Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

Pero Hughes había hablado por temor a las consecuencias, y Marsden, al prestar juramento fuera de su propia magistratura de Parramatta, había cometido un acto técnicamente ilegal.

Su propia torpeza lo había expuesto a una destitución.

Fue entonces emplazado ante un tribunal de investigación virreinal compuesto por no menos de dieciocho miembros y presidido por el propio Macquarie, en calidad de gobernador.

Samuel Marsden no había logrado exculparse de haber actuado, de manera insubordinada y sediciosa, para desacreditar a la administración.

Al recordar el discurso que él mismo había pronunciado al término de la audiencia, el gobernador frunció el ceño.

Había hablado sin pelos en la lengua. De hecho, había rozado el peligro, pues había estado a punto de perder los estribos con el hombre que, en alianza con Molle y los Bent, había intentado, durante años, socavar su autoridad y dañar su reputación.

«Debo advertirle, frente a todas estas personas —le había dicho a Marsden—, que, si pretende una vez más interferir o investigar cualquiera de mis actos como gobernador de esta colonia, consideraré mi deber ineludible suspenderlo de inmediato de sus funciones como clérigo y magistrado, hasta que me sea posible informar de su conducta a Su Alteza Real el Príncipe Regente. »

Pero el daño ya estaba hecho, por supuesto: Grey Bennet había recibido toda la información falsa que necesitaba para asegurarse de que la Oficina Colonial enviara al comisario Bigge en una supuesta tarea de investigación.

Le quedaba, empero, el deleite de haberse enfrentado al ladino proveedor de esa información y le había dicho lo que pensaba.

Tal como acababa de decirle Elizabeth, podía cantar como una victoria el futuro despido de Marsden de la magistratura.

Una victoria pírrica, tal vez, pero… Recordó las últimas palabras que había pronunciado en el enfrentamiento con Samuel Marsden, la longitud de la mesa y las dieciocho sillas de los testigos entre ellos.

«Viéndolo ahora, señor, como el jefe de una sediciosa y baja secta, debo informarlo de que no deseo verlo nunca más, como no sea en el cumplimiento de una obligación pública.

Y siento un desconsuelo muy hondo al ver que un hombre de su sagrada profesión esté tan extraviado de todo buen sentimiento como para manifestar una malicia, un rencor y una hostilidad tan arraigados; incluso una oposición vengativa hacia alguien que nunca le ha hecho daño y que, por el contrario, ha tenido con usted y su familia innumerables actos de bondad. »

Elizabeth irrumpió en sus pensamientos y habló en voz baja:

—En respuesta a lo que me has preguntado antes, creo, con toda franqueza, que no deberías volver a presentar tu dimisión, Lachlan.

Lord Bathurst ya tiene tu petición de ser relevado, aunque te haya pedido que la reconsideraras.

Deja que el señor Bigge y ese basto ayudante suyo hagan lo que les dé la gana.

Deja que hagan sus averiguaciones sin impedimentos.

—Hablarán con mis enemigos —objetó Lachlan Macquarie.

—Y también con tus amigos —le recordó Elizabeth—.

Y ahora tienes muchos más amigos que enemigos en la colonia.

John Wylde, George De Lancey, incluso el señor Field, me imagino.

Y el coronel Erskine y el mayor Morrisett y los oficiales de su regimiento.

Ah, querido Lachlan, muchos otros también: colonos y emancipados que han hecho el bien y que te lo deben todo a ti, honrados comerciantes y mercaderes, niños…

Incluso los negros, de quienes te has hecho amigo.

Y están las ciudades que has creado, los nuevos asentamientos y un vasto y nuevo país más allá de las montañas.

Estoy segura de que todo eso hablará más alto y con más veracidad en tu favor que hombres como ese señor Bennet, que no ha puesto un solo ojo en lo que pretende destruir.

Tal vez tuviera razón, pensó Lachlan Macquarie, pero negó con la cabeza.

Le daba miedo creerlo. Los enemigos que aún le quedaban tenían voces poderosas, lenguas persuasivas e…

influencia. John Macarthur tenía más influencia que nadie y parecía haberse unido a las filas enemigas.

Se jactaba ante todo el mundo de haber provocado la dimisión o la destitución de los tres anteriores gobernadores de la colonia.

Elizabeth pegó su suave mejilla a la de él.

—Querido esposo —le suplicó—, déjame demostrarte que tengo razón en lo que respecta a tus amigos.

Hagamos un viaje: tenemos el Elizabeth Henrietta y a su leal capitán.

Justin Broome podría llevarnos a Newcastle y, más tarde, a Hobart.

Llevaremos a Lachie. Jessica vendrá con nosotros, y también sus hijos.

Más tarde podremos visitar Bathurst y las nuevas tierras.

Nuestra gira podría incluir el puerto Macquarie y la Illawarra, así como Liverpool y Appin.

—¿Una gira de despedida? —rebatió el gobernador.

—No —respondió Elizabeth muy segura—. Una gira triunfal. Por favor, Lachlan…

Él inclinó la cabeza.

—Muy bien, querida. Y ruego a Dios que tengas razón.