Capítulo 16 #3
—Ya veo. Gracias, Abby —Rick respiraba rápido y a ritmo irregular.
Se dirigió a Tim y dijo—: He decidido no comprar esos carneros de Macarthur.
Justin me ha hablado de los gastos y ha terminado por disuadirme, ¡diablos!
O sea… Es decir, Tim, estamos de acuerdo en que he ido demasiado deprisa y que deberíamos limpiar parte de la tierra y cultivarla, en lugar de poner más ganado.
Supongo que tiene razón, me he precipitado. Quizá he sido un poco avaricioso.
Tim recibió la rápida mirada de Abigail y le sonrió.
—Estoy seguro de que Justin tiene razón, Rick, viejo amigo —dijo en tono gentil—. Por mi parte, me alegro de oír que has decidido no comprar esos carneros. Uno podría ser útil, ¡pero que el viejo Jethro vaya a Parramatta a elegirlo!
Se levantó para servir bebidas y, al poco tiempo, Justin se despidió.
Justo antes del amanecer, cuando el doctor Redfern llevaba casi tres horas con Katie, nació el bebé. El débil pero inconfundible sonido del llanto hizo que Rick se pusiera en pie con un fervoroso «¡Gracias a Dios!». Minutos después, el médico entró a ofrecerle una mano y una cálida felicitación.
—Eres padre de una preciosa hijita, Rick —anunció—, pero nos ha costado mucho trabajo traerla al mundo y tu mujer está muy fatigada. Ve a echarles un vistazo, si quieres, pero no te quedes mucho tiempo, porque las dos necesitan descansar.
Rick le estrechó la mano y, anhelante, salió corriendo de la habitación. Cuando se hubo ido, William Redfern se hundió cansado en una silla. Por encima de la copa de brandy de Cabo que Tim le había servido, miró de él a Abigail y dijo:
—Echaré de menos todo esto cuando me retire a Airds. Pero me alegro de que les haya ido bien a estos dos. Son una buena pareja joven.
—No nos echarás tanto de menos como nosotros a ti —le dijo Abigail con voz de abatimiento.
El médico suspiró.
—Es extraño, ¿verdad? —observó sin rencor—, que un hombre pueda cometer un acto de locura en su juventud y que, veinte años más tarde, se descubra a sí mismo aún castigado por ello.
Supongo que así es la justicia; o lo era hasta que Lachlan Macquarie se convirtió en nuestro gobernador y trató de equilibrar la balanza.
Siempre ha mantenido que aquellos que han llegado como delincuentes convictos y se han ganado la libertad mediante la servidumbre, el indulto o la emancipación deberían ser considerados, en todos los aspectos, iguales a todos los demás colonos, de acuerdo con su posición y carácter.
Pero Macquarie se va… ¿te habías enterado?
Confieso que me entristecerá mucho verlo partir, tanto en lo personal como en lo que respecta al bien de esta colonia.
Significará el fin de sus políticas de rehabilitación y reforma.
En el futuro, si hemos de creer al comisario Bigge, se aplicarán las políticas que John Macarthur ha defendido con tanto ahínco.
Tim lo miró con gravedad.
—¿Quieres decir que se va a animar a los hombres de recursos a establecerse aquí, con subvenciones de diez mil acres y una mano de obra esclava de convictos para desarrollar el comercio de exportación de lana con Inglaterra? Había oído que ese fue el consejo que ofreció a Bigge.
—¿Supiste también que aconsejó a Bigge que pidiera la gobernación?
—dijo Redfern—. ¡Al menos, nos hemos librado de eso, alabado sea Dios!
Volverá a casa muy pronto, según tengo entendido…
, ¡y en el Dromedary, el mismo barco que el pobre y viejo gobernador pidió para que lo llevaran de vuelta a Inglaterra!
—Vació su vaso y se levantó con una sonrisa un tanto amarga.
— John Macarthur tramó una rebelión y provocó la destitución y el arresto del gobernador legal de la colonia, ¿no es cierto?
Aun así, dieciocho años después, el comisario de Su Majestad lo declara clave y piedra angular de la verdad, le pide consejo sobre la política futura y le da todo el respaldo de su autoridad.
Pero ¿sabéis lo que el comisario Bigge ha dicho oficialmente de mí?
Abigail sacudió la cabeza con lágrimas en los ojos, y Tim lo invitó con gesto adusto:
—¿Qué ha dicho, Will?
Fue evidente que William Redfern tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlarse.
—Que mi crimen no tiene parangón y que, si bien los ingleses podrían perdonarlo, ellos nunca lo olvidarán.
También que, si yo llegara a ocupar algún cargo de confianza y dignidad en una colonia inglesa, ese cargo estaría contaminado por mi confesión.
—Tragó saliva con dificultad y prosiguió—: Por eso le han dado al doctor Bowman el puesto que yo he esperado durante dieciocho años, y todo mi delito fue haberme quedado a bordo del Standard cuando los amotinados ya habían puesto a mi superior en tierra.
Me acusaron de llevar un periódico sedicioso impreso en el bolsillo; pero ¿quién, en nombre del cielo, ha provocado alguna vez un motín por llevar periódicos sediciosos en el bolsillo?
—Sacudió triste la cabeza y luego, tras haber recuperado la compostura, hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta.
Tim lo cogió del brazo y salieron juntos. Abigail tenía los ojos llenos de lágrimas cuando los vio partir.
Se preguntaba cuál iba a ser el futuro de la colonia que ahora llamaban Australia. Se preguntaba si hombres como el general Macquarie y el doctor Redfern serían despedidos por el capricho de alguien del calibre del comisario Bigge.