Capítulo 13 #2
Katie desenrolló el papel con manos temblorosas. Contenía varios versos, pero una ojeada le bastó para revelar su malicioso propósito. Al leer, sintió que el color le inundaba las mejillas.
George De Lancey se ha encaprichado
de la esposa de un pobre tullido.
La ha cortejado y sometido
los mentises del marido maltratado.
—¿Y bien? —El tono de Rick era áspero, y la expresión de su rostro demacrado, acusadora y carente de piedad. —¿Ha sido De Lancey tu amante mientras yo yacía aquí como un maldito tronco, Katie? ¿Ha sido así?
Katie negó con la cabeza.
—No. No, no ha sido así. Yo…
—Pero lo has estado viendo, ¿no? —la interrumpió Rick—.
¡Maldita sea, no necesitas ocultarlo por miedo a retrasar mi recuperación!
Estoy recuperado, así que ya no tienes que compadecerme ni sacrificarte por mí.
Redfern dice que pronto estaré como nuevo, gracias al joven Dickon.
—Su mirada se dirigió al muchacho, que los observaba con mudo e infeliz desconcierto, y su expresión se relajó.
— Por supuesto, no tienes ni idea de cómo ha obrado el milagro, ¿verdad?
—Le dijo, a lo que Dickon respondió con una sonrisa.
—¡Así que ha sido eso! —exclamó Katie, contrita en el instante—. Y lo he regañado… Ay, Dickon, lo siento. No me he dado cuenta…
—Ya se le pasará —dijo Rick con hosquedad—.
Está acostumbrado a que lo malinterpreten.
—Enseguida, pronunciando las palabras con esmero, dijo—: Vete a casa, Dikon.
Dale a tu madre esa nota de mi parte, ¿quieres, por favor?
Y puedes decirle que he vuelto a valerme por mí mismo. Lo has entendido, ¿verdad?
Dickon vaciló. Inclinó su pequeña cabeza oscura y señaló la nota doblada en el bolsillo de su chaqueta. Tocó el brazo de Katie a modo de despedida, le dedicó una sonrisa comprensiva y se marchó.
Rick se encogió de hombros.
—Es mejor que no se quede. Me temo que el pobre diablo esperaba que cayéramos el uno en brazos del otro y lo hemos decepcionado. Es un inocente, no tiene ni idea de lo que siente un marido por una mujer infiel.
—No te he sido infiel, Rick —protestó Katie con amargura.
—Pero no estás enamorada de mí, ¿verdad? —desafió Rick, con un sinsabor que coincidía con el de ella—. Nunca lo estuviste: siempre ha sido De Lancey, ¿verdad?
—Fue el primer hombre al que amé —admitió Katie—, pero me casé contigo y he intentado ser una buena esposa para ti, Rick. De verdad que…
—¡Oh, sí, lo sé! —Rick se abalanzó sobre ella.
— ¡Dios mío, me has vuelto casi loco con tu devoción de esposa y tu maldita conmiseración!
Hiciera lo que hiciera, intentara lo que intentara, nunca podía escapar de tu lástima…
o de la idea de que era a De Lancey a quien amabas, y no a mí.
Esos desgraciados versos lo resumen todo cuando te describen como la esposa de un pobre tullido, ¡demonios!
—Me lo has puesto muy difícil, Rick —se defendió Katie—. Me has dejado al margen; no me has permitido acercarme a ti, ni siquiera hablarte. Debes creerme, tú…
De nuevo la interrumpió.
—De acuerdo, admito que ha sido difícil vivir conmigo, pero es que ha sido un infierno estar aquí, día tras día, noche tras noche, sin saber nunca cuándo iba a terminar esto, sin saber siquiera si iba a terminar.
Y has visto a De Lancey, ¿o no? Katie, sé que fuiste a sus habitaciones de la calle Macquarie el martes.
Te vieron, así que no te molestes en negarlo.
Sorprendida, Katie lo miró sin inmutarse.
—No lo niego; pero fue la única vez, y fui allí porque…
—¿Porque has decidido dejarme? —Rick la acusó—. ¿Porque te habías hartado de estar casada con un pobre tullido? ¿era eso, Katie? Quiero la verdad, ¡maldita sea!
Era la hora de la verdad, pensó Katie, desconsolada.
—Tenía decidido volver a casa —dijo con voz ahogada por las lágrimas—.
Volver a los Estados Unidos, a Boston, Rick.
Me sentía tan desesperada, tan sola… No podía aguantar más.
No era solo que me hubieras rechazado, eran esos horribles cotilleos, el modo en que algunas mujeres se comportaban conmigo.
Incluso en la Casa de Gobierno me han dado la espalda.
Y ninguna de las habladurías era cierta: yo nunca tuve una aventura con George De Lancey; nunca lo vi ni hablé con él después de que estuvieras en el hospital, te lo juro.
—Pero ahora tienes la intención de marcharte con él, ¿no? —Rick la desafió furioso—. De Lancey se irá contigo, ¿verdad?
—La vida aquí también se le ha hecho imposible —se las arregló Katie—.
Es un hombre honorable, Rick, pero las habladurías continúan y ninguno de los dos ha hecho nada para merecerlas.
