Capítulo 15 #2
—Por piedad, Henry —dijo tenso—, ahórrame las bromas sobre ese tema, por favor. Philo Free me ha costado la secretaría colonial.
Henry Antill lo miró sin pestañear.
—¿En serio? ¿Eso ha ocurrido?
—Bigge tuvo la satisfacción de decírmelo a los pocos minutos de nuestro primer encuentro.
Al parecer, goza de la confianza de lord Bathurst, de modo que, antes de abandonar Londres, tuvo acceso a toda la correspondencia entre esta colonia y el gobierno de Su Majestad.
Me dijo que el Mayor Frederick Goulburn, hermano del subsecretario, va a sustituirme.
—John, lo siento muchísimo. —Antill sacudió la cabeza, incrédulo ante su propia falta de perspicacia—. No tenía ni idea.
John Campbell le puso una mano comprensiva en el brazo.
—No pienses más en el tema. Por supuesto que no lo sabías.
Ahora me ocuparé del banco. Esa fue la razón original por la que Su Excelencia me eligió secretario, para que lo ayudara a fundar un banco aquí.
Y lo hemos hecho, ¡a pesar de las objeciones de la Oficina Colonial!
Además, ya es solvente, sin necesidad de que el dinero del gobierno lo respalde.
Y para serte sincero, Henry, en el fondo de mi corazón no puedo arrepentirme de haber escrito la carta de Philo Free, porque es verdad ¡hasta la última maldita palabra!
Samuel Marsden vende mosquetes a los maoríes cada vez que el Active hace escala en la bahía de Whangaroa.
Y si esos malditos caníbales lo han canonizado es porque él y algunos de los suyos les han enseñado a destilar licores.
Y un día, si Dios quiere, sustentaré mi caso y lo probaré.
—Te deseo suerte, amigo mío —dijo Antill con un dejo de ironía—.
Mientras tanto, no hay mucho más que Marsden pueda hacer aquí, ¿verdad?
, como no sea dedicarse a la agricultura.
Que lo hayan echado de la magistratura le habrá cortado las alas, eso es seguro; y, sin sus antiguos aliados, Bent y Molle por delante, regresaría como un petardo sin mecha.
—Gravitará hacia el señor John Thomas Bigge —profetizó Campbell con tono sombrío—, como limaduras de hierro alrededor de un imán, ¡ya lo verás!
¿Y quién dice que no arreglará sus diferencias con John Macarthur, habiendo una causa común?
Es un día triste, Henry, ¡por Dios que lo es!
Buscan la sangre del pobre y viejo gobernador.
Bigge y su mercader de vinos han sido enviados aquí para derramarla.
—Se interrumpió en un instante cuando la puerta del santuario interior se abrió y el rostro demacrado del gobernador apareció en la abertura.
—Ten la amabilidad de traerme una lámpara, John —pidió. La voz, controlada aunque tensa, prosiguió en voz baja—: Redactaré una carta de dimisión para lord Bathurst, y esta vez se verá obligado a aceptarla.
* * *
De nuevo solo, con la lámpara encendida junto al codo, el gobernador Macquarie no cogió la pluma. En su lugar, cogió un archivo que contenía los despachos más recientes de la Oficina Colonial. Manejándolo como si le resultara odioso, extrajo un panfleto impreso.
Estaba dirigido al ministro del Interior, lord Sidmouth, y firmado por el diputado Henry Grey Bennet.
Expresaba su apoyo a las peticiones de una investigación parlamentaria sobre la conducta general del sistema de transporte de convictos y del actual gobierno de Nueva Gales del Sur.
Lord Bathurst le había remitido el documento, marcado «para su información», junto con los despachos rutinarios y el anuncio de la inminente llegada del comisario Bigge.
Ya lo había leído dos veces, pensó Macquarie con resignación.
En cada una de las lecturas, las falsedades y las exageraciones, las calumnias y la pura malevolencia del documento lo habían repugnado al punto en que se había visto obligado a dejarlo a un lado sin contestar.
Volvió a coger el panfleto con fatigada reticencia.
El señor Bennet declaraba sin rodeos que se basaba en las informaciones del reverendo Samuel Marsden, a quien describía como…
… respetable ministro del Evangelio, una de esas distinguidas personas que, alabado sea Dios, se levantan cada día entre nosotros y cuyo disfrute de la vida consiste en llevar las bendiciones del Evangelio a tierras lejanas, aliviar las necesidades espirituales de nuestros semejantes y difundir a lo largo y ancho las doctrinas de la buena voluntad.
Los efusivos elogios de Su Señoría no terminaban ahí. Los labios de Macquarie se curvaron mientras digería el homenaje del señor Bennet a su informante. Según el panfleto, el capellán de la colonia…
… agoniza por la vida que tiene que llevar, por las vistas y escenas que se ve obligado a presenciar, con su suerte echada entre ladrones y criminales, asesinos e incendiarios, en una comunidad que, al paso del tiempo, madura como una escuela de vicio y crimen, una que el mundo no había visto jamás…
Sin embargo, se aferra resuelto y firme a su puesto.
