Los Herederos de Jacob Vol.1
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Capítulo PRIMERO
Víctor Norieta era historiador. Tenía cincuenta y dos años, era moreno, de mediana estatura, con ojeras permanentes y la tez tan llena de cansancio como de sabiduría disimulada. Sin hijos ni pareja, su amor era el conocimiento y la sed de hallar respuesta a lo desconocido, en eso había centrado su vida. Había estudiado la historia universal durante años y también se había interesado por los grandes misterios que quedaban fuera de los manuales. Publicó varios ensayos, recibió algunos premios académicos y dio conferencias en diferentes universidades. Su nombre era conocido en ciertos círculos y muy respetado en su ámbito. Aquella mañana de grumosa niebla llegó a la estación de trenes de Atocha, arrastrando una pequeña maleta con ruedas y con uno de sus propios libros bajo el brazo. Lo llevaba por costumbre. Siempre releía algo antes de viajar. Se volvía a Langreo, su pueblo natal asturiano, pues después de haber estado dos años y nueve meses en Egipto, regresaba para ver a su anciana madre. Se acercó a la ventanilla y pidió un billete para su destino. El empleado, un hombre enjuto y de gafas oscuras, miró el ejemplar mientras imprimía el ticket.
—Dicen que este autor se toma demasiadas libertades con la historia —comentó, sin levantar la vista.
Víctor sostuvo el libro un instante. No dijo quién era, solo esbozó una sonrisa agradecida.
—Aunque claro, si no se las tomara, nadie lo leería —sentenció mientras arrancaba el billete.
—Puede que tenga razón —respondió suavemente.
El empleado alzó apenas la mirada y dibujó una mueca casi cómplice.
—Andén tres.
Víctor cogió el billete y se apartó del mostrador. La estación estaba iluminada con luz blanca y fría. Filas de asientos metálicos, paneles electrónicos con destinos en verde y amarillo, anuncios por megafonía que se repetían cada pocos minutos. Gente con mochilas, maletas, trabajadores que miraban el reloj. Atravesó dos columnas de hormigón y avanzó entre el tránsito constante sin prisa. Encontró el andén indicado. Allí había menos gente. El contraste con el vestíbulo era evidente: apenas unas cuantas personas dispersas, sentadas en silencio. Miró el panel, todavía quedaban cuarenta y siete minutos. Pensó en fumar. Hacía meses que lo había dejado y, aunque el impulso apareció, no insistió demasiado. Fue a una máquina expendedora, sacó un sándwich caro —como siempre en esas máquinas— y se sentó en un banco. Abrió el libro que llevaba. Lo hojeó por un capítulo al azar y se perdió en la lectura.
Quedaba algo más de diez minutos cuando el móvil de Víctor vibró dentro de la chaqueta. Lo sacó y arrugó el entrecejo al no reconocer el número. Dudó un segundo y contestó.
—¿Sí? Víctor Norieta. ¿Quién llama?
Al otro lado se oyó una voz ininteligible, entrecortada por el ruido de fondo. Víctor dejó de masticar. Se quedó inmóvil, con el teléfono pegado al oído. Por un instante todo se le vació por dentro. Notó un arañazo en el estómago y un sudor frío en la nuca.
Escuchó sin interrumpir. Su mundo se tambaleó bajo la compostura que siempre lo había sostenido. Durante unos segundos que parecieron eternos no supo reaccionar. Sintió como la garganta se le cerraba, respiró hondo y se obligó a asentir, aunque nadie pudiera verlo. Colgó. Se puso en pie, cerró el libro, agarró la maleta y echó a andar sin mirar atrás.
Tan solo unos minutos más tarde, Víctor miraba la ciudad de Madrid desde la ventanilla del asiento trasero de un taxi sin pensar realmente en ella. Tenía la mirada fija en un punto cualquiera, perdida. El taxista, un hombre con exceso de peso y falta de pelo, llevaba un partido de fútbol en la radio del coche. La voz del narrador subía y bajaba con cada jugada mientras Víctor permanecía en silencio.
La T4 apareció al fondo, amplia y luminosa, con su cubierta ondulada y las fachadas de cristal reflejando el tráfico constante de vehículos y autobuses lanzadera. El taxi se detuvo.
—Son veintitrés con cincuenta, jefe.
Víctor le dio treinta.
—Quédese el cambio.
Bajó sin esperar respuesta. Le indicó con un gesto al conductor que le abriera el maletero, cogió su maleta y se alejó del taxi.
Dentro del aeropuerto caminó con paso firme, triste pero contenido. Avanzó por una cinta mecánica hasta su puerta de embarque. Frente al mostrador se formaba una fila de viajeros con maletas de cabina, parejas hablando en voz baja, algún niño cansado agarrado a una mano y gente mirando el móvil. Hizo cola, su cabeza daba vueltas y vueltas. Cuando llegó su turno, una empleada joven de media melena rubia y ojos verdes revisó el billete y la identificación.
—Espero que disfrute del viaje, señor Norieta —dijo amablemente, devolviéndole la documentación con una sonrisa profesional.
Víctor sonrió, más por educación que por ánimo.
—Muchas gracias, señorita Yuste —respondió tras haberse fijado en su chapa identificativa.
Guardó el billete y el DNI, se ajustó el cuello de la camisa, carraspeó y avanzó. Cruzó la pasarela con paso sosegado y entró en el avión sin mirar a los lados.
