Capítulo 13
Katie se escabulló de la Casa de Gobierno cuando las demás invitadas de la señora Macquarie se preparaban para el acostumbrado paseo nocturno por el parque Hyde. Solo tuvo alguna dificultad en su intento de eludir el amable ofrecimiento de Abigail de llevarla al concierto de la banda en el parque.
Se sentía agradecida por la lealtad incondicional de su cuñada, pero la fiesta en sí y la actitud de la pequeña camarilla liderada por la señora Molle eran más de lo que podía soportar con dignidad.
La señora Macquarie también había sido amable, ¿cuándo no?
Pero ese inesperado encuentro con la esposa del gobernador, puesto que habían llegado casi al mismo tiempo a casa de Jessica Broome, la tenía desconcertada.
Katie sentía el escozor del llanto en la garganta.
¿Había mostrado sus sentimientos, se preguntó infeliz, cuando las llamaron para admirar al nuevo hijo de Jessica, sano y hermoso? ¿Habría percibido Elizabeth Macquarie su infelicidad y, por esa razón, hablado con ligereza de todo lo demás, tratando de distraerla?
Katie se detuvo junto a la verja de entrada del Dominio.
Las lágrimas nublaban su visión. Iba a pie, como de costumbre, pues el coche y el par de caballos que Rick había comprado sin siquiera haberle comunicado su intención los consideraba propiedad de su esposo y los dejaba para su uso exclusivo.
El hecho de que él no le hubiera sugerido otra cosa era, supuso acongojada, una señal del deterioro de su relación, si es que hacía falta medirlo.
Rick había afirmado que no tenía dinero, pero, tras la visita de un emancipado llamado Hensall, había encontrado con qué pagar el elegante y bien pintado charrete con sus dos caballos a juego.
También había añadido un mozo de cuadra a su pequeño establecimiento.
Katie apretó con fuerza los dientes sobre su labio inferior.
Rick se había llevado a Dickon a probar su nueva adquisición, pero no le había contado nada de cómo les había ido.
No podía seguir así, se dijo. Rick la había excluido de su vida.
Al principio, ella había intentado comprenderlo, explicarse todo haciendo concesiones a su parálisis; pero él ya había consumido sus últimas reservas de compasión y tolerancia.
Y, puesto que él no decía una sola palabra en defensa de la reputación de su esposa, alentaba, si bien de manera indirecta, las crueles e infundadas habladurías que la estaban destruyendo.
Porque eran infundadas. Ella no había hecho nada de lo que tuviera que avergonzarse. Katie se detuvo, pues las lágrimas la cegaban. Sabía que Julia Dawson había sido la primera en difundir los rumores que vinculaban su nombre al de George De Lancey, pero no había sido la única.
Alguien más, no tenía ni idea de quién podía ser, había ampliado la historia; y, por lo que había notado en los últimos días, más con la intención de desacreditar a George que a sí misma.
Exagerado y con poco parecido a la verdad, ese último rumor se había extendido de la misma manera que los incendios de los matorrales, cuando los aborígenes asaltaban las granjas en época de cosecha y prendían fuego a los campos de maíz maduro.
Se decía incluso que circulaba un pipe al respecto, aunque ella no lo había visto.
Hacía dos días había ido a ver a George.
No había podido evitarlo por más tiempo, pues ya era incapaz de soportar las acusaciones poco disimuladas de Rick, sus arrebatos malhumorados y la evidente preferencia que su esposo mostraba por cualquier compañía que no fuera la suya.
Desesperada, había ido al despacho del abogado para pedirle una cita a su secretario, pero el propio George, que había oído y reconocido su voz, había salido de inmediato para conducirla a la sala llena de libros en la que trabajaba.
Katie se secó los ojos llorosos y reanudó el camino a paso lento, de mala gana.
Con la esperanza de evitar a otros transeúntes, cogió uno de los senderos menos frecuentados.
Recapituló y… suspiró. Había ido con la intención de tener un encuentro formal, de pedirle consejo, de solicitar su ayuda. Incluso había planeado con precisión lo que le iba a decir.
«Quiero irme a casa, a Boston. No puedo quedarme; mi matrimonio ha sido un error y se acabó.
Por favor, ayúdame, George, a encontrar un barco estadounidense y comprar mi pasaje.
» Eso era todo lo que había planeado decir, pero…
, de repente, toda la miseria acumulada en los últimos seis meses le soltó la lengua.
Había dicho todas sus verdades en una avalancha de palabras amargas y desconsoladas.
—He sido juzgada y condenada por algo que nunca hice.
Y no solo por mujeres como la señora Molle o la señora Allan; Rick me ha condenado.
Cree que lo he traicionado y engañado. Él supone que tú y yo somos amantes.
Pero nunca me lo ha preguntado, nunca me ha dado la oportunidad de negarlo.
Y he intentado obligarlo, pero siempre rehúye el tema, como si temiera saber la verdad.
