Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 16
95%

Capítulo 16

—¡Qué iniquidad! —exclamó indignada Abigail Dawson—.

¡Después de todo lo que ha hecho por los enfermos de esta colonia, las vidas que ha salvado gracias a su habilidad, la dedicación desinteresada que siempre ha mostrado!

Todo el mundo está de acuerdo en que William Redfern es el mejor médico que hemos tenido aquí y todos dábamos por sentado que tendría el nombramiento de médico principal cuando el doctor Wentworth se jubilara.

Pues se ha jubilado… y la Oficina Colonial le ha dado el nombramiento al doctor Bowman.

Sí, puede que haya estado aquí antes, pero solo como médico de barco.

Nadie lo conoce y nunca ha vivido aquí, ¿verdad?

¿Por qué habrían de preferirlo a un hombre que ha dedicado casi veinte años de su vida al servicio de esta comunidad?

—Bowman llegó por primera vez con John Macarthur en el Lord Eldon —señaló en tono seco su marido—.

Su segunda travesía la hizo en el John Barry con el encumbrado y poderoso comisionada Bigge.

Además, ahora está cortejando a Mary, la hija de Macarthur.

Tiene influencia, Abigail querida, en tanto que el pobre Redfern fue uno de los amotinados de Nore y llegó condenado por sedición, ¿lo has olvidado?

—¡Pero era solo un niño, Tim! Y no hizo otra cosa que permanecer a bordo de su barco para cuidar de los enfermos, pues los amotinados habían puesto al otro médico en tierra. Él mismo me lo contó. ¿Es eso un crimen, por piedad?

—Lo es en la Armada de Su Majestad, Abby —terció Rick—, y había que dar un escarmiento a los amotinados de Nore. Redfern tuvo la mala suerte de verse envuelto en ello, pero, por otro lado, tuvo la buena suerte de que no lo ahorcaran.

—Aún se lo echan en cara —protestó Abigail—, ¡después de veinte años! Es muy injusto, Rick. Cuando pienso en lo que todos le debemos; Dickon, sobre todo, y tú también.

—Claro, me siento muy endeudado con él; pero, desde un punto de vista técnico, Abby, el buen doctor Redfern es un emancipado, y eso, según los prejuicios del señor Bigge, significa que no es elegible para ningún cargo oficial.

El gobernador propuso nombrarlo magistrado, pero el íntegro exjuez Bigge, según me informaron, se opuso, puesto que a Redfern nunca se le concedió el indulto del rey.

—¡Eso es añadir un insulto a la injuria! —dijo Abigail, enfadada—. ¿El gobernador Macquarie se dejará influir por semejante tecnicismo?

Tim Dawson sonrió.

—Por supuesto que no, querida. Se dice que él y Bigge han tenido una fuerte discusión al respecto.

Y no es la única diferencia que han tenido.

Según John Campbell, que escupía de rabia cuando me lo contó, Bigge se pasea por el campo en uno de los caballos árabes de Macarthur, repartiendo cuestionarios a todo el que encuentra.

Dicen que la primera pregunta es «¿tiene alguna queja contra el gobernador Macquarie?

». Por otro lado, Campbell dice que el tipo celebra sus investigaciones oficiales a puerta cerrada y no exige a los testigos que presten declaración bajo juramento.

—¡Y yo que suponía —ironizó Abigail— que todos los problemas de nuestro pobre buen gobernador terminarían cuando los Bent y el coronel y la señora Molle se hubieran marchado y cuando el señor Marsden se hubiera ido a Nueva Zelanda! Pero parece que no han hecho más que empezar.

—Me temo que tienes razón, mi amor —convino Tim. Había auténtica tristeza en su voz—. Sería una tragedia que perdiéramos al mejor gobernador que esta colonia ha tenido por las palabras de un maldito montañés como Bigge. Incluso se rumorea que quiere el gobierno para él.

—¿Bigge? ¡No puedes hablar en serio, Tim!

—Está en las cartas, Abby —dijo Rick—. Y he oído un rumor aún más extraño.

Se dice que el lacayo de Bigge, ese comerciante de vinos llamado Scott, tiene la intención de tomar las órdenes sagradas ¡y solicitar su nombramiento como archidiácono de Sídney!

Y el señor Cowper dice que quieren que el nuevo palacio de justicia del gobernador se transforme en iglesia para que su nueva santidad tenga un marco apropiado.

—Se rio sin alegría.— Sé que suena extravagante, pero el pobre y viejo Cowper se cree cada palabra.

Incluso insiste en que la nueva iglesia se ofrecerá a Saint James.

Abigail lo miró con incredulidad. Por lo que pudo ver, incluso Tim parecía sobresaltado.

—Y yo suponía…, no, demonios, tenía la esperanza de que habíamos acabado con la corrupción.

Pero parece que no… ¡Y nos envían aquí a hombres encadenados por menos que eso!

