Capítulo PRIMERO #2
El avión tocó tierra. Tras cruzar casi todo el aeropuerto, salió por la zona de llegadas. El vestíbulo era espacioso, muy bien iluminado, con monitores informativos en varios idiomas, cintas transportadoras aún en movimiento y un murmullo constante de viajeros que arrastraban maletas. Conductores con carteles aguardaban junto a las puertas automáticas. El olor a café intenso y a limpieza industrial se mezclaba en el aire.
Cruzó las puertas de cristal y salió al exterior. Frente a la terminal se alineaban taxis blancos bajo la marquesina y grupos de turistas consultando mapas. A un lado, la parada de autobuses. A unos metros, Patricio y Pilar subían a un taxi. El anciano lo vio y levantó el brazo en señal de despedida. Víctor respondió con un gesto breve. El taxi se incorporó al tráfico y desapareció entre los demás vehículos.
Sintió un atisbo de tristeza. Se detuvo un instante y miró a su alrededor. La carretera seguía su curso frente a la terminal, con taxis y turismos entrando y saliendo. Más allá, la línea de asfalto se perdía entre señales, vallas y un cielo claro. Pensó que tendría que haber venido antes. Se había imaginado mil veces ese viaje, pero de otro modo, con una llamada distinta, con su hermano esperándolo al otro lado, con tiempo para un café y una conversación larga. Era imposible predecir el futuro, se dijo, pero sí podía haber aprovechado mejor el presente. Se había convencido demasiadas veces de que ya habría tiempo. Había llegado allí para ver a su hermano, pero él no estaría. Suspiró. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una hoja arrancada de su libreta. En ella había unas pocas palabras escritas:
Via Crescenzio, Vaticano.
Vicolo del Campanile n. 5
Piano terra.
Introdujo los datos en el móvil. La pantalla le indicó el recorrido hasta la parada más cercana. Guardó el papel y, sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia la zona de autobuses. Las ganas de fumar regresaron con más fuerza que antes. Se llevó la mano al bolsillo por inercia y la retiró al instante. Resistió. Al llegar a la parada, donde solo había dos personas más, se sentó en uno de los bancos y esperó.
Cuando llegó el autobús, que por suerte no tardó demasiado, subió sin mirar atrás.
El autobús lo dejó cerca del barrio de Borgo. A esas horas la ciudad estaba sumida en una calma íntima. Víctor avanzó arrastrando la maleta mientras los ruedines golpeaban contra el empedrado irregular de los adoquines antiguos. Caminaba mirando la pantalla del móvil, siguiendo el recorrido del mapa. De vez en cuando levantaba la vista para comprobar el nombre de alguna calle o una esquina. En otro momento habría disfrutado perdiéndose allí durante horas. Aquel lugar tenía algo detenido en el tiempo. Casas de tonos amarillentos, contraventanas verdes, ropa tendida en los balcones y farolas de luz cálida. En contadas ocasiones pasaba algún turista rezagado o el ruido lejano de una moto rompía el silencio.
Llegó a una coqueta plazoleta circular. En el centro había una fuente baja de piedra y a su alrededor algunas mesas de un restaurante ya recogidas. Víctor cruzó la plaza sin detenerse y siguió caminando. El mapa lo condujo hasta un callejón muy estrecho, como un pasaje medieval. Aquel corredor de piedra conectaba Borgo con la avenida que llevaba directamente hacia la plaza de San Pedro. Las paredes altas y cercanas hacían que todo pareciera aún más silencioso.
Buscó el número cinco. Lo encontró a mitad del callejón. Era una puerta de madera incrustada en una planta baja. No había portero electrónico ni timbre. Solo una aldaba metálica, pesada. Aquello le llamó la atención. No pudo evitar preguntarse por qué su hermano vivía allí y no en alguno de los edificios del Vaticano. Nunca se lo había cuestionado. Simplemente había dado por hecho que Alejo viviría en algún lugar más… adecuado. Golpeó la aldaba. Esperó. No ocurrió nada. Volvió a llamar, esta vez con algo más de fuerza. Miró a su alrededor. El pasaje estaba desierto. Entonces escuchó unos pasos al otro lado de la puerta. Pasos cortos, arrastrados. La cerradura giró. La puerta se abrió lentamente. Apareció una mujer. Tendría algo más de setenta y cinco años y apenas superaba el metro y medio. Tenía el rostro redondo, los ojos claros y el cabello rubio ceniza recogido en un moño descuidado. Vestía un pijama sencillo y llevaba sobre los hombros una manta de lana. Su expresión era serena. Lo observó de arriba abajo.
—¿Francesca? —preguntó Víctor.
La mujer sonrió con suavidad.
—Signor Norieta… —dijo—. Adelante, no se quede ahí —pronunció con un marcado acento italiano.
Cruzó el umbral. Al otro lado había un recibidor de techo bajo y paredes encaladas. Una mesa estrecha de madera descansaba contra la pared con una lámpara y un crucifijo colgado sobre ella. El suelo era de baldosas gastadas y olía a cera.
La mujer se acercó y lo abrazó con afecto. Víctor tardó un instante en reaccionar.
—Siento mucho lo de su hermano —dijo la anciana mientras lo abrazaba.
Se separó un poco y le miró a los ojos.
—Le llamé en cuanto la polizia locale se puso en contacto conmigo —añadió con la voz quebrada, visiblemente afectada.
—Era un gran hombre. Gracias por haber venido tan rápido.
Víctor bajó la mirada.
—No podría faltar. Gracias a usted por contactar conmigo.
Francesca esbozó media sonrisa.
—Su hermano hablaba muchísimo de usted.
Víctor sintió una alegría breve y extraña.
—Le pedí a mi nieta Valentina que buscara su nombre en esas cosas del internet y encontró su número.
Le hizo un gesto con la mano.
—Pase por aquí.
Atravesaron una puerta que daba a un jardín interior. Era un patio cuadrado que recordaba a un claustro doméstico. Enfrente había otra puerta y a cada lado se abrían dos accesos más. En el centro se alzaba un viejo pozo de brocal redondo. Junto a él había una figura decorativa de hierro con forma de garza apoyada sobre una pata mientras la otra quedaba recogida a mitad del cuerpo. A un lado del patio crecía un huerto rebosante de plantas. Víctor se detuvo a mirarlo. Francesca lo notó.
—Este es mi huerto. Tengo de todo un poco. Pero lo que más planto es calabacín, ajo y… finocchio marino. ¿Cómo se dice en español?
Víctor sonrió.
—Hinojo marino.
—Eso es —respondió Francesca.