Había dicho más, y George había escuchado con rigor. Luego, él se había acercado para tomarla en sus brazos.
—Mi pobrecita Katie, no me había dado cuenta de lo que estabas pasando —le dijo contrito—.
Sí, había oído esas habladurías, pero, como era muy consciente de que no había ni una palabra de verdad en ellas, decidí pasarlas por alto.
Tenía una razonable certeza de dónde provenían y de quién mantenía viva esa miserable patraña, y también creía saber por qué.
Pero… —Katie recordó que él, con dedos suaves, le había acariciado la cara empapada de lágrimas y, con la misma delicadeza, había añadido—: Ni por un instante se me ocurrió imaginar que tu marido las creería.
Y…, bueno, en vista de sus lesiones y del hecho de que está paralizado, me convencí de que el único camino honorable que yo podía seguir era mantenerme al margen de tu vida.
Supuse que los cotilleos se detendrían si nadie nos veía juntos.
Al no haber nada que los alimentara, morirían de muerte natural.
—No ha sido así —le había recordado ella.
Él la había estrechado entre sus firmes y fuertes brazos y le había prometido que conseguiría pasajes para los dos en el primer barco estadounidense que llegara a Sídney.
—Sin ti, no querría quedarme aquí. Te quiero, Katie.
Rick Tempest no te merece; y, si dices que tu matrimonio ha terminado, eso basta para mí.
Nos iremos a casa, mi querido amor, nos iremos juntos y viviremos como marido y mujer, y la buena gente de Boston nunca sabrá lo que hemos vivido aquí. ¿Por qué habrían de saberlo?
Katie recordó que ella había inclinado la cabeza en un ansioso y tácito asentimiento y había sentido como si despertara de una pesadilla.
George la había besado con la pasión de un amante y le había hablado de la reanudación del comercio con los Estados Unidos, así como de la probabilidad de que un buque mercante como el Providence de su padre les diera pasaje.
—Si no, podríamos ir a China en uno de los transportes y viajar desde Cantón en un barco de té —le había prometido.
Tomada la decisión, ella solo había sentido consuelo.
Hasta que volvió a ver a Rick. Entonces, la ironía de sus silenciosas acusaciones, ahora que, por fin, tenían algo de verdad, le pesó demasiado.
Su resolución había flaqueado, como flaqueaba en ese momento…
Katie dejó escapar un suspiro entre sollozos cuando, sin proponérselo, volvieron a su memoria los votos que había hecho el día de su boda.
«¿Aceptas tomar a este hombre como tu legítimo esposo? —le había preguntado el reverendo Cowper—. ¿Lo obedecerás y lo servirás, lo amarás, lo honrarás y lo cuidarás en la salud y en la enfermedad?; ¿renunciarás a todo lo demás y te mantendrás solo para él mientras ambos tengáis vida?»
Ella había jurado que sí, que lo haría; había jurado a Dios Todopoderoso, frente a su sagrado altar, que tomaría a Rick como esposo mientras ambos vivieran.
No tenía derecho, a los ojos de Dios, a abandonarlo, ella…
Katie contuvo sus sollozos, se levantó las faldas y echó a correr.
Una pareja de jóvenes que hacían el amor en la clandestinidad, ocultos tras los arbustos, se separaron al verla acercarse; pero ella ni siquiera reparó en ellos.
Tampoco escuchó los estridentes reproches de la muchacha ni la maldición que el hombre gritó tras ella.
Justo antes de que llegara a casa, Dickon se encontró con ella en la calle.
En una serie de gestos encendidos e intentos de mímica, el chico se esforzó por contarle lo que había ocurrido durante su ausencia.
Katie le prestó poca atención, pues ya no le quedaba más paciencia y los escrúpulos la atormentaban; pero se las arregló para registrar que Dickon se había caído al agua y había estado a punto de ahogarse.
—Eso ha estado mal, Dickon —lo reprendió, y la sonrisa ansiosa del niño se deshizo; pero él sacudió la cabeza, rechazó la censura y le cogió la mano.
La estaba instando a entrar en la casa de inmediato.
Y eso hizo ella, preocupada por si su escapada había disgustado a Rick.
No estaba preparada para la sorpresa de ver a su marido caminando sin ayuda.
—¡Rick! —lo miró incrédula—. Rick, estás bien otra vez, ¡puedes caminar!
—Sí —confirmó él en seco—. Puedo caminar y el doctor Redfern me ha quitado los perdigones de la columna.
Le ha llevado apenas cinco minutos. En un día estaré montando a caballo y podré ocuparme de mis asuntos.
Y eso incluye nuestro matrimonio, Katie.
Mira…, ¿has visto esto? —Le puso en la mano una hoja de papel enrollada.
— Jonas me ha traído uno de esos versos infernales.
Estaba metido entre las vallas de la entrada.
Léelo, ¡por el amor de Dios! Léelo y dime cuánta verdad hay en él.