Capítulo 16 #2
—Sí que lo fue —apuntó Abigail—. Hubo una larga procesión desde el Dominio hasta la iglesia de Saint Philip, con las tropas alineadas por toda la ruta y la banda del regimiento del Cuadragésimo Octavo tocando la «Marcha de los muertos» de Saúl, c on sus estandartes y tambores cubiertos de negro.
Y el servicio fue hermoso. El viejo y querido señor Cowper predicó de forma muy conmovedora.
Y luego, el señor Campbell, en su calidad de mariscal preboste y en presencia de los jueces y magistrados, proclamó la llegada al trono de Jorge IV.
Al final, el gobernador ofreció una recepción en la Casa de Gobierno.
Incluso los convictos recibieron una ración de ron para brindar a la salud del nuevo rey.
—Los recuerdos la hicieron sonreír.— ¡Como en Inglaterra!
—El gobernador ha estado enfermo, ¿no? —preguntó Rick—.
Nos han llegado rumores en ese sentido. Dicen que ha hecho un viaje agotador desde Bathurst por toda la región de Toombong hasta el lago George, algo demasiado arduo para un hombre de su edad.
Y se encontraron con un tiempo espantoso, perdieron un par de caballos y se empaparon hasta los huesos más de una vez.
—Estuvo muy enfermo hace unos meses —respondió Abigail—, pero —suspiró— el excelente doctor Redfern lo sacó adelante.
La que ahora está enferma es la señora Macquarie, pobrecilla.
Estaba en Parramatta, esperando el regreso del gobernador, cuando la Casa de Gobierno fue alcanzada por un rayo.
Le provocó una conmoción muy grave. Creo que…
—Dejó de hablar cuando vio que la puerta se abría y un criado se hacía a un lado para dejar pasar a Justin.
— Justin, querido, eres bienvenido. Como te prometí en mi nota, Rick y Katie están aquí.
Julia y Dorothea están cenando con el coronel y la señora Erskine, así que tendremos mucho tiempo para hablar sin interrupciones.
Se intercambiaron saludos y hubo preguntas y respuestas.
Abigail se enteró de que Andrew Hawley había renunciado a su cargo para retirarse a la granja de Ulva.
William estaba considerando la posibilidad de trasladarse a las nuevas tierras, en tanto que Rachel se quedaría en Sídney con Jessica.
El propio Justin había llevado tropas, provisiones y trabajadores convictos al nuevo asentamiento del puerto Macquarie.
—El gobernador está planeando una visita para Año Nuevo —dijo Justin cuando se sentaron a comer en el grande y bien iluminado comedor—.
Una visita de despedida —añadió con pesar—.
Me mandó llamar justo después de que fondeamos en la ensenada y me dijo que han aceptado su dimisión y que su sucesor está en camino.
El nuevo secretario colonial de Nueva Gales del Sur, el Mayor Goulburn, estaba allí cuando acudí.
Llegó justo antes que nosotros, a bordo del transporte Hebe .
Al parecer, él mismo le trajo la noticia de su reemplazo, así que el pobre gobernador parecía muy afectado.
No dijo nada, por supuesto, además de que estaba siendo muy cortés con el comandante Goulburn, pero…
—Se encogió de hombros.— Se limitó a pedirme que preparara el Elizabeth para zarpar, y así dejó las cosas.
Entonces, casi como una ocurrencia tardía, añadió que tal vez iría también a Hobart antes de partir para siempre.
Todos los ojos se clavaron en Justin, pero, por un momento, nadie dijo nada. Entonces Tim preguntó con aspereza:
—Justin, por el amor de Dios, ¿te ha dicho Su Excelencia quién va a ser su sucesor?
—No —respondió Justin con una sonrisa tensa—, pero John Campbell sí. Va a ser general sir Thomas Brisbane, dijo.
—El general que se casó con una prima del coronel Molle —observó Abigail. Recordaba el almuerzo en la Casa de Gobierno y el hecho de que la señora Molle había insinuado esa posibilidad. Se le encogió el corazón.
—¡Bueno, al menos no es el comisario Bigge!
—El alivio de Tim era evidente. Se levantó y cruzó hasta el aparador para cortar un buen trozo de la carne que el criado acababa de llevar—.
¡Gracias a Dios por sus pequeñas misericordias!
Estaría tentado de tirar la casa por la ventana y unirme a ti en las nuevas tierras, Rick, si el gobierno de Su Majestad le hubiera dado el nombramiento.
—A él tendremos que agradecerle que nos quedemos sin el gobernador Macquarie.
