Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

El coronel salió un cuarto de hora más tarde, puso una voluminosa cartera de cuero en los brazos de Murdo y, sin hacer ningún otro reconocimiento de la presencia del alférez, se dirigió a su carruaje.

Salieron del patio de armas por la calle George y avanzaron a paso ligero hasta el final de Phillip.

Molle seguía inmerso en su austero silencio.

Cuando el cochero se detuvo a la entrada del palacio de justicia, dijo en seco:

—Entre y apárteme un asiento. Primero quiero ver a alguien. Ah, y… —Abrió la cartera y extrajo algunos documentos, los hojeó con rapidez y se los dio a Murdo.— Encárguese de que el juez Wylde reciba esto de inmediato, ¿ha entendido?

—Sí, señor —accedió Murdo con gesto inexpresivo—. Muy bien, señor.

La sala estaba abarrotada, y la mayoría de los asientos, ocupados por oficiales del Cuadragésimo Sexto.

El capitán Schaw, que el año anterior había dirigido una expedición punitiva contra los asaltantes nativos de la zona de Appin, estaba solo, con una silla libre a su lado.

Su expedición, según William Lawson, indignado, le había contado a Murdo, se había saldado con el suicidio en masa de la mayoría de las mujeres y niños de la tribu, después de que los soldados hubieran masacrado a su jefe y a casi una veintena de sus guerreros.

Como consecuencia, Schaw había sido censurado por el gobernador y condenado al ostracismo por algunos de sus oficiales hermanos.

No obstante, como el asiento que estaba a su lado parecía ser el único vacante, Murdo depositó en él la cartera del coronel Molle y le hizo a Schaw una cortés petición de que la vigilara para su oficial al mando.

Sin esperar siquiera a escuchar si el capitán tenía alguna objeción, fue en busca del juez general.

Wylde, una figura impresionante con peluca y toga, aceptó los documentos sin hacer ningún comentario.

Pocos minutos después, entraron los magistrados, encabezados por el doctor Wentworth, y ocuparon sus puestos en el estrado.

El acusado quedó frente a ellos y, al lado de este, George De Lancey, también con peluca y toga.

Murdo fue a la parte trasera de la sala a reunirse con los que habían llegado tarde.

Llegaron los preliminares y pudo identificar a los otros dos magistrados como Simeon Lord y Alexander Riley, ambos conocidos comerciantes de Sídney.

El juez Wylde detalló la naturaleza de la investigación y los cargos con considerable extensión.

Su profunda voz resonaba de un extremo a otro del abarrotado tribunal.

—Se alega que el acusado, Robert Lathrop Murray, antiguo capitán del Primer Regimiento Real de Dragones de Su Majestad, y, al momento, secretario y agente de este tribunal, intentó con malicia intencionada difamar y vilipendiar el carácter y la buena reputación del teniente coronel George Molle, oficial al mando del Cuadragésimo Sexto Regimiento de Infantería de Su Majestad, mediante la difusión de unos versos perniciosos y difamatorios, de los cuales es autor.

Para solaz de Murdo, se leyeron extractos del pipe. Vio el rostro del coronel Molle teñirse del color de la furia mientras escuchaba las palabras ofensivas.

A continuación, Wylde se dirigió al acusado para invitarlo a responder a los cargos. Robert Murray, un hombre pequeño, delgado y de pelo cano, negó la acusación con toda su enjundia.

—La primera vez que vi el verso al que usted se refiere, señor —declaró—, fue cuando ya circulaba por la ciudad de Sídney. No soy el autor, se lo aseguro, y en ello insistiré a Su Señoría.

La respuesta no causó ninguna sorpresa. La multitud guardó silencio cuando vio la figura de George De Lancey ponerse de pie. Murdo, que recordaba las habilidades de De Lancey en sus repreguntas durante la investigación del Conway , esperó atento.

—Señoría, ruego la anuencia del tribunal y le pido que me permita llamar a un testigo que refutará las acusaciones contra mi cliente, hasta el punto en que quedará libre de cualquier sospecha.

—Su petición, señor, contraviene el procedimiento ordinario del tribunal —le advirtió el juez abogado—. Todavía no hemos oído las pruebas del coronel Molle en apoyo de la acusación.

—Soy consciente de ello, señoría —le aseguró De Lancey—, pero, dado que esto es una investigación y no un juicio, creo que la renuncia al procedimiento ordinario es permisible, siempre y cuando cuente con el acuerdo del tribunal. Además, señor, esto ahorrará tiempo a todos.

—¿En qué sentido, señor? —Preguntó Wylde con un deje de irritación.

—Señor, el testigo a quien propongo llamar nos dirá quién es el autor de este ofensivo poema —declaró De Lancey en voz baja.

Detrás del abogado, los espectadores soltaron un grito de asombro y expectación.

—¿Quiere decir, señor, que su testigo está dispuesto a ofrecer al tribunal una confesión?

—Wylde estaba tan asombrado como los demás, por lo que Murdo pudo apreciar.

Era evidente que el juez no esperaba semejante petición de De Lancey y no sabía cómo responder.