Sin una sola prueba, están arruinando su reputación, así como la mía.
La gente se ha creído las historias. Incluso tú te las has creído.
Rick la miró en silencio durante un largo rato. Luego dijo:
—Sí, las creo. Y bien, te tomo la palabra de que no me has sido infiel.
Pero no me amas, Katie…, y no quiero una esposa que…
, maldita sea, solo pueda darme compasión.
Vete con De Lancey si quieres, que no me interpondré en tu camino.
En el puerto hay dos barcos que podrías abordar, pero te aconsejo el Fame.
Se rumorea que el juez Bent y su cuñada zarparán en el Sir William Bensley y no creo que sean buenos compañeros de viaje, ¿verdad?
—Su furia se había aplacado y hablaba con voz uniforme.
— Abigail me ha contado que el coronel Sorrell, el nuevo teniente gobernador de la Tierra de Van Diemen, viajó con una dama que no era su esposa, y ya corren los cotilleos.
Si te da reparo, sería prudente que viajaras por separado.
Katie solo podía mirarlo, no le quedaban palabras.
Esto, pensó desesperada, era el fin de su matrimonio: Rick la estaba echando, de manera fría y tranquila, sin hacer el menor intento por persuadirla de que se quedara.
Pero ¿tenía razón, era lástima todo lo que ella podía darle, todo lo que le quedaba?
Recordó con una punzada los días que habían pasado juntos en Portland Place, inmediatamente después de su boda…
La forma de hacer el amor de Rick, tierna y apasionada a la vez; la manera en que habían hablado y reído, disfrutando de la mutua compañía, sin desear ninguna otra.
Entonces se amaban, y ella rara vez llegó a pensar en George De Lancey.
Estaba dedicada, para siempre, al hombre con quien se había casado, a su marido.
Había jurado amarlo, honrarlo y conservarlo, en la salud y en la enfermedad, mientras ambos vivieran.
Expulsó el aliento en un suspiro reprimido e infeliz. Rick, sin disculparse, le dijo:
—Voy a visitar a Abigail. No me esperes para cenar; cenaré con ella.
Se alejó en el coche de caballos, con su mozo de cuadra, el convicto Shelford.
Cuando Katie lo oyó regresar, hacía mucho que había pasado la medianoche.
Al día siguiente, salió de casa antes de que ella se levantara y, como antes, no regresó hasta la madrugada siguiente.
En la mañana del tercer día, el ruido de la partida del charrete la despertó al amanecer.
Poco después, Mary, la criada, le llevó la bandeja del té y a un desconsolado y lloroso Dickon con una nota.
—Es del amo, señora —dijo la muchacha—. Se ha ido a las montañas, acompañado de Rob Shelford. Me ha pedido que vigile al chiquillo, ya que lo inquieta quedarse solo.
Katie le sirvió una taza de té a Dickon y, antes de leer la nota, lo acomodó a los pies de su cama. El texto era breve, formal y escalofriante de alguna manera. Rick había escrito:
Me voy a Pengallon para siempre. Shelford me llevará hasta Ulva en el charrete. Ahí, William Broome tiene más ganado que debo llevarme, así como un pastor llamado Jethro Crowan, que me presta Tim Dawson.
La casa es tuya todo el tiempo que la necesites. Es de suponer que volverás a tu país en las próximas semanas.
He alquilado un carretón para transportar los suministros, muebles y dos criados de la casa. El señor Riley podrá disponer de él a finales de mes. Tal vez quieras ponerte en contacto con él o con el encargado de su almacén y darle una fecha concreta para el uso del carretón.
Katie pasó la página con los ojos llenos de lágrimas. Solo en las últimas líneas de la nota, Rick expresaba sus sentimientos y sugería que sentía algún pesar por el final de su vida juntos.
No he podido despedirme de ti, Katie. Sientas lo que sientas por mí, te sigo queriendo.
Si cambias de opinión y deseas, después de todo, compartir la vida conmigo en Pengallon, el camino sigue abierto para que te unas a mí. Dickon, con el consentimiento de Abigail, se quedaría con nosotros por un tiempo y viajar ía hasta aquí con el carromato.
Katie dejó la hoja de papel, parpadeando para no llorar.
Dickon la miraba con un extraño gesto de compasión adulta en sus brillantes ojos oscuros.
Dijo algo que ella no pudo entender, soltó la taza y cogió la nota.
Katie nunca había sabido si él podía leer o no, pero no intentó quitársela.
El niño la estudió solícito. Mientras leía, movía los labios sin hacer ruido.
Luego, con un grito agudo, saltó de la cama y salió corriendo a la veranda.
Minutos más tarde, volvió correteando emocionado, medio cargando y medio arrastrando una pesada caja de madera.
Katie se dio cuenta de que era el baúl marino de Rick.
En la tapa, tenía el nombre de su esposo pintado en letras de una pulgada.
Dickon dejó la caja en el suelo, junto a ella, y sacó una llave y la abrió.
Dentro había una docena de sus dibujos de barcos hechos al carboncillo.
Ella supuso que él quería que los admirara, así que, en palabras pausadas, le dijo:
—Son preciosos, Dickon. Pero ya los he visto antes, bien lo sabes, y debería levantarme.