De un modo muy extraño, la descripción concordaba con el historial de Samuel Marsden como magistrado, pensó el gobernador.
El libro de sentencias de Parramatta, que él había consultado antes de destituir a Marsden, registraba las sentencias más duras de toda la colonia: unos once mil latigazos a menos de doscientos cincuenta malhechores juzgados ante él.
Eran no menos bestiales las sentencias a trabajar en cuadrillas encadenadas, en la fábrica de mujeres o en las minas de carbón, o bien al confinamiento solitario, a menudo por delitos triviales.
Y si John Campbell tenía razón en las acusaciones que había firmado como Philo Free para el Gazette …
Triste, movió la cabeza de un lado al otro y volvió a su lectura del panfleto. Del propio gobernador afirmaba: «La estancia del mayor general Macquarie se ha prolongado más allá del tiempo de su mandato». Luego sostenía que, bajo su gobernación…
… los convictos varones roban y saquean todas las noches.
Las mujeres, a su llegada al puerto Jackson, son subidas a las cubiertas y seleccionadas como si fueran esclavas en un bazar o ganado en Smithfield…
, y luego, prostituidas por los oficiales de la colonia o por aquellos con suficiente fortuna como para que el gobierno les conceda prioridad en la selección.
Después de ese punto, el panfleto era pura fantasía:
Las tabernas abundan por todas las calles, como resultado directo de las espantosas condiciones de vicio e inmoralidad que el gobernador no hace nada por reprimir.
En apariencia, había «tantos cementerios como campos arados; vicio, miseria, enfermedad, penuria y embriaguez», en contraste con «ejemplos flagrantes de extravagancia» por parte de unos cuantos privilegiados, leyó asqueado Macquarie.
La colonia, concluía Bennet, había fracasado como lugar de rectificación debido a que se habían seleccionado personas inadecuadas para los cargos, así como por el nombramiento de convictos para oficiar como magistrados.
Macquarie cerró los ojos por un momento.
Visualizó las calles ordenadas y bien cuidadas de la ciudad de Sídney, con George como la primera en ser pavimentada; los bellos edificios nuevos, los jardines y parques públicos bien cuidados; y, con ironía, en vista de las reclamaciones de Bennet, la escasez de tiendas de licores y antros sórdidos, incluso en las Rocks, de oscura fama.
Pensó, con una oleada de orgullo, en la nueva catedral de Greenway, cuya primera piedra había colocado hacía solo unos días; en los nuevos muelles y almacenes que rodeaban la ensenada de Sídney y en las escuelas que había establecido en Parramatta, incluida una para jóvenes aborígenes.
El vicio, la miseria, la enfermedad y la embriaguez, cosas de las que Bennet había escrito a lord Sidmouth con tanta vehemencia, ya no formaban parte de la vida de la colonia.
Y, si la prostitución seguía existiendo, era culpa del gobierno nacional por deportar a la colonia a mujeres de virtud fácil, en lugar de seleccionar a las sobrias trabajadoras por las que él y los anteriores gobernadores de la colonia habían abogado una y otra vez.
Incluso se había puesto freno a las actividades de las prostitutas con la construcción de una fábrica femenina grande y bien equipada, en lugar de la decadente estructura que hasta hacía poco atendía sus necesidades.
Macquarie tensó su firme boca mientras leía unos cuantos renglones más de las críticas de Bennet:
No es mi intención aconsejar el abandono de la bahía Botany y la Tierra de Van Diemen, sino, más bien , llamar la atención de Su Señoría sobre el hecho de que estos proyectos han costado al gobierno de Su Majestad unos tres millones de libras esterlinas.
Debido a los flagrantes ejemplos de desgobierno que he mencionado, pensar en que el comercio pueda florecer bajo estos impedimentos y obstrucciones es una especulación tan descabellada como esperar que los convictos se reformen entre sus compañeros colonos en la prisión de Newgate.
—Maldito arrogante —murmuró con ira el Gobernador—, ¿qué puede saber?
La exploración del nuevo país más allá de las montañas Azules había ampliado la superficie de la colonia de dos mil quinientas a casi cien mil millas cuadradas, gran parte de estas accesibles ya por las carreteras que había hecho construir.
Y esas tierras ya se habían abierto o estaban a punto de abrirse a los asentamientos y a la cría de ganado…
Pero en el panfleto no se mencionaba nada de esto.
Tampoco se hablaba de los municipios que había fundado.
Al parecer, el señor Grey Bennet nunca había sido informado por aquel respetable ministro del Evangelio, el reverendo Samuel Marsden.