— ¿La persona pretende admitir la autoría del verso?

—No, Señoría. Como he dicho, nos dirá el nombre del autor.

El coronel Molle no pudo contenerse. Se puso en pie y expresó una furiosa protesta, pero el juez hizo caso omiso de la interrupción.

El capitán Schaw puso una mano en el brazo de su oficial de mando para contenerlo.

Molle se hundió en su silla, murmurando airado para sí mismo.

Entonces, Wylde, tras una breve consulta con los tres magistrados, dio el visto bueno del tribunal.

—Puede llamar a su testigo, señor De Lancey.

—Muchas gracias, señor —George De Lancey hizo una pausa. Saboreaba el momento, bien consciente de que estaba a punto de causar sensación—. ¡Llamo al doctor D’Arcy Wentworth!

Wentworth se levantó de inmediato. Quedaba claro que estaba preparado para la citación, pero sus dos compañeros magistrados lo miraron con la boca abierta, perplejos. El juez general exclamó escandalizado:

—¡Por el amor de Dios, De Lancey, no puede llamar a declarar a ningún miembro del tribunal! Demonios, esto es de lo más irregular.

Recuperado de la sorpresa, Simeon Lord se hizo eco de la protesta, pero De Lancey dijo con voz firme:

—Permítanme recordarles, caballeros, que esto es una investigación, no un juicio. Y puesto que el doctor Wentworth tiene pruebas vitales que aportar a este tribunal, además de que, por propia voluntad, ha accedido a ser llamado como testigo, propongo que preste juramento sin más preámbulos.

Por encima de la algarabía que provocaron esas palabras, el coronel Molle rugió:

—Si eso nos permite llegar al fondo de este impúdico asunto, ¡que Wentworth preste juramento! Como parte perjudicada, no tengo nada que objetar.

Se restableció el orden y el doctor Wentworth prestó juramento. En cuanto hubo terminado, De Lancey le hizo la pregunta formal:

—Señor, ¿conoce usted la identidad del autor de los versos objeto de esta investigación?

El médico inclinó la cabeza.

—Sí, señor. Hace poco he sabido que los escribió mi hijo William.

Lo hizo unos días antes de marcharse a Inglaterra.

No está aquí en persona para hacer esta confesión, pero, con tal de evitar una pifia judicial, la hago en su nombre.

Este caballero acusado de publicar los versos, el señor Murray, es inocente.

En cuanto a la culpabilidad de mi hijo, no puedo más que solicitar la indulgencia del tribunal. Es joven y animoso y…

No llegó más lejos. Murdo observó con asombro cómo el coronel Molle saltaba de su asiento, se precipitaba hacia delante, cogía la mano del doctor Wentworth y se la estrechaba con agradecimiento.

—Señor —gritó—, ¡me ha quitado usted un gran peso de encima! Aplaudo su honradez y valentía al hacer esta confesión y, con ella, haber conseguido exculpar a todos los demás sobre quienes han recaído sospechas, incluidos los oficiales de mi regimiento. Yo… se lo agradezco, señor.

Fue al lado de Robert Murray con la mano tendida y, tras un breve intercambio de palabras con él, anunció que ambos estaban de acuerdo en que se diera por concluido el procedimiento. Alexander Riley, perplejo, propuso que se levantara la sesión.

Hubo júbilo en el comedor del regimiento cuando el coronel y sus oficiales estuvieron de vuelta.

Se brindó con entusiasmo. El coronel Molle pronunció una emotiva arenga que su gente recibió con aclamaciones efusivas.

Después, el capitán Sanderson respondió al discurso.

Aseguró que el coronel disponía de la admiración, el respeto y la lealtad de todos los oficiales y hombres que llevaban con orgullo el uniforme del Cuadragésimo Sexto Regimiento de Infantería y que así seguiría siendo.

—Lo único que lamentamos, señor —afirmó el corpulento capitán—, es que el autor del infame libelo haya quedado impune.

—Está en Inglaterra, maldita sea —dijo Molle—, y no puede ser castigado, qué lástima.

—Su padre está aquí, coronel —sugirió Sanderson con malicia—, y el doctor Wentworth tiene una comisión militar de médico, tal como nos recuerda siempre el Autócrata. Lo ha dejado ir muy a la ligera, señor.

—Hizo lo correcto —objetó Molle.

Murdo, que lo observaba atento, vio que entrecerraba los ojos, pero no se dijo nada más. Después de otro brindis, el coronel partió a comunicarle las buenas noticias a su esposa.

Cuando se hubo ido, Sanderson reunió a los demás oficiales.

—Caballeros, todos hemos languidecido bajo una nube de sospecha desde que circuló ese pernicioso poema. Hoy, absueltos de cualquier complicidad, sería apropiado que publicáramos una declaración a tal efecto, junto con una expresión de respeto hacia nuestro estimado coronel.

Un clamor de aprobación acogió la sugerencia y el teniente Madigan fue enviado a buscar pluma y papel. La mayoría de los oficiales, afectados por un abundante consumo de alcohol, se reunieron alrededor a ofrecer ansiosos sus contribuciones para que fueran plasmadas en la declaración.