Capítulo 14
—Usted se encargará de asistir al coronel —dijo el teniente Madigan, el nuevo adjunto del Cuadragésimo Sexto—.
Esta mañana acudirá al tribunal civil y tal vez pase allí todo el día.
Los magistrados van a investigar la culpabilidad de un personaje llamado Murray, un exoficial de los Reales, por cierto, pero un tipo muy ignominioso.
En estos momentos está actuando como secretario del tribunal, lo que aumenta el interés de todo esto…
De hecho, envidio la oportunidad que usted tendrá de oír el caso.
Yo mismo iría si no tuviera todo este maldito papeleo que me atormenta.
Murdo lo miró receloso.
—¿Y usted sabe de qué se acusa a Murray? —preguntó.
Madigan chasqueó la lengua con impaciencia.
—Claro que lo sé, ¡si todo el maldito regimiento lo sabe desde hace meses! Pero se me olvidaba que usted ha estado en la selva durante los últimos seis, ¿no es así?
—Ocho —lo corrigió Murdo—. Ocho meses.
El adjunto gruñó y cogió su pipa de brezo. La llenó con meticuloso cuidado, la encendió y, cuando estuvo satisfecho, se dispuso, con el mismo esmero, a responder a la pregunta de Murdo.
—Se dio amplia difusión a un escabroso verso satírico que impugna el honor de nuestro venerado oficial al mando.
Era una de esas cosas que la gente de aquí llama pipe.
Al principio, la sospecha recayó, y lamento decirlo, sobre los más animosos de nuestros oficiales subalternos, pero, por supuesto, su inocencia fue establecida de inmediato.
El comedor del regimiento se unió para ofrecer una recompensa de doscientas libras a cambio de una prueba palpable de la identidad del insolente bribón.
Nadie la ha reclamado, pero Molle ha acusado a Robert Murray de haber escrito el verso difamatorio.
Ante la insistencia del coronel, el tribunal de magistrados va a oír la acusación y a investigarla, no sin antes ejercer una considerable presión.
—Madigan resopló con fuerza.— De hecho, el magistrado principal, el doctor D’Arcy Wentworth, mi querido decano, no estaba nada ansioso por que se abriera una audiencia.
Usted puede esperar que salten algunas chispas.
Murdo reprimió una sonrisa.
—Supongo que no tendrá una copia del poema.
El ayudante negó con la cabeza.
—Demonios, no es el tipo de cosa que uno pueda tener flotando alrededor de esta oficina. ¡El coronel sufriría una apoplejía de solo verlo! Pero no dudo de que se leerán extractos del pipe en el juicio, como parte de las pruebas; así que usted lo oirá entonces.
—Así será, sin duda —estuvo de acuerdo Murdo—. Gracias, señor. Me reportaré con el coronel, ¿de acuerdo?
—Puede esperarlo aquí. El tribunal no abre hasta las nueve y media.
Y hay otro asunto que tengo que discutir con usted.
—El adjunto del Cuadragésimo Sexto buscó entre los papeles de su escritorio.
— Ah, sí, aquí está. Usted ha presentado una solicitud para trasladarse al Cuadragésimo Octavo en su rango actual, ¿no es así?
—Sí, señor. Yo…
—Por el amor de Dios, Dean, ¿por qué? Seguro que no querrá quedarse aquí, ¿verdad?
Nos han destinado a Madrás, que es una estación estupenda.
¡Dios mío! —Madigan agitó su pipa en un gesto expresivo—, estoy impaciente por abandonar esta maldita colonia penal, con sus expresidiarios engreídos y sus disputas y facciones en esto que pretende ser una sociedad.
En la India, uno se mezcla con los de su propia clase; no tiene que preocuparse de si, como conducta social, eso es aceptable o no.
Además, si se quedara con nosotros, con el año extra de servicio que le concederán por Waterloo, podría ascender a teniente sin necesidad de comprar el cargo. Debería pensárselo.
—Ya lo he pensado —le aseguró Murdo— y quiero quedarme.
Madigan enarcó las oscuras cejas en un gesto de asombro no disimulado.
—¡Solo falta que me diga que le ha gustado servir en la guarnición en Bathurst! —exclamó—. ¡Santo Dios, sin mujeres ni vida social y con un verdadero aluvión de puercos fugitivos y buscavidas! ¡Debe de estar loco!
—Tal vez lo esté, señor —concedió Murdo, y sonrió—. No ha sido nada aburrido, le doy mi palabra.
Y era verdad, reflexionó. Los ocho meses que había pasado en la guarnición de Bathurst, si bien no habían sido tan emocionantes ni peligrosos como los días de un bandolero en Inglaterra, sí que le habían ofrecido un punto donde concentrar su energía e iniciativa.
Y le habían abierto los ojos a las perspectivas futuras de la colonia, cuando las nuevas tierras más allá de las montañas fueran inspeccionadas y registradas y, por fin, quedaran abiertas a la colonización.
En los días en que tuvo que salir a localizar y detener fugitivos, había hecho algunas exploraciones por su cuenta.
Luego, con el capitán Lawson, había ayudado a preparar el camino para la expedición oficial dirigida por el topógrafo general del gobierno, William Oxley, quien intentaba registrar el curso del río Macquarie.