Había pasado la primera hora de vuelo de las casi dos y media previstas. Víctor llevaba ya tres minibotellas de whisky que mezclaba con café. Iba sentado en el pasillo, cerca del baño, en las primeras filas. Bebía a pequeños sorbos y garabateaba sobre una libreta ajada líneas sin sentido que poco a poco tomaban la forma de un nubarrón gris.
Estaba desconsolado, aunque no lo aparentaba. Sus ojos empezaban a humedecerse. A su lado viajaba un hombre mayor y, junto a la ventanilla, su esposa dormía recostada sobre el hombro del anciano. El hombre miró varias veces a Víctor, atento a sus movimientos.
De pronto la mano derecha de Víctor empezó a temblar. Intentó sujetarla con la izquierda, pero no logró disimularlo del todo. La ansiedad le subió al pecho durante unos segundos angustiosos. El anciano apoyó su mano sobre la suya y dibujó una sonrisa. Víctor sintió un calor extraño, reconfortante.
—Tranquilo, hijo. Todos le tenemos miedo a algo —musitó el hombre.
Víctor lo miró sin entender.
—Miedo a volar, ¿verdad?
No respondió. Un sudor frío y arenoso le perlaba la frente. El anciano observó las botellas vacías.
—No debería beber usted más —sugirió en tono cálido.
La respiración de Víctor se fue acompasando. Notaba los latidos en las sienes. La mano del anciano seguía firme.
—Señorita, ¿podría traerle un zumo de naranja, por favor? —dijo, dirigiéndose a la azafata que cruzaba por el pasillo.
—Ahora mismo, caballero.
El anciano posó de nuevo los ojos sobre Víctor.
—Ya verá qué bien le sienta. A mi esposa le costó años que dejara la bebida —añadió con una sonrisa leve, mirando a la mujer que dormía sobre su hombro—, pero lo consiguió.
La azafata trajo el zumo y retiró las botellas. Víctor bebió bajo la mirada atenta del anciano. El líquido frío le calmó. Cuando se sintió algo mejor, el hombre le tendió la mano.
—Soy Patricio. Y ella es mi mujer, Pilar.
—Víctor Norieta. Encantado —dijo mientras le estrechaba la mano—. Gracias por el zumo.
—No hay de qué.
Víctor agachó los ojos en una mueca de gratitud. Tras unos segundos, el anciano siguió hablando.
—Vamos a Roma a ver a nuestra nieta, Luciana. Nació ayer —dijo con orgullo contenido.
Víctor alzó la mirada y, por primera vez desde que había subido al avión, algo parecido a una alegría sincera le cruzó el rostro.
—Enhorabuena.
Los ojos del anciano, emocionado, brillaron.
—¿Y usted? —preguntó con bondad.
Se hizo un pequeño silencio. Se le secó la boca. Cuando se dispuso a hablar, notó cómo un sabor agrio le subía desde el estómago hasta la garganta, ácido y punzante. Se llevó la mano a la boca, intentando contenerlo. Se levantó con torpeza y se apresuró hacia el baño, esquivando rodillas y reposabrazos, con la vista fija en la puerta cerrada del servicio.
Se inclinó sobre el retrete y vomitó, con el cuerpo sacudido por espasmos secos. Cuando terminó, apoyó las manos en el borde del lavabo y exhaló despacio. Levantó la vista hacia el espejo. No reconoció del todo el rostro que lo miraba. Tenía los ojos enrojecidos y la piel pálida. Una lágrima le cruzó la mejilla. Se la limpió con el dorso de la mano, abrió el grifo y se enjuagó la boca. Se lavó las manos con cuidado. Se secó, se recompuso el cuello de la camisa y salió.
Regresó al asiento. El anciano lo observaba con preocupación discreta. Víctor se sentó y cogió el vaso de zumo.
—¿Está usted bien, Víctor? —preguntó.
Víctor asintió. Bebió un poco más y tomó aire. El anciano no apartaba la mirada. La expresión de Víctor se ensombreció.
—Mi hermano Alejo murió hace unas horas —dijo sin mirarlo.
Se hizo un silencio. El hombre abrió los ojos con sorpresa. La mujer dormida emitió un leve sonido y volvió a acomodarse sobre el hombro del marido.
—En un accidente —dijo con un hilo de voz—. Un choque frontal entre dos autobuses.
El anciano bajó la cabeza un instante.
—Lo siento mucho.
Víctor respondió con un movimiento sutil, agradecido. Encontró en aquel hombre un refugio en medio del oleaje que lo atravesaba. Necesitó hablar.
—Hace más de diez años que no nos veíamos —añadió.
—Eso es mucho tiempo —murmuró el anciano.
—Aunque hablábamos siempre que podíamos —una media sonrisa se deslizó en su rostro—. Hace menos de dos semanas me llamó.
—¿Trabajaba en Roma?
—En el Vaticano. Era secretario del prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
El anciano enarcó una ceja sin comprender. Víctor lo notó.
—En otras palabras, ayudaba a vigilar que lo que se enseñaba en la Iglesia fuera correcto —explicó con serenidad forzada.
El rostro del anciano reflejó respeto y sorpresa.
—Mañana es su entierro —añadió Víctor.
Volvió el silencio. El anciano sostuvo su mirada con una compasión limpia, sin preguntas innecesarias. Víctor bajó la mirada y no dijo nada más. El silencio era la mejor opción. Víctor, rendido por el cansancio, cerró los ojos y cayó en un sueño profundo. Cuando los volvió a abrir, todavía sudando, miró el reloj. Roma ya estaba cerca.