Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Dickon sacudió la cabeza con una extraña muestra de impaciencia.

Como perrito en busca de un hueso enterrado, empezó a hurgar en el interior del cofre.

Dejó sus bocetos a un lado y, al fin, sacó a la luz un fajo de cartas.

Con una sonrisa de satisfacción en el rostro, puso las cartas en la mano de Katie y, por señas, le indicó que las leyera.

Ella vaciló al reconocer la letra de Rick.

Luego, con asombro, vio que todas iban dirigidas a ella.

Había una docena en total, cada una estaba fechada y empezaba por «Mi querida Katie».

Sin haber escapado de su desconcierto, estudió la primera y vio que la fecha era de hacía casi seis meses.

La última, al parecer, había sido escrita hacía solo una semana.

Dickon volvió a guardar sus bocetos, cerró el cofre y, con otra sonrisa radiante, se lo llevó arrastrando hasta la veranda, donde desapareció.

Ya sola, Katie empezó a leer las cartas. Una daga se retorcía en su corazón mientras se daba cuenta de que eran cartas de amor. Rick las había escrito durante el tiempo en que estuvo paralizado e indefenso, atormentado por las dudas sobre su fidelidad.

Una de ellas empezaba así,

Si ya no me amas, si quieres ser libre, sería más compasivo que me lo dijeras. La tortura consiste en no saberlo, y, sin embargo, no me atrevo a preguntártelo, porque me da miedo lo que podrías responderme…

Dos o tres de las cartas eran amargos desahogos de los celos y la frustración.

De Lancey te conoció antes que yo, te amó y te quiso por esposa mucho antes que yo; así que es natural, supongo, que siga sintiendo lo mismo por ti.

Y él es un hombre que posee los poderes que lo hacen a uno deseable para una mujer, mientras que yo…

Ay, Katie, mi amor, mi querida, soy un vegetal inútil, un tronco, aferrado por puro egoísmo a ti, porque me casé contigo, pero incapaz de ser un marido…

Cumples con tu deber, actúas como una esposa cariñosa, pero ¿qué hay en tu corazón, Katie?

, ¿qué piensas mientras me cuidas? ¿Sueñas con el hombre con el que no te casaste y con lo que podría haber sucedido si no me hubieras conocido?

Gratitud, piedad, deber, ¿son estos los frágiles lazos que te unen a mí?

¿Es verdad lo que se dice? ¿Ves a De Lancey en secreto? ¿Es tu amante? Te deseo tanto, Katie, y te necesito… ¿Sabías que el deseo, y sí, también la lujuria, pueden seguir en la mente, impregnándolo todo, atormentándolo a uno, si bien más allá de la satisfacción?

La página escrita con minuciosidad se desdibujó ante los ojos de Katie, pero ella contuvo un sollozo y siguió leyendo.

Nunca leerás estas cartas, Katie, porque nunca te las voy a enseñar. Al menos, aún soy lo bastante hombre para mantener mi vergüenza enmascarada; además de que me alivia un tanto escribirlas. No servir án para otra cosa.

Pero ¿por qué tienes que ser tan amable, tan paciente y piadosa cuando despotrico contra ti y te muestro todo mi mal genio?

A veces intento alejarte, ponerte en los brazos de De   Lancy, pero luego retrocedo.

Sigo esperando que esta parálisis sea temporal, que pueda curarse, pero la esperanza se desvanece con cada día que pasa.

Julia ha venido esta tarde con Abigail. Las dos me han dicho que las habladurías no cesan.

Abigail cree que el juez Bent y esa miserable cuñada suya son quienes han difundido las mentiras.

Pero, cuando Abigail se ha ausentado, Julia me ha dicho que te estás viendo con De Lancey…

Me ha dado detalles, y eso ha aumentado mis dudas.

