Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 15
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Capítulo 15

El gobernador Macquarie se sentó, extendió las manos sobre el escritorio y dejó caer la cabeza.

Estaba anocheciendo y la luz escaseaba, pero no pidió velas.

John Campbell echó un vistazo a través de la puerta entreabierta y alcanzó a intuir la desesperación que invadía a su amigo y patrón. Cerró sin hacer ruido.

Ante el mayor Antill, que esperaba tan ansioso como él y visiblemente enfadado, el secretario negó con la cabeza.

—Le seremos más útiles dejándolo en paz, Henry —dijo con una pesadumbre que no intentaba ocultar—.

Esos idiotas ofuscados de la Oficina Colonial le han asestado el golpe más cruel que podrían haber ideado, y Dios sabe que no se lo merece.

Ha trabajado tanto y ha conseguido tanto, ¡y le envían un maldito comisario con poderes plenipotenciarios a investigar su administración de la colonia!

Has visto el informe que Lord Bathurst le dio al tipo, ¿no?

—Sí, lo he visto, John —respondió Antill.

Puso su ira bajo control y continuó, al filo de su agradable normalidad—.

También he oído la interpretación que de ese informe hizo el señor Bigge, así como su afirmación de que se propone investigar lo que describe como «las numerosas y más inquietantes quejas de administración errática» lanzadas contra el pobre gobernador.

Pero ambos sabemos demasiado bien de quién proceden las quejas y también lo que valen, ¿no es así?

Por desgracia, Lord Bathurst no parece estar de acuerdo, y el piadoso señor Wilberforce cree cada palabra que Marsden le escribe.

Además, por supuesto, desde que ese archivillano de Jeffrey Hart Bent regresó a Londres, ha estado difundiendo sus mentiras por toda la ciudad, ¡maldito sea!

—A Bent le han dado un puesto de juez en las Indias Occidentales —añadió Campbell.

Empezó a recorrer los confines de la antesala con pasos cortos e impacientes—.

Sabes, supongo, que se fue de gira con el señor John Thomas Bigge poco después de que lo llamaran a la barra, ¿o no?

John Wylde me lo contó. Y el propio Bigge está emparentado con Henry Grey Bennet, ese flagelo de los Comunes.

Fue quien provocó todos los problemas en el frente inglés.

Y la podredumbre comenzó a partir de la petición de Bent, la que supuestamente organizó en nombre del reverendo Vale hace tres años.

Todo esto ha causado hondas heridas al pobre gobernador, como bien sabes, porque ha dado lugar a preguntas en la Cámara.

Lord Castlereagh lo defendió entonces, y también lord Bathurst. Pero ahora… Suspiró abatido.

—Ahora han tenido a bien enviar al comisario Bigge a investigar lo que equivale a una sarta de mentiras malintencionadas de un puñado de egoístas descontentos —dijo Henry Antill con pesar—.

Y aquí encontrará a muchos de la misma calaña, incluido John Macarthur.

No entiendo por qué la Oficina Colonial ha permitido el regreso de ese hombre.

Siete años de destierro no lo han cambiado; sigue sin resistirse a meter su cuchara donde hace más daño.

Cuando pasamos por Parramatta ayer, el tipo estaba preparando un gran espectáculo de bienvenida a Bigge y su secretario.

Y se ofreció a prestarles caballos durante su estancia, ¡yo mismo lo oí!

Pero… —Sonrió con irónica diversión.— El comisario está preocupado por su seguridad en esta peligrosa ciudad y me ha pedido, con toda formalidad, que le proporcione centinelas para vigilar su casa.

Dijo que no se había dado cuenta de las libertades que permitimos a nuestros convictos ¡y teme ataques contra su persona o la del señor Scott!

John Campbell no sonrió.

—Son una pareja extraña. Es cierto que Bigge es abogado.

Fue uno de los predecesores de Jeffrey Bent en la judicatura de las Indias Occidentales.

¡Pero Thomas Scott era, al parecer, comerciante de vinos antes de que lo ascendieran a su cargo actual!

—Se detuvo junto a la puerta del despacho del gobernador, escuchó un momento y luego negó con la cabeza. — Ni un ruido. Y está a oscuras.

—Tú mismo dijiste que debíamos dejarlo en paz —le recordó Antill—. Nos llamará cuando nos necesite, John.

—Cuando al joven Lachlan entró, apenas le dirigió la palabra, y eso no es propio de él —rebatió Campbell—. La señora Macquarie se ha llevado al niño a la cama. Tal vez, si yo…

—Elizabeth sabe cuándo mantenerse alejada.

—Sí, lo sé. Aun así, ¿qué ocurrió en Windsor para alterarlo de este modo, Henry?

—Campbell frunció el ceño, preocupado.— Quizá no debí permitir que Bigge lo importunara.

Pero fue muy insistente. Exigía un carruaje y escolta.

No pude detenerlo. Como sabes, el retraso del correo del Hibernia, en Hobart, provocó que Su Excelencia recibiera el aviso de la llegada de ese maldito con solo seis días de antelación, y no era un buen motivo para cancelar el encuentro de Windsor.

