Capítulo PRIMERO #3
Le llamó la atención la predominancia de aquellas tres plantas y el contraste visual que formaban incluso con la luz tenue de la noche.
Siguieron caminando y cruzaron el jardín hacia la puerta más grande.
Mientras avanzaban Francesca habló.
—Esta es mi casa. Antes era un hostal. Hace ya muchos años que mi único inquilino era su hermano. Un hombre de Dios y de principios.
Víctor intentó cambiar de tema.
—Habla usted muy bien mi idioma.
Francesca sonrió.
—El signor Norieta me enseñó. Además no es tan complicado. Somos muy parecidos españoles e italianos.
Llegaron a la puerta.
—Venga conmigo. Le enseñaré los aposentos de su hermano.
Entraron. Era una estancia que parecía un pequeño apartamento. Había una sala principal con un gran ventanal que daba al jardín. En ella había un sofá gastado, una mesa baja cubierta de libros, una televisión antigua y una pared llena de estanterías. Crucifijos, imágenes religiosas y algunos cuadros discretos completaban el lugar. A un lado se abría una puerta hacia una habitación y otra conducía al baño. Cerca de la entrada unas escaleras de piedra descendían hacia un nivel inferior.
Francesca caminaba despacio mientras le mostraba el lugar.
—Esta es la sala principal.
Víctor dejó la maleta sobre el sofá y durante un momento sintió un vacío inquietante.
Se dirigieron hacia la habitación. Era una estancia sencilla. Una cama individual perfectamente hecha ocupaba el centro. Junto a ella había una escribanía con papeles ordenados y una lámpara de escritorio. Una estantería repleta de libros, cuadernos y objetos. En una esquina descansaba un enorme baúl. A Víctor le invadieron los recuerdos. Francesca lo percibió. La mirada de Víctor se detuvo en una estatuilla tallada en madera con forma de hombre. La cogió con cuidado.
—Es mi abuelo —dijo con cariño.
Miró a Francesca.
—Mi padre nos talló estas figuras cuando éramos pequeños. Yo tengo una igual.
La mujer esbozó una sonrisa.
—Es un bonito recuerdo de un ser querido.
Víctor no respondió. Solo observó los objetos que llenaban la habitación.
—Seguimi. Le enseñaré el rincón favorito de su hermano.
Regresaron al salón y descendieron por las escaleras junto a la puerta. Al final de los peldaños apareció una capilla.
El espacio era reducido pero extraordinariamente hermoso. Olía a incienso. Las paredes estaban cubiertas por cuadros antiguos y estanterías con misales gastados. Varias vitrinas protegían objetos litúrgicos. Cálices de metal dorado, relicarios antiguos y esculturas religiosas. Un lujoso relicario antiquísimo brillaba bajo una lámpara. Sobre una mesa de madera reforzada con remaches plateados se alineaban otros objetos. Se quedó maravillado al contemplar aquel lugar. Sonrió sin darse cuenta.
—El signor Alejo me dijo más de una vez que pensaba que este lugar le encantaría. Está lleno de arte antiguo y usted es un apasionado, decía.
Víctor caminó lentamente observándolo todo. Se detuvo ante un cuadro. Abrió los ojos con sorpresa.
—Madonna col bambino —susurró.
Se volvió hacia Francesca.
—Es una obra de Sassoferrato. Juraría que es la auténtica.
Luego se acercó al relicario y lo contempló con devoción. No era fe lo que lo atraía sino belleza. Se aproximó a una vitrina, allí reposaban unas lámparas de aceite.
—Son lucernas romanas —dijo con admiración—. Se utilizaron entre el siglo primero antes de Cristo y el siglo tercero.
Después admiró los libros. Al llegar a la mesa con remaches plateados la acarició con nostalgia.
—Mi madre tenía una muy parecida.
Miró a Francesca de nuevo.
—Este lugar en sí es una obra de arte.
Francesca lo miró con ternura.
Subieron de nuevo al piso superior. Cerca de la puerta Francesca habló.
—Signor Norieta.
Se asomó al jardín y señaló una puerta.
—Yo vivo allí.
Luego indicó la otra.
—Ese es el comedor. Todas las mañanas de ocho a nueve pongo café y desayuno. A la hora de comer y a la de cenar puede prepararse algo usted mismo en la cocina.
Lo miró con amabilidad.
—¿Quiere que le prepare algo antes de acostarse?
Víctor se sentía sinceramente acogido.
—Llámeme Víctor, por favor. Y se lo agradezco, Francesca. Pero he venido a recoger las pertenencias de mi hermano para enviarlas a Asturias. También para asistir a su entierro. Mañana mismo me marcharé.
Francesca se encogió de hombros.
—Como usted quiera, Víctor. Pero le animo a quedarse algunos días — dijo con dulzura.
—De todas formas le espero mañana para el desayuno.
Víctor asintió.
—Muchas gracias Francesca. Ha sido muy amable conmigo.
—Le daré las llaves mañana. Descanse signor Víctor.
Se despidieron con un gesto tranquilo y la mujer desapareció hacia el jardín mientras la casa volvía a quedar en silencio.
Víctor volvió al salón, cogió la maleta del sofá y la llevó hasta la habitación. Se dirigió al baño, se aseó en silencio y se lavó los dientes. Después se puso el pijama, dejó el móvil sobre la mesilla y programó la alarma. Se acostó. Durante las primeras horas no pudo hacer más que mirar el techo, inmóvil, con la mente dando vueltas en la oscuridad. Después de un largo rato, sus ojos terminaron por cerrarse.