¿Por qué querría hacerte daño Julia?, ¿por qué mentiría? Si está diciendo la verdad, ah, Katie, mi esposa, mi amor, tú me has estado engañando. Y, sin embargo, no puedo culparte.

Tal vez debería dejarte ir. Esa es la forma honorable, honesta y generosa de tratar a la mujer que amo.

Pero no puedo, Katie. Y… Todavía me siento tentado de negociar con Dios.

En mis oraciones le digo: «devuélveme el uso de mi cuerpo paralizado, querido Señor, y la dejaré libre».

Es una oración indigna, blasfema, y el Señor, en su sabiduría, no la escucha.

Katie metió la cara entre las manos y lloró.

Era incapaz de contener las lágrimas que la estaban abrumando.

No había comprendido nada, se reprendió a sí misma.

No había intentado comprender el calvario por el que Rick estaba pasando y…

Tampoco se había dado cuenta de cuán profundo era el amor de Rick.

Y… Aún había tiempo para enmendar las cosas, aún podían reanudar su vida juntos.

Dios, en su infinita misericordia, les había concedido tiempo.

En el aire limpio y fresco de Pengallon, lejos de las lenguas viperinas y las amargas rencillas de Sídney, podrían empezar de nuevo.

Rick era su marido y los votos la unían a él.

¿No le había dado la oportunidad de…, cómo había dicho… cambiar de opinión?

Volvió a leer la última carta: «Sientas lo que sientas por mí, te sigo queriendo», había escrito en la única nota que él había querido que leyera.

Pero… Ahí estaban las otras, las que él no había previsto que ella tendría en sus manos. Con febril prisa, Katie se vistió. Cogió el fajo de cartas y fue en busca de Dickon.

No fue fácil hacerlo comprender, a pesar de que se cuidó de mirarlo a la cara y hablarle despacio. Al principio, él solo le devolvía una mirada inexpresiva. Al final, sin embargo, su ceño se relajó y sus labios se curvaron en una sonrisa. Cogió las cartas y fue a abrir el cofre.

—¡No! —exclamó Katie—, no vuelvas a ponerlas en el cofre. Hay que destruirlas. Así… ¡mira! —Agarró una y la hizo pedazos.— El tío Rick no debe enterarse nunca de que las he leído. No debes decírselo nunca… ¡Ay, Dickon, intenta comprender!

El niño asintió muy serio. Del cofre abierto sacó sus bocetos.

Con estos en la mano y las cartas que quedaban, le hizo señas para que lo siguiera.

Ella echó a andar insegura, pues temía que él no hubiera entendido lo que había querido decirle.

Dickon la condujo a la orilla del agua, al sitio donde, pocos días antes, había estado a punto de ahogarse.

Mientras Katie lo observaba, sus pequeños dedos morenos rompían las cartas y los bocetos en mil pedazos.

Luego, con gran osadía, el niño se asomó todo lo que pudo para esparcir los jirones de papel por el aire.

La brisa recogió los pedacitos y se los llevó más allá de su alcance, para luego hacerlos descender poco a poco hasta que se perdieron bajo sus pies, en la reluciente agua azul.

Dickon se volvió hacia ella e imitó sonriente el movimiento de un barco de vela.

Luego señaló el cofre marino vacío. Katie, que se daba cuenta de que él había entendido a la perfección tanto lo que había querido decirle como sus intenciones, lo estrujó en un abrazo.

Si alguna vez Rick fuera al baúl a buscar sus cartas, lo encontraría vacío.

Dickon le diría, entonces, que las había utilizado, junto con sus preciosos dibujos, para hacer las velas de esas pequeñas maquetas que solían poner a flote en la cala.

—Dickon —le dijo Katie temblorosa—, iremos a Pengallon en cuanto la carreta esté lista.

Dickon asintió feliz y Katie lo envió a buscar a Jonas. Había algo más que debía hacer, pensó. Tenía que escribir una nota a George De Lancey y pedirle a Jonas que la entregara.