Capítulo 14 #3
—¿Podremos publicarla en la Gazette ? —preguntó entusiasmado un joven teniente.
Sanderson negó con la cabeza.
—El Autócrata nunca nos lo permitiría; pero podemos imprimir volantes en abundancia y asegurarnos de que circulen. Vamos, John, léenos lo que has anotado hasta ahora.
Madigan le dirigió una sonrisa irónica.
—Es bastante fuerte, Ned, pero ahí va: «Nosotros, los oficiales del Cuadragésimo Regimiento de Infantería de Su Majestad, deseamos expresar nuestro júbilo, pues se ha descubierto que las calumnias contra nuestro comandante han salido de la pluma de un hombre tan inferior a nosotros en rango y situación social que ni siquiera lo conocemos.
Nos hemos enterado de que proviene de esa clase promiscua que, con orgullo afirmamos, siempre ha tenido vedado relacionarse con nosotros.
Si semejante polución hubiera sido obra de una persona respetable, nuestro daño habría sido mayor».
Hizo una pausa para tomar aliento. Los oyentes aplaudieron con entusiasmo y lo instaron a continuar.
—Esto es tuyo, Ned… —El adjunto cogió una hoja nueva.
— «Solicitamos a nuestro comandante que nos permita aprobar y aplaudir aún más el régimen de exclusión, adoptado con sabiduría antes de nuestra llegada a esta colonia y cuyos beneficios hemos cosechado con ventaja para nosotros mismos, como oficiales y caballeros.
Si bien pudo haber fustigado la perversidad de aquellos de quienes nos hemos mantenido alejados, ha levantado el nombre de nuestro regimiento sobre una base muy respetable.
Nuestra mesa ha llegado a ser considerada un modelo para la sociedad en esta colonia.
Sabemos que ha quedado establecida una regla saludable para cualquier regimiento que llegue a sucedernos».
—Debemos asegurarnos de que el Cuadragésimo Octavo reciba copias —dijo el capitán Schaw, a lo que siguió un fuerte hipo—.
Has dicho que era fuerte, John… ¡Maldita sea, mi querido amigo!
, ¡no es lo bastante fuerte, ni por asomo!
¡Debemos expresar nuestro desprecio por el asqueroso veneno de cualquier advenedizo que componga un galimatías difamatorio disfrazado de sátira!
Pongamos nombre al canalla responsable de este, ¡por el amor de Dios!
—Eso podría traer problemas —le advirtió Sanderson—.
Pero no veo razón para que su maldito padre no sea llevado ante un consejo de guerra militar.
Hablaré de ello con el coronel cuando se calme el alboroto.
Esto, de verdad, irritaría al Autócrata, ¿o no?
, ¿si su estimado doctor D’Arcy Wentworth fuera castigado?
Y cuadraría las cuentas del pobre Bullivant.
Murdo aguzó el oído. Recordaba al joven y amistoso oficial que lo había llevado por primera vez al comedor.
—¿Qué le pasó a Bullivant, señor?
Sanderson le dedicó una mirada gélida. Al principio, pareció no estar dispuesto a contestar, pero al fin, con una fina sonrisa, dijo:
—Fue lo bastante tonto como para dibujar una caricatura de Su Excelencia el gobernador en una…
, ¿cómo describirla?, una posición ignominiosa.
La dibujó en la pared de la sala de guardia.
A ella se adjuntaron algunos rótulos condenadamente divertidos, no todos de Bullivant.
Sin embargo, a él le echaron la culpa, así que el gobernador ordenó que lo enviaran a casa.
—Se volvió hacia John Madigan.— Incluye el brindis del coronel, John.
Expresó la esperanza de que «los corazones y las manos del regimiento estén siempre unidos en la amistad, estima e imitación.
Que sean tan cordiales en las horas de privacidad y trato social como en el campo que nuestra pronta salida de esta colonia nos dará la oportunidad de disfrutar».
Madigan escribió afanoso.
—¡Estupendo! —opinó, después de leer los añadidos—. ¿Te importaría firmarlo, Ned?
El capitán Sanderson cogió la pluma y añadió su nombre al pie del papel. Casi como una ocurrencia tardía, se volvió de nuevo hacia Murdo.
—John ha dicho que tienes intención de desertar y transferirte al Cuadragésimo Octavo, Dean.
—Sí, señor —confirmó Murdo—, quiero quedarme aquí.
—¡Entonces eres un maldito estúpido! —le dijo Sanderson en tono desagradable—.
Además, señor Dean, tengo la sospecha de que usted no es uno de los nuestros.
Siempre he tenido una extraña sensación sobre usted, porque, de alguna manera, no me parece veraz.
Aun así, tal vez quieran aprovecharlo cuando regrese a Bathurst. Creo que allí hay un buen puñado del antiguo Cuerpo del Ron.
—Le tendió a Madigan el papel que acababa de firmar y añadió con sorna—: No hace falta que Dean lo firme, John.
Y si yo fuera tú, enviaría a este de vuelta a Bathurst de inmediato, pendiente de traslado.
John Madigan no dijo nada. Entonces, Murdo, que ya sentía que le brotaban gotas de sudor de la frente, emprendió una prudente retirada. Dios mío, pensó, ¡si el capitán Sanderson supiera lo cerca que había estado de la verdad!
A pesar de todo el licor, estaba sobrio y algo ansioso cuando salió de los barracones y se dirigió a la cala para visitar a su hermana Jessica.
La encontró acompañada de su marido y varios amigos, pocos de los cuales habrían merecido una invitación al comedor del Cuadragésimo Sexto Regimiento.
Estaban celebrando el nacimiento de un segundo hijo.
En su alegre y amistosa compañía, Murdo pronto se sintió a gusto.
Con auténtico placer, propuso un brindis por el recién llegado: un nuevo pequeño y regordete pelirrojo que se deleitaría con el nombre de John Lachlan.