Y el barco de Bigge, el John Barry, tardó poco: hizo la travesía en ciento treinta días.

Antill encogió los hombros bajo su uniforme escarlata.

—No te culpes, John; no se podía esperar que detuvieras a un hombre que, por lo visto, tiene derecho a una salva de trece cañonazos y cuyo sueldo supera al del gobernador en mil libras anuales. ¿Sabías eso?

—No —respondió Campbell con un destello de airado resentimiento—, ¡no lo sabía! ¿Quién te lo ha dicho, por el amor de Dios?

—El propio caballero, lo creas o no —El tono de Henry Antill era seco—.

Y ese excomerciante de vinos es su cuñado.

Tiene una comisión latente para tomar el puesto de comisario, en caso de que a Bigge le ocurriera algún percance.

Todo bien atado y en familia, ¿eh? Ahora bien, en referencia a lo que sucedió en Windsor…

Nuestro querido jefe tuvo un magnífico comportamiento cuando, por fin, Bigge lo localizó, aunque, por supuesto, el gobernador no esperaba recibir ahí al caballero.

Pero el carruaje y la escolta llegaron en medio de un gran revuelo, y el querido y viejo jefe saludó a Bigge como si fuera la única persona en el mundo a la que quisiera ver.

De acuerdo con las mejores tradiciones de hospitalidad de las Tierras Altas, ofreció a ambos un té en la cabaña del gobierno y luego, en persona, los llevó al Macquarie Arms para organizar su alojamiento.

No podría haber hecho más para darles la bienvenida, John. ¿Y qué crees que hizo Bigge a cambio?

—¿Qué hizo?

Antill suspiró.

—Dio una conferencia sobre sus poderes e intenciones que duró, al menos, un par de horas.

Yo también tuve que escucharlo, y te aseguro que estuve a punto de no poder contenerme.

Informó a nuestro gobernador de que su comisión le exigía examinar todas las leyes, reglamentos y usos, así como la administración del gobierno civil, la superintendencia y reforma de los convictos, el estado de los establecimientos judiciales y eclesiásticos y, ¡maldita sea, incluso los ingresos de la colonia procedentes de los impuestos!

Era una lista interminable. La expuso con la arrogancia más increíble, intercalando comentarios muy insultantes y apenas velados, basados, y esto solo lo puedo suponer, en la correspondencia entre Marsden, Bent, Molle y otros de la misma calaña con la Oficina Colonial.

Incluso citó parte de la primera correspondencia con Macarthur, que se remontaba a la época del gobernador King.

La falta de tacto del tipo es increíble, y estoy siendo generoso.

John Campbell sacudió la cabeza con desaliento.

—No es de extrañar, entonces, que el pobre gobernador esté molesto.

—Escuchó con su cortesía habitual y apenas abrió la boca.

Dios mío, John, ¡nunca lo he admirado más!

Pero aquello fue demasiado. —Antill volvió a suspirar.

— Para colmo de males, el señor Bigge subió entonces a su carruaje y se fue corriendo a Parramatta a conocer a los Macarthur.

Creo que también esperaba encontrar allí a Marsden, pero nadie le dijo que nuestro Mahoma cristiano aún no ha regresado de su última estancia con los maoríes.

—¡Rezo casi todas las noches para que se quede allí! —escupió Campbell—; o bien, para que sus conversos recuperen su naturaleza y lo consignen a sus hornos.

—Oh, vamos, Philo Free —se burló Henry Antill de buen humor—. ¿Los privarías de su misión cristiana y de su tráfico de armas?

John Campbell enrojeció. Hacía dos años, su cautela originaria la tenía tan olvidada que había publicado una carta en el Gazette de Sídney bajo el pseudónimo de «Philo Free, colono de Bradley’s Head», en la que acusaba al capellán de la colonia de utilizar su misión entre los maoríes de Nueva Zelanda como un medio para obtener beneficios personales.

Aunque en la carta no se mencionaban nombres, como en los demasiado frecuentes pipes mediante los que se aireaban las quejas en Sídney, los lectores del Gazette no tuvieron dificultad en identificar al acusado ni la gravedad de las denuncias vertidas.

Porque era un hecho, Campbell sabía que Samuel Marsden vendía armas y alcohol a los maoríes y que los beneficios de ese comercio iban a parar a su bolsillo, y no a las arcas de la Sociedad Misionera Eclesiástica, pero…

Aportar pruebas de esas acusaciones era otra cuestión.

Un redactor del Gazette había revelado el verdadero nombre del autor de la carta y Marsden lo había demandado por difamación criminal.

En consecuencia, el juez Field había concedido al capellán una indemnización de doscientas libras por daños y perjuicios.

En realidad, la demanda original de Marsden había sido por un monto muy superior. Campbell se recordó con pesar que había provocado el disgusto del gobernador y recibido una reprimenda oficial de lord Bathurst por su impulsivo intento de mostrar al «Mahoma cristiano» como el hipócrita que era.