El comandante de la guarnición, William Lawson, a quien muchos conocían con el irrespetuoso mote de Viejo Corteza de Hierro, compaginaba la agricultura con sus obligaciones militares.
Tenía más de doscientas cabezas de ganado con astas en su concesión del río Macquarie.
Y su veterano compañero, William Cox, quien había construido la carretera del vado de Emu a Bathurst, tenía casi tantas como él.
Por su parte, Rick Tempest había llevado un rebaño de al menos quinientas ovejas propias a la misma zona.
La tierra empezaba a abrirse y estaban por asignarse varias concesiones más pequeñas, de cincuenta y cien acres, a nuevos colonos.
La sonrisa de Murdo se hizo más grande. Se rumoreaba que también se había encontrado oro, y él no descartaba del todo la posibilidad de que fuera cierto, por más que se hubiera publicado un desmentido oficial.
Lawson no era de los que alentaban esas especulaciones.
El viejo Corteza de Hierro era un hombre rico.
Tenía una gran propiedad en Concord, una esposa encantadora y once hijos, y de Cox podía decirse algo parecido.
Ambos habían hecho fortuna con la tierra, ambos habían estado a la vanguardia de la exploración y el desarrollo de la zona más allá de Bathurst y ambos pensaban en todo eso solo en términos de su valor agrícola.
No solo respetaba a William Lawson, sino que le caía bien, pensó Murdo. Servir bajo su mando había sido un privilegio innegable e imprevisto. De todos modos…
Madigan, como si le hubiera leído el pensamiento de alguna prodigiosa manera, le preguntó:
—¿Debo decirle a su nuevo comandante que lo envíe de vuelta a Bathurst? Eso, por supuesto, siempre que se apruebe su traslado al Cuadragésimo Octavo. Puede que el Autócrata no lo permita.
—¿El Autócrata? —preguntó Murdo, desconcertado.
—Su Excelencia el gobernador Macquarie —La sonrisa del adjunto era sutil—.
Me temo que el hombre no siente mucho amor por nuestro regimiento, Dean.
Ha informado al coronel, o eso me han hecho creer, de que no quiere que ninguno de nuestros oficiales se cambie al Cuadragésimo Octavo.
Tiene la intención de hacer un barrido total.
Pero tal vez usted pueda mover algunos hilos.
—Es posible —respondió Murdo en un tono evasivo.
Se dijo a sí mismo que Lawson hablaría por él si fuera necesario.
Habían tenido una buena relación y, de hecho, el veterano capitán lo había animado a solicitar un traslado.
Incluso le había prometido que, si lo hacía, podría esperar participar en futuras expediciones.
Incluso podría aspirar a una concesión de tierras, a pesar de que el gobernador Macquarie había dispuesto que los oficiales de la guarnición en activo no tendrían ese derecho.
—Es usted un bicho raro, Dean —observó Madigan sin el menor desdén. Enseguida, pareció recordar algo y frunció el ceño—. Pero claro, usted tiene parientes aquí, ¿no es así?
—Una prima, señor, sí —admitió Murdo.
Había llegado a Sídney la noche anterior y aún no había tenido tiempo de visitar a Jessica.
Supuso que no estaría sola, porque había visto el barco de su marido anclado en la cala.
Justin Broome le caía bastante bien, y, a pesar de que era marino, se las había arreglado de manera impecable el día que aquella banda de bushrangers atacó la granja de Tempest en Pengallon; y, sin embargo…
Murdo contuvo un suspiro. Nunca se sentiría del todo a gusto en compañía de Broome, puesto que Jessica había insistido en contarle lo de su verdadera relación.
Si por casualidad a Justin se le escapara la verdad alguna vez, vaya… , eso podría significar un desastre.
Madigan señaló la ventana.
—Ya viene el coronel —le advirtió—. Salga y espérelo en el pasillo.
Le diré que usted tiene el encargo de atenderlo en el tribunal.
Mantenga la lengua quieta y haga todo lo que él le diga.
Debería ser pan comido, pero nunca se sabe con estos malditos magistrados de Sídney: absuelven incluso cuando tienen pruebas de culpabilidad delante de sus narices.
Apagó la pipa, se puso de pie y alisó su abrigo escarlata bien cortado. Enseguida, bajó la voz y añadió:
—Es una lástima que no se trate de un consejo de guerra, pero al juez Bent no le pareció adecuado, y el tipo se marchó antes de que se oyera el caso.
—¿El juez Bent se ha ido de Sídney? —Murdo fue incapaz de ocultar su sorpresa. Había oído hablar mucho del juez Jeffrey Hart Bent, tanto a Lawson como a Cox, y muy poco a su favor. Pero ninguno esperaba que se marchara…
—Zarpó en el Sir William Bensley —dijo Madigan, lacónico—. Murray ha contratado a De Lancey para que lo represente.
Los pesados pasos del coronel Molle sonaron en la escalera de piedra y el adjunto sacudió la cabeza en dirección a la puerta de la sala de ordenanzas. Murdo se apresuró a salir. Ya estaba en el pasillo en posición de firmes cuando Molle pasó a su lado.