Sí, y los condenan por el resto de sus días a causa de esas cadenas.

—Se interrumpió cuando se abrió la puerta y entró Katie.

— Ah, Katie querida, ven y siéntate. La cena no tardará mucho, me imagino.

Rick se levantó para coger a su mujer de la mano.

Abigail sabía que Katie estaba en su último mes de embarazo.

Hacía una semana, Rick la había llevado desde Pengallon para que el doctor Redfern supervisara el parto.

La chica había perdido a su primer hijo hacía un año en un aborto espontáneo, así que, consciente de lo mucho que su hermano deseaba hacer crecer su familia, Abigail los había instado a ir a Sídney.

Eran felices en su matrimonio, o, en todo caso, eso parecía.

Con la apertura de las nuevas tierras a los asentamientos, Pengallon ya no era el lugar aislado de antes.

Bathurst había crecido, aseguraba Rick, hasta volverse irreconocible.

El pequeño Dickon era feliz como un rey cuando le permitían visitarlos, en tanto que la propia granja, bajo la experta dirección del fiel Jethro Crowan, iba bien.

Rick se había decantado más por el ganado astado que por las ovejas, si bien había aumentado su rebaño original con las ovejas de cría que le había suministrado William Broome, y Tim…

Abigail miró a su marido y frunció el ceño por un momento.

Tim, un hombre adinerado, hecho poco a poco, que había acumulado sus prósperas propiedades a lo largo de los años, ya le había expresado su preocupación por la forma en que Rick compraba el ganado.

—No tiene mucho capital de respaldo —había dicho—, solo el dinero de su premio naval y lo que Justin ha logrado contribuir, que no puede ser mucho, si hablamos del sueldo de un teniente de navío.

Pero Rick tiene más ganado que el viejo Corteza de Hierro.

Solo espero que no se esté extralimitando.

Por supuesto, no tiene que hacer frente a las inundaciones que sufrimos en el valle del Hawkesbury.

Aun así, gasta el dinero como si fuera agua.

Por el bien de Katie, espero que no se esté endeudando.

Rick no parecía ansioso al respecto, reflexionó Abigail, pero…

Tim tenía razón. Rick había comprado más ganado durante la semana pasada y, según admitió él mismo, se había puesto en contacto con el agente de John Macarthur con vistas a adquirir media docena de carneros merinos puros.

Al parecer, el antiguo oficial del Cuerpo del Ron poseía el monopolio de la raza.

Se hablaba de que Macarthur había ofrecido vender algunos de sus carneros a un precio reducido con tal de mejorar los rebaños de los pequeños colonos, siempre que la diferencia de precio se le compensara mediante concesiones de tierras en Cowpastures, donde ya poseía cinco mil acres.

Pero, por lo que ella sabía, el gobernador había rechazado la oferta.

Así que los carneros no serían baratos: quince o veinte guineas por cabeza, como mínimo.

Y si Rick comprara media docena de ellos… Abigail miró a su hermano.

Era de esperar que no se estuviera endeudando.

Katie se acomodó con dificultad en su silla y esbozó una débil sonrisa.

—He visto el Elizabeth Henrietta en el fondeadero, Rick. ¿Has ido a ver a Justin o ha venido a tierra?

—Cenará con nosotros —dijo Abigail—. Debería llegar muy pronto.

Los he invitado a los dos, pero Jessica ha mandado decir que al pequeño Johnny le están saliendo los dientes y es bastante indócil, así que ha preferido quedarse con él.

Yo sabía que Rick quería hablar con Justin y que en los últimos días no han tenido muchas oportunidades, contigo y Rick en Pengallon y con el barco de Justin tan ocupado en la gira del gobernador.

—¿No llevó al señor Bigge a la Tierra de Van Diemen, a principios de este año? —Katie preguntó.

—Tuvo ese dudoso placer —confirmó Abigail.

Hizo un pequeño mohín—. Me temo que no lo disfrutó.

Sin embargo, en el viaje de regreso trajo a su padrastro, el capitán Hawley, y deduzco, por lo que nos contó Justin, que Andrew Hawley ilustró a Su Señoría el comisario sobre un considerable número de temas que, por lo visto, este caballero desconocía.

Tim echó la cabeza atrás y rio con auténtica diversión.

—Tenía un público cautivo, Katie. Justin dijo que tanto el comisario como su secretario sufrieron de mal de mer y que se encontraron con vientos huracanados durante todo el trayecto desde el Derwent.

La travesía duró cinco días más de lo previsto…

Por mi parte, sospecho que Justin pudo haberlo dilatado adrede.

En tormentas de alta mar, el Elizabeth no es un barco muy navegable, que digamos.

Cuando volvieron aquí, durante la ceremonia luctuosa por el viejo rey, el comisario era una pálida sombra de sí mismo.

—Siento que nos hubiéramos perdido la ceremonia —dijo Katie—. Hemos oído que fue muy impresionante, ¿verdad, Rick?