Capítulo 15 #3
Macquarie reflexionó con pesar que el recién llegado comisario, el señor Bigge, también parecía haber obtenido su información sobre la colonia de fuentes inexactas y prejuiciosas, a juzgar por su actitud de hacía unos días, cuando se conocieron en Windsor.
Aunque tenía la mitad de su edad y solo contaba con experiencia colonial como juez en alguna isla de las Indias Occidentales, Bigge había sido apenas cortés con él; y, con Elizabeth, grosero sin disimulos.
Había exigido en lugar de solicitar, había ofrecido sus opiniones sin que nadie se las pidiera y, en general, se había comportado como si su cargo lo situara por encima de los funcionarios de la colonia, incluso por encima del gobernador.
De hecho, el recién llegado se comportaba como si hubiera ido a juzgarlo a él, al gobernador, solo que con una opinión ya formada y un veredicto decidido hacía mucho tiempo. Y quizás así eran las cosas, sin importar lo opuestas que fueran a la justicia británica.
Lachlan Macquarie miró de nuevo el infame panfleto de Grey Bennet y fue consciente de una extraña desolación de la que, por mucho que lo intentara, no podía desprenderse.
Se preguntó, no sin tribulación, si no había permanecido allí demasiado tiempo, si no había llegado el momento de hacer lo que acababa de decirles a John Campbell y a Henry Antill que haría: dimitir.
Le faltaba menos de un año para cumplir los sesenta; había servido a su país en la guerra y en la paz sin apenas pausa desde su temprana juventud.
Y estaba cansado… ¡Dios, qué cansado estaba!
Hacía más de un año que había intentado dimitir de su cargo de gobernador y había solicitado una pensión, pero lord Bathurst no le había hecho caso.
Entonces, en una carta llevada por el Hibernia justo antes de la llegada del comisario Bigge, el secretario colonial lo invitaba a reconsiderar su decisión.
Y podría haberlo hecho, pensó Macquarie, de no haber sido por el nombramiento de Bigge.
En sí mismo, ese encargo era equivalente a admitir que el gobierno nacional había perdido la confianza en él, y…
Volvió a mirar el escrito de Bennet. Bathurst le había enviado aquella sarta de mentiras «para su información».
Podía suponer que el secretario esperaba una respuesta.
Cogió la pluma con mano temblorosa. Tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para estabilizar los dedos y escribir con furor.
Sin duda, Su Señoría bien sabe con cuánta crueldad, como gobernador de este territorio, y tanto en mi carácter público como en el privado, he sido agredido, censurado y calumniado en discursos públicos por ciertos miembros de la Cámara de los Comunes […
] Diatribas basadas en informes y crónicas que fluyen de las fuentes más contaminadas y de falsedades de individuos sin principios…
Alguien llamó a la puerta con golpes suaves.
El gobernador sabía que era Elizabeth, así que dejó caer la pluma y se volvió para saludar a su esposa con alivio.
Pensó agradecido en que ella siempre percibía cuando él la necesitaba.
Por alguna misteriosa intuición femenina, ella lo sabía sin que él tuviera que decírselo.
Entró con una bandeja. Llevaba tortitas de avena de las Tierras Altas, las que había enseñado a preparar a la señora Ovens.
También, queso y una jarra del whisky de malta favorito de Lachlan.
A él no le apetecía comer. A su regreso de Windsor, había estado demasiado tenso y enfadado como para enfrentarse a una cena formal.
Sin embargo, esa frugal pitanza de las Tierras Altas le hacía recordar su juventud y las comidas improvisadas en la cocina de su madre, en Oskamull, muchos años atrás.
Elizabeth le sirvió el whisky. Lachlan apreció el sabor ahumado de la turba y sintió cómo, con cada sorbo, el calor se extendía por su cansado cuerpo. Ella, sin dejar de sonreír, cortó el queso en lonchas.
—Ha sido un día difícil para ti, querido Lachlan, ¿verdad?
—Sí —admitió él—. Una semana difícil, de hecho.
—¿De la cual el descortés señor Bigge es el principal responsable?
Mientras masticaba con avidez su torta de avena, Macquarie ladeó la cabeza.
—Han enviado a Bigge porque ciertos políticos de Inglaterra quieren mi despido. —Señaló el panfleto de Grey Bennet.— Este es especial. ¿Debo dimitir y aceptar la derrota, Elizabeth, o esperar a que este tipo haya hecho lo peor?
Elizabeth estudió su rostro con ansiedad.
—No eres fácil de derrotar, Lachlan. Al final, has tenido tus victorias, incluso sobre el coronel Molle.
Eso era cierto, recordó Lachlan Macquarie.
George Molle, después de haber estrechado la mano del pobre D’Arcy Wentworth tras aquel fiasco de investigación sobre el autor del pipe difamatorio, había cambiado de tono de un día a otro.
Ahora exigía que el médico principal de la colonia fuera juzgado ante un consejo de guerra militar por no haber revelado que su hijo había participado en el asunto.
Y se entabló una batalla real, pero esa vez Molle había ido demasiado lejos.
Sus viles afirmaciones sobre el pasado del doctor Wentworth eran falsedades descaradas, y…
Mientras recordaba, el Gobernador sonrió un poco.
Apoyado con solidez por el nuevo juez general, John Wylde, y por el recién llegado teniente coronel del Cuadragésimo Octavo, James Ershine, había archivado el consejo de guerra propuesto y ordenado que Molle embarcara en el Matilda con el resto de su regimiento.
El transporte había zarpado para alejarse de Sídney, hacia la India, con el Cuadragésimo Sexto Regimiento de Infantería de Su Majestad a bordo.
Pocos de los habitantes de la colonia habían lamentado su partida.
Solo se había quedado Michael Dean, aquel joven oficial que recordaba de la investigación del Conway , para cubrir una vacante en el Cuadragésimo Octavo.
Y ya estaba demostrando su valía al colaborar con William Lawson en la búsqueda de un pasaje desde Bathurst a las Llanuras de Liverpool.
—Y tu victoria sobre el señor Marsden —observó Elizabeth sin el menor intento de ocultar su satisfacción—. Eso ha sido, tal vez, lo más significativo. Es un hombre de verdad malvado, Lachlan, un tipo que trata de ocultar su perversidad bajo el manto de una piedad cristiana.
Marsden también había ido demasiado lejos.
El gobernador apuró el vaso y cogió otra torta de avena.
Por algún medio inexplicable, el capellán se había enterado de la carta de dimisión que Macquarie había enviado a lord Bathurst en el Harriet , el barco de Alexander Riley, en enero del año anterior.
Envalentonado tanto por eso como por su exitosa acción civil contra John Campbell, Marsden había tenido el descaro de intentar reabrir aquel caso de los tres emancipados azotados por intrusión en el Dominio.
Había convencido al verdugo público, un exconvicto analfabeto llamado Hughes, para que jurara una declaración.
Macquarie frunció el ceño. Por lo visto, el capellán tenía la intención de enviar esa declaración a Inglaterra, al señor Grey Bennet, en apoyo a sus alegaciones.