Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Un hombre menos insensible habría reconocido la derrota y tomado medidas para abandonar la residencia oficial de la que, durante tanto tiempo, había privado a los Wylde.

De hecho, se dijo Elizabeth indignada, si Bent tuviera los arrestos de un caballero, hacía tiempo que se habría sacudido de los pies el polvo de Sídney.

Muchos barcos habían zarpado en los que pudo haber vuelto a Inglaterra, y no lo había hecho.

Él y su cuñada Eliza seguían en la ciudad, seguían insistiendo en que los restos del difunto Ellis Bent debían depositarse en la iglesia de Saint Philip y no dejaban de discutir sobre el importe de la indemnización que debía pagarse por los muebles de Eliza y los pasajes de las dos familias.

La esposa del gobernador estaba casi segura de que, además, los dos estaban decididos a arruinar la reputación de George De Lancey como último acto de rencor, antes de partir para siempre.

De no ser por las continuas habladurías sobre Katie Tempest, Lachlan habría nombrado a George miembro del tribunal supremo.

De nuevo la mirada inquieta de Elizabeth se dirigió al rostro de Katie.

La muchacha se había animado un poco bajo la influencia de Abigail; Mary Reiby hablaba con ella y la señora Wylde parecía a punto de unirse al grupo.

El almuerzo bufé estaba listo. Moore y Nancy, su esposa, ayudaban a la señora Ovens con los preparativos para servir el primer plato. Elizabeth se deshizo de sus temores de que un bufé no fuera la mejor elección e invitó a comer a quienes tenía más cerca.

Y así lo hicieron. Fueron acercándose una tras otra a las mesas cargadas, aunque en sus respectivos corrillos, tal como había temido. Al pasar junto al de la señora Molle, oyó a la esposa del coronel decir con voz audible:

—Según me han dicho, sir Thomas Brisbane, que, como usted sabrá, fue uno de los mejores generales del duque de Wellington, se menciona en todo Londres como candidato a gobernador, en lugar del actual titular.

Elizabeth dio un paso atrás, sonrojada y resentida, y se perdió las siguientes palabras, pero la señora Molle la miró por encima del hombro. Como si hubiera reparado en ella por primera vez, dijo con empalagosa dulzura:

—Le estaba contando a la señora Allan que el general Brisbane se va a casar dentro de poco con una prima de mi marido, señora Macquarie. Una muchacha encantadora, de hecho, dama de nacimiento y crianza, muy apropiada para apoyar a sir Thomas en cualquier alto cargo que se le pida asumir en breve.

Elizabeth consiguió mantener la fría dignidad que podía esperarse de la esposa de un gobernador.

Tenía más de siete años de práctica en el arte de ocultar sus sentimientos, se recordó a sí misma, y no permitiría que la señora Molle, entre todas las personas, consiguiera provocarla hasta hacer aflorar su dolor.

Aquel denigrante poema, que mostraba al coronel Molle como el hombre pérfido que era, podría haberse aplicado con igual precisión a la mujer con quien estaba casado, pero…

Elizabeth se irguió en toda su estatura.

No se pondría en el lugar del desdichado blanco, el «culo desventurado» del que, con tanto acierto, había escrito el poeta. Intentó evocar esos versos: «Y si acaso un culo desventurado se arrimara —Molle lo haría, recordó— con un guiño y una mueca lo señalara». ¿Y cómo continuaba ese pipe ?:

Si, por huir de las mofas, se escabullera el necio,

estallarían carcajadas, relinchos de menosprecio

que a su retirada atraerían los ojos de todos…

Lachlan se había escandalizado hasta la médula por esos versos que ya circulaban por todos lados, pero ella no. Ni mucho menos. Sonrió.

En un remedo de la dulzura de la señora Molle, dijo:

—Me alegro por sir Thomas y por la prima de su marido, señora Molle.

Es de esperar que, con la influencia y ayuda del gran duque, el general reciba un puesto digno de su talento.

Influencia y ayuda necesitará si viene aquí, estoy segura de que usted estará de acuerdo…

Pero, sobre todo, ¡necesitará una piel muy gruesa!

Siguió adelante sin esperar la respuesta de la señora Molle, satisfecha de que, por una vez, su torturadora no tuviera motivos para reír.

En ese momento decidió con rebeldía que, dijera lo que dijera Lachlan sobre las exigencias del protocolo, ni el coronel Molle ni su esposa volverían a ser invitados a ningún acto de la Casa de Gobierno.

Al igual que los Bent, los Sanderson y el reverendo Samuel Marsden, sus nombres deberían ser tachados de la lista del secretario Campbell.

Con el ceño fruncido, Elizabeth reflexionó en que los invitados a la próxima cena deberían ser los Wylde, es decir, el nuevo y joven juez del Tribunal Supremo y su esposa; Barron Field, George De Lancey y…

sí, la esposa de John Macarthur, por quien sentía la mayor admiración y simpatía sin importar lo que su marido hubiera hecho en el pasado.

La pobre se había quedado sola, criando a su familia y administrando las granjas durante los nueve años de exilio forzoso de su marido, y había hecho todo con un éxito impresionante.

Ahora que el señor Macarthur tenía el permiso de la Oficina Colonial para regresar a Sídney, el pasado debía quedar atrás, tal como había ocurrido con los otros exoficiales del Cuerpo del Ron.

Muchos de ellos, en particular el capitán Lawson y el señor Cox, habían prestado servicios muy valiosos a la colonia desde su regreso.

Todos eran terratenientes, con esposas y familias en crecimiento, que contribuían a la prosperidad general en la agricultura y el comercio.

Todos eran…, ¿cómo le gustaba a Lachlan llamarlos?, australianos. Un título del cual sentirse orgulloso, sin duda.

Detrás de ella, una vocecita chirriante gritó con fogosidad:

—¡Mamá! Mamá.

Después de soltarse de la mano de la señora Whalan, su propio hijo pequeño corrió hacia ella, resplandeciente, con su falda escocesa y su chaqueta de terciopelo con botones plateados.

Elizabeth se arrodilló para agarrarle las manos extendidas. De pronto, sintió un nudo en la garganta.

También su precioso niño, pensó, el hijo que había concebido con Lachlan, era un australiano.