de enterrarlo. Pero la voluntad de mi hermano era ser enterrado aquí. Aunque imagino que no tan pronto.

James asintió sin dudarlo.

—Así lo haré. Cuenta conmigo. Saldré de inmediato. Te llamaré en cuanto llegue.

—Gracias, James.

Se despidieron con un gesto y la pantalla volvió a quedar en negro.

A las ocho en punto, Víctor salió de su aposento. En el jardín estaba Francesca, vestida de negro y regando las plantas. Al verlo, sonrió.

—La puntualidad es cosa de familia —dijo—. Buon giorno, signore.

—Buenos días, Francesca.

La anciana entró en su vivienda y regresó con unas llaves y un juego de ropa negra cuidadosamente doblado. Se lo entregó a Víctor.

—Me he tomado la libertad de confeccionar esto para usted, Víctor.

Víctor sonrió y lo cogió con cuidado.

—Pruébeselo después del desayuno. Si hay que arreglar algo, lo haré en un momento. Ahí tiene las llaves.

—Muchas gracias.

—Pase al comedor. Hay café recién hecho, maritozzi, cornetti, pan tostado con mantequilla, fruta fresca y zumo de naranja. Debe comer.

Víctor asintió en silencio. Francesca se ajustó el chal sobre los hombros.

—Yo debo atender unos asuntos. Necesito ir al mercato. Le veré esta tarde, signore.

Salió del jardín y desapareció tras la puerta que conducía a la recepción.

Víctor cruzó el patio y entró en el comedor. Desayunó en silencio, con la mirada perdida entre el vapor del café y la luz suave que entraba por la ventana. Cuando terminó, se levantó despacio, cogió una manzana del frutero y salió al jardín.

Aquella tarde, Víctor, vestido de luto, bajó de un taxi y entró en el cementerio. Al cruzar la entrada principal, encontró un recinto amplio y sepulcral. Caminos de grava se abrían entre los cipreses. A ambos lados se levantaban nichos de mármol, esculturas y lápidas adornadas con flores.

Avanzó despacio por el sendero principal hasta llegar al edificio de recepción. Era una construcción sobria, de paredes beige y grandes ventanales. En el interior había un mostrador, varias sillas alineadas contra la pared y un crucifijo colgando sobre un reloj. Una mujer de mediana edad atendía detrás del mostrador. Víctor se acercó. Sus ojos estaban enrojecidos, pero su postura seguía siendo recta.

—Sono un parente di Alejo Norieta —dijo con voz contenida.

La mujer levantó la mirada y lo observó con una expresión respetuosa.

—Sala tre, prego —dijo con cordialidad.

Víctor agradeció con un gesto de cabeza y siguió el pasillo indicado. El corredor era largo. Se detuvo frente a la sala tres y empujó la puerta.

Dentro, el ataúd reposaba medio abierto sobre una tarima cubierta con un paño oscuro. Dos cirios altos ardían a cada lado y un cristo de madera presidía la pared del fondo. El ambiente estaba impregnado de un sutil aroma a incienso.

Alejo yacía dentro del féretro, vestido con sotana negra y una banda de tela morada cruzada sobre el pecho. Entre sus manos entrelazadas tenía un rosario. Su rostro había sido afeitado y maquillado con cuidado. Su expresión era apacible, parecía dormido.

Víctor se acercó lentamente. A cada paso sentía martillazos en el pecho.

Se detuvo frente al cuerpo de su hermano y lo miró con un amor inconmensurable. Alzó la mano y acarició suavemente su rostro frío.

Sonrió con una tristeza infinita.

—Hasta siempre, guaje.

El funeral fue breve e íntimo. Un reducido grupo se reunió frente a la sepultura abierta mientras la tarde caía.

Un hombre vestido con sotana negra con ribetes rojos y una faja del mismo color ceñida a la cintura oficiaba la ceremonia. En su pecho colgaba una cruz de plata. Su cabello era gris y su rostro, austero. Leía las oraciones mientras sostenía un misal entre las manos.

A unos pasos de distancia permanecían varios clérigos, también vestidos de negro. Observaban en silencio. Junto a Víctor estaba Francesca, que seguía la ceremonia con los ojos bajos.

Víctor apenas escuchaba las palabras. Su mirada vagaba por el cementerio. En un momento se fijó en un hombre que permanecía algo apartado. Llevaba gafas de sol, vestía un traje oscuro y tenía las manos cruzadas delante del cuerpo. Observaba la ceremonia desde cierta distancia.

Víctor no le dio mayor importancia y volvió a mirar la tumba.

Francesca habló en voz baja.

—La gente no viene a los cementerios para no ponerse tristes. Yo creo que es un lugar para celebrar la vida.

Hizo un gesto leve con la mano señalando las tumbas que los rodeaban.

—Fíjese a su alrededor. Personas que han vivido una vida entera. De principio a fin.

Víctor la miró. Sonrió.

—Es una preciosa forma de verlo.

La ceremonia terminó pocos minutos después. Francesca fue la primera en irse. Se acercó a la tumba, dejó sobre la tierra un ramo de rosas y, antes de marcharse, miró a Víctor con una sonrisa triste. Los presentes fueron acercándose uno a uno a Víctor para darle el pésame con apretones breves en el brazo, inclinaciones de cabeza y murmullos apenas audibles.

El hombre que había oficiado el funeral se acercó a Víctor. Lo miró con una expresión grave pero cordial.

—Sono il cardinale Antonio Saliviati —dijo antes de estrecharle la mano con suavidad—. Su hermano era un hombre valioso y discreto. El dicasterio pierde hoy a uno de sus servidores más leales —dijo con acento italiano.

Hizo una pausa.

—Pero Nuestro Señor recibe con los brazos abiertos a un ferviente seguidor. Le acompaño en el sentimiento, señor Norieta.

Víctor inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

—Gracias por sus palabras, eminencia.