—Señaló Abigail con aspereza. Miró con inquietud a Katie, que apenas había dicho una palabra en el comedor.
La chica negó con la cabeza hacia el plato que Tim estaba a punto de ponerle delante. — Katie querida, ¿estás bien?
—No…, no estoy segura —respondió Katie, asustada y con un filo de voz—. Creo que… —Recuperó el aliento y clavó sus ojos, muy alarmados, en el rostro de Rick. — Ay, Rick, creo que ha llegado la hora y…
En un instante, Rick ya estaba a su lado.
—Está bien, mi dulce niña —dijo tranquilizador y cogió a Katie entre sus brazos—. Abby, llama a Kate Lamerton, ¿quieres, por favor? La llevaré a su habitación.
Sería una noche larga, pensó Abigail mientras se apresuraba a hacer lo que acababan de pedirle: una noche larga y angustiosa para todos.
Reanudaron la interrumpida cena. Ahora también los acompañaba Dickon, una figura somnolienta en camisón, a quien los movimientos de Kate Lamerton habían sacado de la cama.
Terminada la cena, Abigail llevó al niño a su habitación y lo arropó. Echó un vistazo a Katie, pero era evidente que el parto no ocurriría hasta bien entrada la madrugada. Se contentó con enviar una nota al doctor Redfern para avisarlo de que el parto de su paciente había comenzado.
Kate Lamerton, competente y serena como siempre, le rogó que no se preocupara.
—Se tomará su tiempo, señorita Abigail —dijo la vieja comadrona—. Es solo una niña pequeña y no le será fácil; pero haré todo lo que haya que hacer. La llamaré si surge algo.
Abajo, Abigail encontró a Tim solo en la sala de descanso.
—Perdona esta licencia, querida, pero he dejado que Justin y tu hermano disfruten su oporto mientras hablan a solas. Creo que Rick tiene algo en mente, aparte de la inminente llegada de su primogénito. Es mejor dejarlos hablar, ¿no te parece?
Abigail ladeó la cabeza.
—¿Tienes idea de qué se trata?
—No, ninguna, como no sea la extravagancia de Rick.
Para empezar, ¿para qué demonios quiere media docena de carneros merinos de Macarthur?
Y, conociendo a Macarthur… —Tim resopló disgustado.
— Ese tipo solo se desprenderá de sus despojos y cobrará por ellos un ojo de la cara.
Andrew Hawley me ha dicho que los que envió a Hobart para el coronel Sorrell no valían ni el costo del viaje.
Sorrell está muy molesto. Yo diría… —Cerró la boca al oír que de la otra habitación brotaban palabras en voz alta.
Abigail, que escuchaba con atención, alcanzó a captar la palabra «oro» pronunciada con enfado por Justin.
Miró insegura a Tim y este respondió a su pregunta no formulada:
—Ha habido rumores, querida —dijo—, rumores muy insistentes, después de que Rick fuera tiroteado por los fugitivos.
Dicen que ha encontrado oro en Pengallon.
Pero eso fue desmentido. Recordarás que en el Gazette apareció una declaración en el sentido de que los ensayos habían sido concluyentes y que algunas pepitas encontradas en las nuevas tierras eran oro de tontos; o piritas o como se llamen esas cosas.
—Sí —confirmó Abigail—. Lo recuerdo. El…
No encontraba palabras para expresar sus pensamientos, pero, una vez más, su marido adivinó hacia dónde iban y dijo rotundo:
—Quizás estamos sacando conclusiones precipitadas, Abby, pero, si no…
—¿Y bien? —preguntó ella—, ¿y si no?
—Podría ser desastroso —dijo Tim, y había un toque de ira en su voz—, desastroso para los planes del buen gobernador y el desarrollo agrícola de las nuevas tierras.
Si Rick está dispuesto a hacer algo que provoque semejante desastre, no creo que Justin lo permita.
La concesión original es suya, no lo olvides, y Rick es solo su socio.
Es dueño del ganado, pero la tierra es de Justin, y…
—Levantó una mano en señal de advertencia.
— Aquí vienen. No digas nada, Abby. Supongo que nos dirán qué han decidido.
Cuando los dos entraron, Abigail notó la palidez en los labios apretados de Justin y los ojos furiosos de Rick. Intuyó enseguida que se habían enzarzado en una acalorada disputa y que Justin había vencido. Con una sensación de alivio, respondió a las ansiosas preguntas de Rick sobre Katie.
—Ya he enviado una nota para avisar al doctor Redfern, pero Kate Lamerton dice que debemos ser pacientes, Rick. Todavía pasarán algunas horas.